martes, 21 de mayo de 2013

23ª etapa: Reliegos - León (25 kilómetros)


En mi guía del Camino de Santiago no le dan mucha publicidad a Elvis, una prueba más de que al final lo importante es la guía personal que cada uno se vaya haciendo en función de sus gustos y manera de ver las cosas y que no conviene creerse o seguir a pies juntillas lo que hayan escrito otros con anterioridad. Para mi, desde luego, no le deberían dar a uno la Compostela sin haber visitado el bar del Elvis del Camino, pero esa es una opinión muy personal. A otros les parecerá que la parada es absolutamente prescindible. Lo que sí que pone en mi guía es que en este bar se sirven desayunos a partir de las siete y media. A mi amigo leonés David y a un servidor, teniendo en cuenta la tajada con la que dejamos a Elvis al irnos a León poco antes de la medianoche, nos ha extrañado un poco esa información, pero así y todo hemos acudido al bar en Reliegos con la ilusión del colegial el primer día de clase, pensando que Elvis estaría esperándonos para alegrarnos la mañana aunque fuera a base de café y en vez de con cerveza.


Al girar la manivela en un par de ocasiones, y percatarme de que la puerta de entrada al bar estaba cerrada a cal y canto, se me ha escapado una sonrisa. La misma que cuando se fue un parisino de origen magrebí que vivía conmigo en la primera casa en la que residí en Londres y que siempre se las ingeniaba para no pagar las facturas. La noche antes de que se volviera a Francia, y después de cumplimentar el rito de la despedida con sucesión de abrazos y parabienes, le recordé que nos debía quince libras por el recibo de la luz del mes anterior. Bueno, nos debía muchos más meses, pero yo pensé que pagar aunque sea su parte alícuota del último recibo era una manera de marcharse de la casa por todo lo alto. Él, muy serio, me dijo que no me preocupara que no se iba de Londres sin zanjar aquello y que antes de marcharse dejaría un sobre en la cocina con el importe pendiente. Yo me fui a la cama deseándole lo mejor y con el convencimiento de que aquel dinero no lo cobrábamos ni por recomendación. Cuál sería mi sorpresa al descubrir a la mañana siguiente un sobre sellado a mi nombre en la cocina, y mayor aún si cabe, al abrirlo con la ilusión del colegial el primer día de clase y descubrir cómo en su interior no había más que un trozo de papel con un emoticono de sonrisa dibujado y un bocadillo a su lado en el que se podía leer: "bye, bye, Javier!"...




Hemos tomado el café en otro bar del pueblo y después David se ha ido a trabajar y yo he comenzado la etapa, algo más temprano que de costumbre. Eso, unido a que la mayoría de la gente terminó la etapa del día anterior en el Burgo Ranero, ha hecho que no me cruzara con prácticamente nadie en los primeros kilómetros. Antes de llegar a Villamoros de Mansilla, pueblo que dista cuatro kilómetros y medio de Reliegos, se ha producido un hecho que considero reseñable: tras veintitrés días de peregrinación le he deseado por primera vez a alguien, "Buen Camino".

Antes de iniciar este viaje, una de mis hermanas, que había realizado el Camino con anterioridad, me había referido esta expresión como la fórmula habitual utilizada entre peregrinos para saludarse. A mi, que no tenía ni idea de esta especie de código secreto, me sonó algo gremial, como una especie de saludo entre dos moteros barbudos de los "Ángeles del Infierno", pero en plan cursi, y le dije a mi hermana que bajo ningún concepto le iba a desear a nadie "Buen Camino". Que si no había sucumbido a llamarle a la cerveza, "cerve", por muy popular que se hubiera convertido el término, no pensaba rebajarme con esto, y que yo le desearía a la gente "buen viaje", que es lo que se ha dicho en correcto castellano toda la vida.

Mi hermana, que me conoce bien, me dijo sin alterarse que no pretendiera resistirme al poder del Camino, porque antes de que me diera cuenta le estaría deseando "Buen Camino" hasta a las vacas. Que me sorprendería andando sólo y ensayando el siguiente saludo, dirigido al próximo peregrino con el que me topase. Que si me descuidaba, lo repetiría hablando por las noches. Yo le repliqué que se tendría que tragar sus palabras a mi vuelta. He aguantado veintitrés días, hasta que hoy, caminando a paso ligero, he adelantado a un alemán de mi misma estatura y unos ciento cincuenta kilos de peso, con la cara tan congestionada que he pensado que podía estallar en cualquier momento. Al pasar junto a él, he hecho un ademán de saludo con la cabeza sin detenerme, y al girarme y proseguir la marcha, he oído a aquel sufrido caminante, con la voz entrecortada como si le faltara el aire y me fuera a pedir ayuda, decir "Bu-en Ca-mi-mi-no!". Como si no tuviéramos bastante con la Merkel, tiene que ser otro alemán, después del chorreo que me metió Santa Claus por no llevar la mochila conmigo hace unos días, quien me ponga en mi sitio. Tras un par de segundos, me he girado y, con gesto contrito, le he deseado lo mismo. En aquel instante, por ridículo que pueda parecer, he sentido que me liberaba de una carga, de los prejuicios que muchas veces nos condicionan, y que a partir de aquel momento, estaba un poco más preparado para disfrutar de aquella experiencia y empatizar con quienes me rodeaban, que sin conocerme de nada, con aquel sencillo "Buen Camino", me estaban deseando suerte en la vida, en aquello que emprendiera, donde quiera que mis pasos me llevaran. Qué menos que desearles lo mismo a ellos...



Un poco más adelante, me he encontrado a Antonio, quien caminaba en dirección contraria tratando de colocar tréboles de cuatro hojas en pequeñas bolsitas plastificadas a los peregrinos. Me ha pedido la voluntad y yo le he dicho que si tenía cambio, porque, por mucha suerte que den, tampoco están los tiempos para voluntades de veinte euros por un trébol al que creo que le ha pegado él la cuarta hoja. Al abrir su cartera para darme el cambio, no he podido evitar reparar en una foto algo antigua de una señora bien parecida. Le he preguntado a Antonio si se trataba de su mujer y él me ha respondido que ésa era su madre, ya fallecida. Me ha parecido que se iba a poner a llorar cuando me ha dicho que es lo único que tenía en esta vida y que si sigue peleando por salir adelante es porque ella le da las fuerzas allá donde esté. "Lo hago todo por ella" - me ha confesado el barcelonés. He querido saber hacia dónde va Antonio y él me ha confesado que no tiene rumbo fijo, que vuelve de Santiago, que carece de empleo y de ayudas, y que intentará llegar a Navarra, donde conoce a gente de sus tiempos en la mili, para ver si tienen algún trabajo para él.

Antonio hizo la mili en los Cazadores de Montaña y le tocó destino en Estella (Navarra). De allí guarda muy buenos recuerdos, pese a las hostias que se rifaban, según su testimonio, de todos los colores. Me cuenta que llego a tal punto la situación, que la tropa se llegó a amotinar contra algunos suboficiales y que los mandos tuvieron que tomar cartas en el asunto, momento a partir del cuál las condiciones de vida en el Regimiento mejoraron. Antonio tuvo que renunciar al amor de una sobrina de uno de los Brigadas para tener una mili tranquila. Al Brigada le soplaron que Antonio festejaba con ella y le mandó llamar para decirle que se olvidara de su sobrina, que era mucho para él, y que si le veía con ella por las calles del pueblo le pegaría tal paliza que se le quitarían las ganas de volver a rondarla. Le he devuelto a Antonio los cambios de los veinte euros que me había dado diciéndole que él los necesitaba más que yo y me he despedido deseándole Buen Camino y preguntándome cómo hubiera sido su vida si lo suyo con la sobrina del Brigada de Estella hubiera prosperado...




Tras una breve parada en Mansilla de las Mulas para comprar algo de fruta en un mercadillo callejero y beber algo, he seguido caminando. Me he encontrado con Ruta y con Szilvia, para dejarlas atrás después, pues mi ritmo hoy es algo más rápido que el suyo. En los últimos cinco kilómetros he alcanzado a Zach de Kentucky, que camina junto a otro americano. Si Zach me pareció ayer que, pese a tener mi edad, tenía 18 años, éste que viaja con él, y que al parecer se llama Michael, no debe haber hecho ni la primera comunión. Digo que al parecer se llama Michael, porque él no suelta prenda. Al principio he pensado que sería timidez para ya después contemplar seriamente la posibilidad de que fuera un gilipollas. Zach lo ha debido notar, porque al momento me ha aclarado que por lo visto su acompañante se lió con una peregrina hace dos días y que agarró una infección en la garganta que le ha privado de la voz. Me ha dado la impresión de que Michael quería decir algo, pero como no puede hablar, pues no ha dicho nada. Al minuto Zach se ha empezado a deshuevar y me ha aclarado que era una broma, que en realidad es una apuesta que ha hecho con Hilly, la americana que conocí en aquella farmacia de Carrión de los Condes hace unos días. La apuesta consiste en que ninguno de los dos puede hablar hasta que toquen la Catedral de León. La verdad que no he sabido con qué quedarme, sin con la promesa o con la historia que se ha inventado Zach en primer lugar para justificar los silencios de Michael.

Zach y yo hemos estado conversando hasta León, sobre nuestros respectivos menesteres y los motivos que nos han llevado a cada uno hasta aquí . Le he comentado que he decidido hacer un parón en mi vida, y que tras diez años trabajando en banca quiero darle una oportunidad a otras inquietudes que tengo y que llevaban un tiempo rumiando en mi interior, como viajar y escribir. Él me ha comentado que sus motivos son parecidos, y que pese a que todavía no tiene claro qué quiere hacer, sí que está aquí para pensar en su futuro, pues cree que hay cosas en su vida que deberían cambiar. Entre la gente de mi generación esto viene siendo una constante. No paro de encontrarme con gente que debería disfrutar de una aparente felicidad en sus vidas, pues tienen todo aquello que se supone, o que nos han contado, que te la da, y sin embargo manifiestan un cierto grado de insatisfacción con su existencia y el rumbo hacia al que se dirigen. Michael, muy oportuno, y pese a que no puede hablar, nos ha enseñado una foto que tomó con su móvil en una etapa anterior y que entiendo es la receta que él cree solucionaría mis males, los de Zach y tantos otros: "encuentra primero qué te hace feliz; encuentra después la manera de hacer dinero con ello"...


Al llegar a la Catedral de León, Michael se ha llevado un pequeño disgusto que nos ha hecho reír a todos: la Catedral estaba cerrada y no abrían hasta las cuatro. Yo me he llevado una alegría añadida al encontrarme a Günther, a quien no veía desde Santo Domingo de la Calzada. Por fortuna mi espalda está ya totalmente recuperada y no ha sufrido en demasía con el abrazo del oso que me ha dedicado el austríaco. Günther nos ha estado contando que llegó el Domingo a León y que se ha tomado dos días de descanso. Que su mujer ya ha iniciado el Camino Primitivo partiendo desde Oviedo y que en una semana esperan encontrarse en Melides. El austríaco está tan contento que, rememorando viejos tiempos, y como si en uno de esos grandes salones vieneses de principios del siglo pasado se encontrase, se ha marcado un vals con la húngara Szilvia en medio de la plaza y ante la curiosa mirada de varios transeúntes. Zach, Michael, Ruta, Szilvia, Günther y yo nos hemos ido a la zona del Húmedo en busca de un bar para comer que me había recomendado David, con tan mala fortuna que estaba cerrado. Al lado había un asador al que finalmente hemos entrado y que tampoco nos ha decepcionado.

Después de comer, hemos ido todos en comandita para ver cómo Michael tocaba la catedral y rompía con su promesa de no poder hablar. Tras hacerlo, lo primero que ha hecho ha sido venir dónde yo estaba, disculparse por si había pensado que era un maleducado y después darme las gracias por haber pagado la cuenta en la comida, pues he querido tener un detalle con ellos e invitarles en agradecimiento por visitar mi país. Qué majo este Michael. Entre su promesa de adolescente con Hilly y sus palabras al recuperar el habla, se me ha ganado. No sé si me estoy ablandando con la edad o es esta historia del Camino que me tiene con la guardia baja. Me lo voy a tener que mirar si veo que los síntomas persisten...









lunes, 20 de mayo de 2013

22ª etapa: Sahagún - Reliegos (31 kilómetros)


Esta mañana me he levantado baldado. Los cuarenta kilómetros de ayer han hecho mella y me ha costado despegarme de las sábanas. Muchos días son así, no te levantarías. La vida misma, vamos. Pero lo haces, y después de una ducha y un desayuno, comienzas a caminar y ni te acuerdas de lo cansado que estás. Tienes que caminar para llegar a un destino que te has marcado, y caminas. La espalda ya no me molesta tanto como la semana pasada y creo que he perdido algo de peso, lo cuál ayuda a sobrellevar las caminatas. Cada vez me encuentro mejor físicamente.


He salido tarde, como a las diez de la mañana, motivo por el que he imprimido algo de ritmo a los primeros kilómetros. En uno de los merenderos del camino me he detenido a beber algo de agua y leer frases y reflexiones que han dejado escritas otros peregrinos en un poste de madera. Algunas me han resultado interesantes y vendrían a corroborar que mucha gente recorre este Camino por una razón profunda, muchas veces existencial, y no sólo por el simple hecho de devorar kilómetros. Lo noto también en las conversaciones con la gente. Los primeros días la mayoría te dan excusas un tanto peregrinas, valga la contradicción, para explicarte su presencia aquí, pero a medida que avanzamos, esas mismas personas se sinceran y casi siempre sacas el porqué.

A mi mismo me pasa algo parecido. Mucha gente me pregunta que por qué estoy aquí y de momento a nadie le he contado los motivos. Los considero demasiado íntimos y no me apetece ir compartiéndolos con el primero que me encuentro. Imagino que a mucha gente le pasará lo mismo cuando a lo mejor soy yo el que pregunto. En mi caso, suelo decir que es un viaje que tenía pendiente desde hace muchos años, pero que nunca había tenido la oportunidad de hacer. Unas veces me faltaba el dinero, cuando era más joven, y otras veces el tiempo, cuando comencé a trabajar. Y la verdad que no miento. Cuando tenía dieciocho años, al acabar el colegio y antes de comenzar la Universidad, tres de mis mejores amigos decidieron hacer el Camino de Santiago, algo que por aquel entonces no era tan popular ni estaba rodeado de tantas comodidades en forma de albergues y lugares de avituallamiento. Uno de estos amigos, Alberto, también conocido cariñosamente como "Pasi", me propuso que les acompañara. Él creía que la experiencia nos ayudaría a afrontar la importante etapa que iniciábamos entonces y que sería un viaje que siempre estaría presente en nuestras vidas. En aquel momento yo no tenía el dinero para andar por esos mundos de Dios durante un mes, así que sintiéndolo en el alma tuve que decirle que no. Aquel viaje quedó pendiente, y hoy, casi diecinueve años después y ante una nueva etapa de mi vida que comienza, me siento muy afortunado pisando este Camino que antes recorrieran mis queridos amigos "Pasi", Miguelo y Joaquín.


A unos once kilómetros de Sahagún, en Bercianos del Real Camino, he parado para descansar y me he encontrado a Ruta y a Szilvia que estaban terminando de almorzar. A la lituana Ruta la había conocido brevemente cuando los irlandeses Kevin y Phil estaban todavía en el Camino y me la presentaron. A Szilvia, que es de Hungría, la he conocido hoy. Tras saludarnos brevemente, ellas han continuado la marcha mientras que yo me he quedado en el bar donde estaban para hidratarme un poco y estirar las piernas. Antes de llegar a El Burgo Ranero, a unos ocho kilómetros, me las he vuelto a encontrar y hemos parado juntos en el pueblo para comer algo.

En el Burgo Ranero me he llevado la alegría del día al encontrarme a los "Violentos de Kelly", a quienes no venía desde Izco, Navarra, hará como cosa de dos semanas. Alegría pese a que me han dado la mala noticia de que Diego, el hermano de Oddball, se ralló a la altura de Burgos y volvió a Barcelona porque no aguantaba más. Una pena la verdad. Oddball me ha estado contando que precisamente un poco antes de Burgos le dio una tendinitis en la pierna que le impedía dar un paso y que tuvo que ir a urgencias. Allí le recetaron unos analgésicos bastante fuertes que le provocaron una reacción alérgica y tuvo que volver a prisa y corriendo, pese a la tendinitis, a urgencias del Hospital. Pero me cuenta que ya está bien. Con ganas de llegar a Santiago y lo que le echen. Es duro como una roca este Oddball. Hay que recordar al lector que estos tíos vienen andando desde Montserrat, en la provincia de Barcelona. El resto de su banda están bien, las barbas de David han crecido casi tanto como las mías, al igual que los pelos de Jesús, que se recoge ya de manera casi continúa en una coleta. Han conocido a un par de chicas argentinas, con las que estaban hablando en la puerta del albergue y Oddball me ha presentado también a su novia, que ha venido desde la Ciudad Condal para hacer el tramo final del Camino junto a él.

Ruta y Szilvia se han excusado y me han dicho que se ponían en marcha de nuevo para llegar a Reliegos lo antes posible. Yo por el contrario, me he quedado un rato más con los "Violentos de Kelly" ya que teníamos bastantes cosas que contarnos de estas dos últimas semanas de travesía. Tras una hora de palique, me he dispuesto a afrontar los últimos trece kilómetros de la jornada, distancia que me separaba de Reliegos, no sin antes saludar a Santa Claus. El alemán está orgullosísimo de ver las palizas que me estoy metiendo y sin separarme de mi mochila, más si cabe tras el disgusto que le di en la etapa siguiente a Burgos, cuando le dije que había enviado mi equipaje a Castrojeriz con una furgoneta. 


De camino a Reliegos me he encontrado a Kim, una coreana que prácticamente no podía caminar y que según me ha dicho, está algo asustada porque no encuentra alojamiento en ningún sitio, no habla español y teme que se le haga de noche al paso que va. La he intentado tranquilizar asegurándole que no la iba a dejar sola y que llegaríamos juntos a Reliegos, y que si en el pueblo no encontrábamos plaza en el albergue, que supiera que mi amigo David iba a venir desde León a buscarme para que pasara la noche en su casa, así que no se preocupara que ella podría venir con nosotros también. El inglés de Kim es algo limitado y no sé si no me ha entendido muy bien o lo que yo le he dicho le ha sonado demasiado perfecto, viniendo de alguien a quien acaba de conocer, como para ser verdad. A falta de unos tres kilómetros para Reliegos la coreana no podía dar ni un paso más, y le he pedido que se sentara en un merendero que había a nuestra vera mientras yo llamaba a mi amigo David, quien ya esperaba en el bar del pueblo, para que viniera a buscarla. Ella parecía algo nerviosa, pero a los cinco minutos, cuando ha aparecido David, a Kim se le ha iluminado el rostro. La hemos ayudado a subir al coche y yo les he dicho que les vería en Reliegos, que quería hacer todos los kilómetros de mi peregrinar a pié.


En Reliegos Kim y David, toda vez que habían encontrado sitio en el albergue, me estaban esperando en el Bar de Elvis, un bar desde cuyo exterior ya podías intuir que no te iba a fallar. Dentro me he encontrado también a la lituana Ruta, a la húngara Szilvia, a Alyson y a Hilly, y he pensado que aquello era el inicio de una fiesta improvisada. No iba muy desencaminado y de hecho, hemos tenido que cortar en un momento dado porque David y yo pretendíamos llegar en coche a León, y de una pieza a ser posible. Alyson y Hilly, tras hacernos una demostración de baile irlandés, se han retirado a descansar a sus aposentos, y se ha quedado con nosotros Zach, un americano de Kentucky a quien conocieron al principio del Camino y con el que viajan desde entonces. Me he tomado una cerveza con él y he estado hablando un rato en el que no ha faltado la referencia al pollo frito de Kentucky. Imagino que los habitantes de este Estado deben estar hasta las pelotas de la bromita cada vez que viajan a algún lado. Zach ha encajado mis vaciladas bastante bien y me ha caído muy simpático. Me ha retado a que adivinara su edad y yo le he dicho que podía ser su padre y que no le echaba más de dieciocho años. Para mi sorpresa él me ha dicho que nació el mismo año que yo y cuando le he preguntado por el elixir de la eterna juventud, él me ha replicado, con mucha guasa, que el pollo frito...


El dueño del local, a quien todo el mundo conoce como el "Elvis del Camino", se ha revelado como el mayor personaje que he conocido hasta la fecha. Han empezado a circular cervezas al ritmo desenfrenado de las caderas de Elvis, que se movían al compás de los temas que iban sonando desde el pinchadiscos. El "Elvis del Camino" ha bailado, se ha fotografiado con nosotros y nos ha hecho pasar uno de los mejores y más divertidos ratos desde que iniciamos este viaje. Un lujo de barman y de persona, todos los días al pié del cañón para disfrute del peregrino. Como lujo también ha sido poder asistir en primera fila a una clase de reventar ampollas impartida por la doctora coreana Kim, que relajada ya tras los momentos de tensión del día y al ver lo destartalado del lugar, no ha tenido ningún reparo en pinchárselas en la barra ante la mirada incrédula de David y de un servidor...




domingo, 19 de mayo de 2013

21ª etapa: Carrión de los Condes - Sahagún (40 kilómetros)


Esta mañana he madrugado para afrontar con tiempo los cuarenta kilómetros que tengo por delante hasta adentrarme en la provincia de León, última antes de alcanzar Galicia. Cuando digo madrugar me refiero a que estaba en ruta a las ocho y media de la mañana. Que nadie se lleve las manos a la cabeza. Los primeros dieciocho kilómetros no han sido aptos para agarofóbicos. Una recta infinita, prácticamente sin árboles, a través de la meseta castellana. Un mago hubiera estado en su salsa: "nada por aquí, nada por allá". Bueno, nada, nada, tampoco. De vez en cuando la desnudez del paisaje me ha regalado escenas dantescas como la de ese francés en la cuneta poniendo un huevo con absoluta naturalidad. No habría caminado ni cinco kilómetros cuando he pensado que la interminable meseta me estaba brindando la primera ración de alucinaciones al sorprenderme caminando junto a Michael Jackson. Tras unos segundos de incertidumbre, he respirado un poco más tranquilo cuando por delante de aquel bulto con sombrero blanco, gafas de sol y una mascarilla cubriéndole medio rostro, he reparado en la presencia del coreano que unas etapas atrás me preguntó si la boina que llevaba era vasca. Michael Jackon, no era otra que su mujer...


Todas las etapas dan para pensar, pero este comienzo mucho más: un discurrir monótono por campos sin fin que ponen a prueba tu paciencia y rachas de viento que campan a sus anchas golpeándote el rostro sin compasión. Hoy no ha sido el primer día que me ha dado por pensar en mis comienzos profesionales. Estoy en un momento de cambio y repasar aquellos primeros pasos me sirve para sopesar hacia dónde quiero dirigir los siguientes. Hacer balance de lo que he conseguido durante estos últimos diez años, desde el punto de vista personal y profesional, me da fuerzas para seguir peleando otros diez años más. Cada uno se motiva como puede. Repasar mis inicios profesionales es acordarme de mis primeros años en Londres y acordarme de Gavin, mi jefe escocés en BBVA. Salvo contadas excepciones, he tenido mucha suerte con mis jefes. Pero es que una cosa es tener suerte y otra es encontrarte con una persona como Gavin. Él me enseñó con la paciencia de un maestro y generó la confianza en mi mismo que necesitaba, dio la cara por mi como un buen amigo y supo corregirme como un padre. Y si eso no fuera suficiente, trabajar con él era un absoluto descojono. ¿Quién no se batiría el cobre por un jefe así?...




Recuerdo que al principio, en mis primeros meses de trabajo en BBVA, me llamaban mucho la atención una especie de placas conmemorativas que todos los banqueros corporativos y de inversión tenían encima de sus mesas. Eran trozos de vidrio serigrafiados, que los ingleses llaman "tombstones", y en los que se daba cuenta de una gran financiación, señalando qué bancos habían participado y cuál había sido su participación. Algo así como las condecoraciones en la guerrera de un militar, que la mayoría de mis compañeros y jefes lucían orgullosos. En la mesa de Gavin no había ninguno y un día le pregunté que para qué servía un "tombstone" y por qué no había ninguno sobre su escritorio. No podía creer que alguien tan capaz no hubiera sido condecorado en aquella "guerra". Él me miró fijamente y, como si me fuera a desvelar la receta de la Coca-Cola, me preguntó: "¿quieres saber para qué sirve un "tombstone"?. Yo le contesté que sí y entonces él abrió el último cajón de su mesa, extrajo uno de una caja circular, se incorporó, se desplazó al pasillo que formaban las mesas en nuestra planta, tomó carrerilla y, como si en una bolera se encontrara, lanzó el "tombstone" rodando con todas sus fuerzas en dirección a la zona donde estaban esos armarios archivadores de estructura metálica que hay en cualquier oficina al uso. No serían mucho más de las diez de la mañana porque la oficina estaba bastante tranquila, como solía pasar a primera hora. Y desde luego si alguno no estaba despierto, el estruendo que provocó aquel "tombstone" al chocar violentamente contra el armario, le terminó de despertar. Mientras la gente se reponía del susto, Gavin se acercó a recoger el artefacto y al regresar a donde estaba yo parado me dijo con una sonrisa: "para esto sirve un "tombstone"; ¿quieres saber algo más?...

No sé por qué Gavin ha venido a mi mente hoy. Seguramente porque fue una de las primeras personas a las que confié que tenía un plan B en la cabeza y que quería hacer, al menos durante una temporada, cosas distintas a las que había hecho durante los últimos diez años. Me conoce bien, y además es uno de esos tipos que dice siempre lo que piensa aunque no sea necesariamente lo que tú esperas oír, por lo que quería escuchar su opinión y que me confirmara si me había vuelto loco de atar. Él me contestó que no consideraba que estuviera más loco de lo que siempre había creído que estaba y me animó a que siguiera mi instinto si aquello era lo que me dictaba hacer. Que no perdía nada por intentarlo y que en esta vida nos arrepentimos mayormente de las decisiones que no tomamos. Qué bueno que se crucen en nuestro camino jefes como Gavin, y qué pena que en no pocas ocasiones y en no pocas compañías, llegue a los puestos directivos no necesariamente el más válido ni el líder por el que cualquiera se partiría la cara, sino el que más se ajusta a la "política de la empresa", el mejor relacionado o el más vivo. El más dócil en una palabra. 



Nunca pensé que podría tener tantas ganas de llegar a un sitio llamado Calzadilla de la Cueza, pero doy fe de que así ha sido. He buscado el primer bar abierto en el pueblo y me he sentado a comer algo y quitarme las zapatillas, pues tenía los pies destrozados. No me he entretenido mucho, porque aún me faltaban 23 kilómetros hasta la localidad de Sahagún. Si el tramo anterior ha sido duro, por la monotonía del trayecto y la imposibilidad de pararse en ningún lado, éste lo ha sido porque muchos kilómetros discurren en paralelo a la autovía. No ha sido el caso en el trayecto comprendido entre Terradillos de los Templarios y Moratinos, donde unos negros nubarrones me han hecho sentir nuevas pedradas de granizo antes de que me cayeran encima.


Antes de llegar a Moratinos he dado a alcance a la irlandesa Alyson y la americana Hilly. Nos hemos reído mucho al recordar nuestro encuentro de ayer en la farmacia de Carrión y cómo, en su intento por ayudar a mostrar cómo aplicar la pomada para las rozaduras, el farmacéutico parecía un exhibicionista frotándose el paquete delante de ellas. Alyson y Hilly son muy simpáticas y espontáneas, y me han hecho pasar un buen rato. En Moratinos me he parado a comer algo y ellas han continuado pues quieren llegar a Sahagún antes de que se haga demasiado tarde. El concepto de "hacerse tarde" varía obviamente entre la mentalidad anglosajona y la mediterránea. En el bar de uno de los albergues de Moratinos me ha atendido un camarero que parecía que lo habían sacado de la Hora Chanante. Le he pedido un gazpacho, pensando que ya lo tendría preparado y que sería algo rápido, y me ha tenido veinte minutos esperando a que lo hiciera. Entre medias yo no paraba de oírle estornudar desde la cocina, cosa que aún me estaba poniendo más inquieto, porque no sabía qué era peor, que se estuviera poniendo la mano en la boca o que no. Finalmente el gazpacho ha aparecido y tengo que admitir que estaba bastante bueno. Desconozco si le ha añadido algún ingrediente especial y la verdad que no tengo mucho interés en averiguarlo. A la salida del bar me he encontrado de nuevo con el abuelo alemán, con Santa Claus, quien se ha alegrado de verme con la mochila a cuestas.


Los diez kilómetros restantes se han hecho interminables. Porque discurren de nuevo en paralelo a la autovía, porque ha comenzado a granizar, porque después ha continuado la lluvia hasta que el final de la etapa, y también por el cansancio acumulado. Durante el trayecto he vuelto a coincidir con Alyson y Hilly y hemos caminado juntos hasta Sahagún. A la entrada del pueblo nos hemos separado ya que íbamos a diferente albergue. Tras dejar mis cosas y darme una ducha caliente, he salido a cenar por el pueblo y a ser testigo de la derrota en casa del Real Zaragoza contra el Athletic de Bilbao, derrota que nos complica mucho la permanencia. No la mejor manera de terminar el día, vaya, pero bueno, dicen que la esperanza es lo último que se pierde...




















sábado, 18 de mayo de 2013

20ª etapa: Frómista - Carrión de los Condes (20 kilómetros)


La dueña del hostal en Frómista donde me alojo regenta también un restaurante que se encuentra a unos cien metros y en el que me ha recomendado que desayune. Dos con cincuenta euros café con leche y respostería. Y dos euros más si quiero zumo de naranja. Me parece acojonante que en un pueblo de Palencia te cobren eso por desayunar, pero bueno, no tenía muchas otras opciones. En todos los bares de pueblos pequeños por los que pasa el Camino le atizan el hostión al peregrino, que es "mu güeno" y no protesta. Más o menos igual de pardillo que el ciudadano europeo medio. Todos tenemos que comer y pagar las facturas. Cosas del Camino de Santiago y cosas del Euro, qué le vamos a hacer. Una mañana nos levantamos y donde pagábamos doscientas pesetas por un tubo de cerveza pasamos a pagar dos euros, y encima teníamos que dar las gracias porque le habían quitado dos ceros al precio. Y así con todo. Y los salarios los mismos, claro. Que entonces ya ganábamos mucho por no darle un palo al agua. Menos mal que aparecieron los bancos para, con una sonrisa de oreja a oreja, regalarnos el dinero que necesitábamos para cumplir nuestros sueños que si no, no sé qué hubiera sido de nosotros. Y nosotros cada vez teníamos más sueños, porque no íbamos a ser menos que los vecinos del quinto. Ah, qué tiempos aquellos!…Me endeudé una vez. Fue hace doce años para irme de Erasmus a Estocolmo, y espero no tener que volver a hacerlo en una buena temporada. Y eso que la inversión mereció la pena. Pero fueron tales los dolores de cabeza para devolver la pasta, que me dije, una y no más, Santo Tomás. Por eso no estoy hipotecado. Y por eso no entiendo cómo hay gente que se mete tan alegremente en hipotecas a treinta años...

En el restaurante del hostal me ha atendido un camarero recio, de rostro sonrojado y mofletes caídos. Su cara me ha recordado a la de un perro pachón. Le he pedido un café con leche, un trozo de bizcocho casero y un zumo de naranja. Su acento me ha parecido vasco y le he preguntado que de dónde era. Él me ha dicho que es bilbaíno, pero que parte de la familia de su madre es palentina y que ya hace muchos años que está en Frómista, regentando este negocio. Mantener la conversación con el camarero ha sido igual de duro que para un espectador seguir un peloteo desde el fondo de la pista entre Nadal y Federer. No ha parado de moverse de arriba a abajo de la barra, como si fuera Groucho Marx, en ningún momento. Yo mientras, le seguía con la mirada y untaba el bizcocho en el café, tratando de que no me chorreara al pantalón. Al solicitar la cuenta me ha pedido casi seis euros. Tras reponerme del hachazo le he dicho que la señora que regenta el hostal me había anticipado que como mucho cuatro cincuenta con zumo, y él ha replicado muy digno que no, que ella no está muy al día con los precios del restaurante. He pagado a regañadientes, y cuando he vuelto al hostal y la dueña me ha preguntado que qué tal estaba el desayuno, yo le he contestado que estaba caro. Ha querido saber cuánto he pagado y al decírselo, me ha confesado muy calmada que su hermano no tiene "ni puta idea de nada". Ha extraído unas monedas de la caja para abonarme la diferencia con el precio que ella me había dado y con voz muy sosegada me ha anunciado que ahora mismo llamaba a su mellizo, que por lo visto es el camarero, para reprocharle su despiste. Subiendo a mi habitación he pensado que al bonachón del restaurante le iban a cantar las cuarenta. Me daba en la nariz que en aquel reparto al nacer todo el carácter se lo había quedado la melliza. Al abrir la puerta me ha envuelto un grito huracanado procedente de la recepción: "Noooo, yo te dije cuatro cincuenta y tú le has cobrau lo que te ha salido de los cojones!!!"...




La etapa de hoy ha sido muy sencillita, veinte kilómetros caminando por el llano que me han permitido recuperarme de los excesos de jornadas anteriores. En Población de Campos, a unos tres kilómetros y medio de la salida, he hecho la primera parada en un bar para tomarme un cola-cao. En la tele, una reportera estaba entrevistando a un chatarrero en "Comando Actualidad". Con una de las preguntas que le ha formulado casi se me atraganta el cola-cao: "¿y no se le va a uno la cabeza cuando empieza a ganar dinero?". La cuestión de marras me ha dejado un poco descolocado, pero no menos que al dueño del establecimiento: "la madre que la parió, qué si se le va la cabeza dice; pero qué dinero gana un chatarrero, desgraciá!. Ya dirigiéndose a mi, el camarero me ha confesado que a él también se le va la cabeza, pero cuando le empiezan a llegar facturas y las tiene que pagar. Y que no vengan los de "Comando Actualidad" al pueblo porque también se le puede ir la cabeza como les dé por preguntar sandeces.

A la salida del pueblo me he encontrado con el taiwanés Wu. Es un chaval risueño al que le calculo no más de veinticinco años. Pese a su delgadez, porta una mochila en la que llevará unos diez kilos y una bolsa de plástico, que parece algo pesada y que se va cambiando de mano. Le he preguntado que qué lleva en la bolsa y él me ha contestado que la comida para el fin de semana. Por lo visto, el Domingo pasado se encontró todas las tiendas cerradas cuando quiso comprar algo de comer y este fin de semana no se la volvemos a jugar. No entiende muy bien por qué, en España, la gente de los comercios descansa un día a la semana, y me ha preguntado si el problema es que a los españoles no nos gusta ganar de dinero. Yo le he contestado que el dinero es para mucha gente un medio para vivir, y vivir bien si es posible, pero no un fin. Y que el descanso forma parte de esa escala de prioridades, porque sin días libres, ¿cómo cojones vamos a poder disfrutar del dinero que ganamos?. Creo que a Wu el planteamiento le ha debido parecer una soberana gilipollez. No ha entrado a rebatir la posibilidad del descanso, pese a que me ha preguntado, con unos ojos que parecían salirse de sus órbitas, si es verdad que dormimos la siesta todos los días. Estoy comprobando que esto de la siesta tiene a los asiáticos absolutamente fiplaos. Lo que no le cabe en la cabeza a Wu es cómo podemos tener las tiendas cerradas y un desempleo juvenil tan alto y me ha preguntado que por qué no se emplea a todos los jóvenes que están en el paro en las horas de cierre de los comercios, de tal manera que estos estén siempre abiertos y los jóvenes trabajando. Dos pájaros de un tiro - según el taiwanés. Si le diéramos la cartera de economía a Wu, creo que en dos tardes acababa con la crisis.


En Revenga de Campos me he despedido de Wu. Él ha extraído una chocolatina de su bolsa de plástico y me la ha dado de regalo. Me podía haber tocado la tortilla de patata, pero también un kilo de arroz crudo, así que no me puedo quejar. Yo me he dirigido a la iglesia del pueblo y he descansado un rato mientras daba buena cuenta de la chocolatina. Después he proseguido la marcha a buen ritmo. Antes de llegar al siguiente pueblo, he pasado por delante del desvío a Arconada y Santillana, dos pueblos palentinos. No he podido evitar acordarme del doce a uno a Malta que nos clasificó para la final de la Eurocopa del 84 en Francia y del desgraciado error del legendario portero donostiarra en la final de aquel campeonato que jugaríamos contra los anfitriones. Un borrón que para nada hacía justicia a la trayectoria y méritos de aquel buen cancerbero, sin cuyo concurso España no hubiera llegado hasta el último partido del torneo. Pero así somos en este país, que cuando ganamos el mérito es de todos y cuando perdemos sólo de los culpables, que casualmente nunca somos nosotros.



La siguiente parada la he hecho en Villalcázar de Sirga donde me he comido un trozo de empanada en un bar y he visitado la Iglesia de Santa María la Blanca, con dimensiones de Catedral y construida por los templarios, cuyos caballeros, todavía a día de hoy, la gestionan. Allí, el encargado de sellar la Compostela me ha sugerido que empiece a poner dos sellos por día o corro el riesgo de que en Santiago no me den la credencial por sospechar que he podido hacer el trayecto en coche. Me he quedado alucinado. Hasta a estas mínimas chorradas llega la "titulitis" en España. Con mucha educación le he adelantado que si me dicen eso en Santiago les pondré los pinrreles encima del mostrador y les pediré que me aclaren qué pedal causa las ampollas que llevo en las plantas, y casi todos los dedos, de los pies, si el acelerador, el freno, o el embrague. Sin entretenerme, he reiniciado la marcha pues el cielo encapotado no anunciaba nada bueno. Mis desvelos han sido en vano y de camino a Carrión de los Condes me ha sorprendido una granizada de campeonato. 


Al llegar al pueblo me he sentado a descansar en unos soportales donde echaba la tarde un paisano de Bilbao que se hace llamar Tario. Cuando le he preguntado qué clase de nombre es ése, me ha contestado que él es simplemente un poeta sin nombre que sigue al sol, porque es un solitario. Y que para acortar, del juego de palabras de sol, poeta y solitario, extrae el seudónimo Tario, con el que se suele presentar a no ser que quién le pregunte sea la Guardia Civil. El poeta bilbaíno me ha ofrecido un vaso de vino que yo he aceptado de buen grado. Me ha estado contando que por tercer año consecutivo va para Galicia a pasar el verano, y que cuando se canse, regresará por el norte, hacia su País Vasco natal, para después seguir caminando como ha hecho en los últimos seis años en los que lleva dando vueltas sin parar. Me he interesado por conocer cómo lo hace y me ha contado que con una pequeña pensión de invalidez de trescientos euros al mes, un buen colchón, una buena tienda de campaña, un hornillo y dos perras que hacen compañía y las veces de calefacción central. Los tres litros de vino que me ha confesado se pimpla al día imagino que ayudarán también a llevar este tipo de vida. Y a no pasar frío. Todas sus pertenencias caben en un carrito de bebé que es el que empuja todos los días hacía el siguiente destino, que varía según las ganas que tenga de andar o lo a gusto que esté en un sitio.

A Tario le gusta la poesía, pero no ha publicado nada. Según me cuenta hubo muchos intereses y presiones para que él no publicara. Y que estuvo perseguido hasta que al final desistió y decidió quitarse de en medio para que le dejaran en paz. Le he preguntado que de dónde venían esas presiones y él me ha contestado que da igual, que por mucho que cuente nadie le va a creer. Pero para que entienda de qué habla, me ha contado un caso supuestamente similar, acaecido en la década de los 70. Por aquel entonces llegó el "dodotis" al mercado y al poco, adquirió cierta notoriedad una mujer que dijo haber patentado un pañal reutilizable, que según Tario supondría la ruina de los inventores del pañal de un uso. Nunca más se volvió a saber de aquella mujer y el nuevo producto nunca fue comercializado. Tario me ha preguntado si entiendo de qué va la película y yo le he contestado que sí, pese a que a mi, que no se hable más de alguien que inventa semejante cerdada me parece la cosa más normal del mundo. "Nos manejan" - ha apostillado el poeta bilbaíno.



Tras un rato más de conversación, me he disculpado y le he preguntado a Tario si estará visible después de cenar, para tomarnos otro vaso de vino. Él me ha señalado su tienda de campaña y el carrito de bebé, instalados en una zona verde enfrente nuestra, y me ha confesado que no andará muy lejos.


Tras dejar mi mochila y darme una ducha de agua caliente, he ido a dar un paseo por el pueblo y a comprar una botella de vino del bueno para compartir con Tario. He parado también en la farmacia para hacerme con una caja de almax, pues la dieta del peregrino me da a ratos algo de acidez. En el interior de la farmacia me ha parecido reconocer a la irlandesa Alyson, acompañada por su amiga americana Hilly. Estaban comprando tiritas y según he entendido, algún producto para las rozaduras, ya que al entrar he sorprendido al farmacéutico mientras explicaba, ayudado por la mímica, cómo aplicar la pomada en caso de que la irritación se encontrara en la entrepierna. Alyson me ha reconocido y se ha puesto como un tomate, y Hilly, que habla español, le ha pedido por favor al dependiente, ante lo embarazoso de la situación, que se dejara de explicaciones y que pusiera el ungüento y las tiritas en una bolsa de plástico.

Tras despedirme de las simpáticas Alyson y Hilly me he dirigido a la entrada del pueblo para charlar un rato con Tario. Junto a él estaba, en animada conversación, una mujer que había salido a pasear a su perro y a la que, en un primer momento, he tenido la impresión de que incomodaba mi presencia. Les he preguntado si molestaba y ellos han dicho que no, por lo que me he ofrecido a serviles un vaso de vino a cada uno. Tario, acostumbrado a otro tipo de caldos, ha terminado con el suyo casi de un trago y antes de que nos diéramos cuenta habíamos finiquitado la botella tras un rato en el que poeta bilbaíno nos ha contado cosas acerca de su modo de vida, vivencias que ha alternado de vez en cuando con pequeños versos de su cosecha: "sólo sé, que sólo sabe, lo que se besa". Me he quedado muy serio cuando me ha soltado éste y le he dicho que esperaba que no se me estuviera declarando, comentario que Tario ha celebrado con una carcajada y sirviéndonos otro vaso de tinto, éste ya del suyo. La vecina del pueblo, Patricia, se ha excusado y ha dicho que se tenía que ir, ya que pretendía ver Eurovisión y no perderse la actuación de España. Patricia vive sola en una casa de dos alturas y bastantes habitaciones, y le ha ofrecido a Tario que llame a su puerta si tiene frío por la noche o cualquier otro tipo de problema. Creo que aquí hay algo y que Patricia está reclamando compañía, y así se lo he hecho saber al poeta bilbaíno, que ha compuesto la sonrisa del galán al sentirse halagado por sus dotes.




Me he quedado un rato más hablando con Tario hasta que ha anochecido. Me ha estado contando que tuvo una infancia complicada. Su padre mató a su madre al poco de nacer él y fue encarcelado. Tario fue internado en un orfanato donde sufrió toda clase de abusos que, según él, aniquilaron su voluntad y donde el único lenguaje que se utilizaba era el del palo. En su juventud se acentuaron los problemas. Escuchaba voces que le impulsaban a hacer cosas que él no quería hacer, cayó en una profunda depresión y permaneció en un hospital ingresado durante un año. Consiguió una invalidez y continuó con el tratamiento y bajo control médico, ya que de otra manera no percibiría la prestación. Un buen día, hace hoy seis años, se hartó, de estar atiborrado a pastillas y sin ganas de hacer nada, metió todo lo que necesitaba en un carrito de bebé que encontró abandonado en la calle y se puso a caminar. No tengo forma de contrastar lo que me dice, no otra que no sea creerle a pies juntillas, pero afirma que no ha vuelto a tener una recaída y que no ha sido más feliz en toda su vida. Que tiene todo lo que necesita con él y que disfruta por primera vez de la sensación de sentirse libre. Imagino que la gran mayoría de especialistas médicos, si no todos, opinarán que es una aberración que Tario se pasee por ahí sin estar controlado clínicamente, más si cabe bebiendo como bebe, pero yo a quien me he encontrado es a una persona que no ha recibido mas que golpes en esta vida, inteligente, sensible y seguramente asustada, que huye y se aisla para que nadie le haga más daño. Y ésa es la persona de la que hablo, alguien a quien lejos de estigmatizar por tener una enfermedad mental igual habría que escuchar más. Alguien a quien todo lo material que necesita para ser feliz le cabe en un carrito de bebé.

Le he agradecido a Tario su compañía y su sinceridad, he dejado algo de dinero con él para que acabe el mes algo más desahogado, y me he alejado pensando si le faltaría tiempo para ir hasta la casa de Patricia y tocar el timbre para ver con ella lo que quedara de Eurovisión. Creo que les vendría bien a ambos algo de cariño y asfixiar sus miedos abrazados...













viernes, 17 de mayo de 2013

19ª etapa: Castrojeriz - Frómista (26 kilómetros)

Esta pasada noche me he despertado varias veces por culpa de los calambres en el gemelo de mi pierna derecha. Al levantarme, las molestias continuaban y me he empezado a preguntar si se trataría de una temida tendinitis, esas que dicen las guías que obligan a abandonar a no pocos peregrinos. En mi caso eso está por ver, porque de aquí no me mueven ni con agua hirviendo. Como para decirle al alemán Santa Claus, tras el disgusto que le di ayer por no llevar mochila, que me vuelvo a casa por una pupa en el gemelo.

Ayer Kevin y Philomena se alegraron mucho de verme y me invitaron a cenar. Me contaron que el día anterior coincidieron en Hornillos del Camino con la californiana Eva y su padre. Por lo visto pasaron un buen rato, pese a que ella continuaba con molestias en ambas piernas y estaba algo cabreada con su padre por haber faltado a su palabra y no quedarse un día en Burgos para descansar y recuperar fuerzas. No pude evitar descojonarme vivo cuando Kevin me contó que, tras la cena, fueron a tomar algo a un bar y en la barra Dave le preguntó si le pedía algo a su chica, refiriéndose a la madre de Kevin. Este Dave me va a matar de la risa algún día.

Hemos iniciado la etapa a eso de las nueve y media de la mañana con bastante frío. La predicción meteorológica dice que puede nevar hoy en algunos puntos de la provincia de Burgos. En pleno mes de Mayo, cosas del calentamiento global. El inicio de la etapa ha sido bastante duro, un kilómetro de subida bastante pronunciada hasta llegar al alto de Mostelares. Ahí la recompensa: una vista impresionante de la meseta castellana en todo su esplendor, vista que nos acompañará prácticamente hasta León. He comenzado la jornada caminando bastante despacio, para ver cómo responde mi pierna derecha. Pese a que he notado una ligera molestia que no me abandona, he podido avanzar sin problema.


Kevin me ha preguntado que qué hice durante mi estancia, allá por 2002, en Belfast y yo le he contestado que aparte de pasármelo como un enano, trabajar como maestro cafetero en un restaurante italiano de Botanic Avenue. Se entiende la ironía de maestro cafetero, imagino. La verdad que no sé cómo no me echaron a la primera semana. Me figuro que en parte porque la mitad de los clientes del restaurante se habían dejado el paladar en casa, y el resto porque, pese a pedirlo, no tenían ni puta idea de la diferencia entre un capuchino, un late y el aguachirri que salía de la cafetera en dirección a sus mesas. Con los días, el resultado fue mejorando, y creo que al marcharme de Belfast podía decir, sin miedo a equivocarme, que mis cafés tenían un pase. Belfast, cigarrillos y alcohol, como reza la canción de Oasis. Y risas. Y esa fiesta donde nuestra vecina llamó a las dos de la mañana a la puerta de la casa donde vivíamos mi amigo Tico y yo, para sugerirnos que apagáramos la música o pondría el caso en manos de una "asociación especial" que tenían en el barrio. Yo ya sabía que esa "asociación especial" eran como mínimo cuatro gorilas sin cuello que patrullaban el barrio protestante donde vivíamos en un Renault Clío y que una noche me pararon para saber quién era, dónde vivía y qué hacía por la calle a esas horas. Esa "asociación especial" que tenía su propio código penal y repartía tiros en las rodillas a las ovejas descarriadas. A mi aún me tiemblan las mías...


También le he contado a Kevin que en Belfast escribí para un periódico español. Yo creo que desde que mis padres me regalaron el primer libro de Tintín cuando era un niño, siempre he soñado con viajar por el mundo y ser reportero. En Belfast cumplí ese sueño, pese a no tener experiencia ni por supuesto la carrera de periodismo. Tuve que ir al extranjero y verme en apuros para echarle un poco de morro a la vida y sacar lo mejor de mi mismo. Para escribir en un periódico, en mi humilde opinión, hay que saber escribir. Y a escribir te enseñan de pequeñito. Y si ya tienes algo de idea de lo que estás hablando, pues la leche, tú, pero eso te lo darán años de ejercicio y dedicación profesional, no cinco años en una Universidad copiando como un poseso apuntes que te dicta un fulano en no pocos casos. Igual que en un banco se puede entrar de botones o de administrativo y si uno es algo espabilado y tiene ganas de trabajar, llegar bastante lejos sin necesidad de haber pisado las aulas de la Universidad. Y así con muchos otros trabajos para los que se exigen no sé cuántos títulos en España que para mi no son estrictamente necesarios. Otro timo más de los que nos han colado a una generación de españoles y del que nadie habla.



No quiero ni pensar lo que habría sido presentarse en la redacción de un periódico en España y decir que me gusta escribir y que quería que me dieran la oportunidad de trabajar con ellos. Me apuesto el dedo gordo del pie, ése en el que tengo una ampolla de caballo, que "este desgraciao qué se ha creído" hubiera sido lo mínimo que habrían pensado de mi. O si me descuidaba, los más celosos de su profesión, que normalmente suelen ser los más mediocres, me hubieran amenazado con denunciarme por intrusismo. En España no me lo hubiera planteado para no pasar un mal rato, pero en Belfast es exactamente lo que hice. Llamé al director en Madrid del departamento internacional del único periódico de tirada nacional que no tenía en aquel momento un corresponsal en Londres con el que cubrir Belfast, me presenté, le dije que, tras mucho leer y documentarme, entendía más o menos el conflicto norirlandés y que quería escribir para su periódico. La persona al otro lado del hilo telefónico me agradeció el interés, pero con muy buenas palabras me respondió que en ese momento el diario no se planteaba tener un corresponsal fijo desde una ciudad como Belfast, más si cabe, no teniendo uno en Londres. Yo entendí perfectamente lo que me quería decir, "no te vamos a pagar un sueldo", y le propuse que hiciéramos lo siguiente. Que cada vez que pasara algo reseñable en Belfast yo le escribiría un artículo y que si él consideraba que eso se podía publicar, que lo publicara, y si no, pues tan amigos. Y que si aquello funcionaba, ya tendríamos tiempo de hablar de las condiciones. Y así fue cómo comencé a escribir para La Razón desde Belfast.



Ya tenía el trabajo de reportero que siempre había soñado, ¿pero qué iba a hacer sin una credencial, ese papel, como tantos otros que parecen imprescindibles en esta sociedad para que otros piensen que somos muy válidos?. En Belfast aprendí que no necesitas una acreditación como periodista si tienes un poco de jeta y un DNI, un documento con foto, nombre y dos apellidos, que el que tienes enfrente no tiene ni pajolera idea de lo que significa. Y así fue cómo me presenté en el centro de la ciudad, me dirigí con paso firme hacia el Ayuntamiento, puse mi DNI sobre el mostrador de la recepción y con gesto muy serio le dije a la recepcionista que era un corresponsal español y que quería entrevistar a Alex Maskey, el primer alcalde del Sinn Fein en la historia de la ciudad de Belfast. Lejos de troncharse de la risa, la recepcionista, de manera muy amable, me facilitó un email para que enviara previamente mis preguntas y me pidió mi número de teléfono. Después me dijo que pasarían mi solicitud al gabinete del alcalde y que ya me llamarían. Pensé que era una manera muy educada de mandarme a paseo y salí del edificio al menos con la tranquilidad de que lo había intentado. Al día siguiente me llamaron los del gabinete de comunicación del alcalde y dos días después estaba entrevistando a Alex Maskey en su despacho. Qué pena que haya que salir de España muchas veces para darse cuenta del potencial y posibilidades que tenemos. Para creer en nosotros mismos y ver de lo que somos capaces de hacer si nos dan la oportunidad que aquí se nos niega o sencillamente no existe. Que poca vergüenza hay que tener encima para decirle a una generación de españoles que se vayan fuera, que les va a venir muy bien la experiencia. Hace falta ser hijo de puta...


Un poco antes de alcanzar la mitad de la etapa, nos hemos adentrado en la provincia de Palencia, la meseta castellana pura y dura. Un mar de campos interminable que, gracias a las lluvias, están verdes y florecientes. Un lujo para la vista. No sé cómo hay guías que aconsejan tomar un autobús en Burgos y no mirar atrás hasta León, para evitar la supuesta monotonía de los campos de Castilla. Craso error en mi opinión, y como muestra de los paisajes tan dramáticos y espectaculares que se pueden disfrutar paseando por estos lares, un botón.


Hemos llegado a Boadilla del Camino, seis kilómetros antes del final de etapa, bajo una intensa lluvia, como advertían los negros y amenazantes nubarrones sobre nuestras cabezas. En el bar del albergue municipal, donde hemos parado para tomar un Cola Cao y entrar en calor, nos hemos encontrado con la californiana Eva. Su padre, ni que decir tiene, está desaparecido en combate. Por lo visto tuvieron una buena bronca ayer y Dave se ha ido de Hornillos del Camino esta mañana sin despedirse de su hija y ni siquiera decirle donde va a pernoctar esta noche. Ella cree que estará en Frómista pero no lo sabe a ciencia cierta. Esto de que Eva y su padre se separen se está convirtiendo en algo más predecible que la muerte de Kenny McCormick en un episodio de South Park.



Hemos recorrido los kilómetros que nos separaban de Frómista al paso de Eva, que suele ser el paso anterior al de una tortuga. Es el último día de Kevin en el Camino, y no se quiere marchar sin antes preguntarle a la californiana, qué ha aprendido o qué ha sacado en claro de estos días de travesía. Ella, como si esperara la pregunta, ha contestado sin pausa que ha aprendido muchas cosas, pero que lo fundamental se resume en que ama a su país, que no sabe empaquetar mochilas y que no vuelve a ir con su padre de vacaciones en su puta vida. Kevin y yo hemos celebrado la espontaneidad de la americana con sendas sonoras carcajadas.

Eva está bastante quemada, de su padre y del Camino, de las dos cosas, aunque yo no sé qué fue primero, si el huevo o la gallina. Nos ha dicho que mañana tomará un autobús en Frómista y que como pronto se irá a León, a un sitio civilizado donde poder descansar. Está harta de caminar y de comer pan con queso y menús del peregrino, que en su caso, y hasta la fecha, es a lo que se limita la rica gastronomía española. Está deseando terminar el Camino, regresar a su país y después marcharse a Israel. Eva es medio judía, y, según nos cuenta, existen viajes organizados para que jóvenes judíos de todo el mundo visiten el país y conozcan la tierra de sus antepasados. En uno de ellos se ha apuntado. Ella, que nunca había salido de los Estados Unidos más que a la vecina México, va a hacer estos dos viajes en poco más de un mes. Aunque protesta, y por lo poco que la conozco, creo que estos dos viajes son muy importantes para Eva. Me da la impresión de que se está intentando conocer y conocer un poco más a su padre. Por otros amigos judíos, que han crecido en países como Inglaterra o Estados Unidos, y que no son para nada ultra-religiosos, sé que llega un momento en sus vidas que necesitan buscar en sus orígenes y reencontrarse con su identidad. En Israel, Eva se lo va a pasar de miedo y estoy seguro de que va a disfrutar mucho de la experiencia. Personalmente, es uno de los viajes de los que mejor recuerdo guardo. Y he pensado que como la dejen entrar en Pachá Jerusalén, dentro vídeo, ya lo va a flipar...


Al llegar a Frómista, Philomena, que está más preocupada por Eva que su propio padre, ha sugerido que busquemos a Dave en los hoteles del pueblo. Que seguro que ha reservado un buen sitio para que su hija descanse. Eva, que está de bastante mal café y no las tiene todas consigo de que su padre esté ahí, ha tirado una vez más de su genuina espontaneidad para decirle a Philomena que no bromee, que su padre es judío y que seguro que está en el albergue más tirado del pueblo, donde sólo haya que pagar un donativo. Antes lo dice y antes aparece su padre dándonos un grito desde el bar en la otra acera donde estaba tomando algo. Como si le hubieran pitado los oídos con los comentarios algo despectivos de su hija, le ha anunciado que ha reservado habitación en un hotelito que se llama San Pedro, como el pueblo del que son en California, para que se dé una ducha de agua caliente y descanse. De poco le ha servido el detalle, porque le han empezado a caer hostias de todos los lados. De su hija por marcharse esta mañana sin decir nada y de Philomena que le ha advertido que se vuelve a Irlanda, pero que como se entere de que vuelve a dejar sola a su hija agarra el primer avión y viene de nuevo para romperle el palo con el que se ayuda a caminar en la cabeza.




Todos los albergues estaban ocupados y he conseguido habitación en un hostal enfrente de la Iglesia de San Pedro. Kevin y Phil han pedido un taxi que los lleve hasta Burgos, desde tomarán un autobús a Bilbao y de ahí regresarán a Irlanda. Antes de despedirme de ellos, Phil me ha dado un rosario de la Virgen de Medjugorje, en Bosnia, a donde peregrinó hace unos años. Me ha parecido que ese rosario significaba mucho para Philomena y he aceptado el regalo emocionado. Les he deseado buen viaje y me he despedido de ellos sintiendo que les iba a echar de menos...










jueves, 16 de mayo de 2013

18ª etapa: Burgos - Castrojeriz (43 kilómetros)


He comenzado esta etapa, algo inusual en mi, a las ocho de la mañana. ¿El motivo?, que he decidido hacer un maratón a pie y así poder encontrarme de nuevo con Kevin y su madre para recorrer junto a ellos la última etapa antes de que regresen a Dublín. Como es la primera vez que voy a caminar esta distancia, he optado por contratar los servicios de una compañía que traslada tu equipaje de un punto a otro del Camino por un módico precio. Los "puretas" pensarán que lo mío no tiene nombre, pero bueno, yo soy de los que piensan que cada uno recorre esto a su manera, y a mi el sentido común me dicta que si me voy a pegar hoy la matada de recorrer la friolera de cuarenta y tres kilómetros que sea al menos sin peso sobre mi depauperada espalda.


Hacía bastante fresco a la salida de Burgos. Enseguida he dejado atrás el sendero urbano y me he adentrado en un camino rural que discurre paralelo al río Arlanzón. Tras ocho kilómetros de marcha he pasado por Villalbilla como una exhalación y he estirado mis pasos hasta Tardajos, antes de detenerme para descansar un rato. A la salida del pueblo me he encontrado con Alyson, una simpática irlandesa a quien he encontrado sola pese a que viaja con otras cuatro personas: una buena amiga americana con la que acordó recorrer el Camino, y otros tres norteamericanos a los que conoció durante las primeras etapas. Alyson me ha contado que cada uno tiene un ritmo distinto y que hacen las etapas a su aire, para reunirse a cenar al final de la jornada y compartir las vivencias de cada uno. No le ha costado por tanto disculparme por acelerar el paso y dejarla atrás, pues un largo trecho me aguardaba hasta Castrojeriz. En Hornillos del Camino, a veintidós kilómetros de Burgos y final hipotético de la etapa de hoy según la mayoría de las guías, me he detenido de nuevo para reponer fuerzas en forma de tortilla de patatas y ensalada.


Pese a que me encuentro bastante ligero sin equipaje, el cansancio hace mella de igual manera, y ya en Hornillos del Camino he comenzado a notar que el día sería largo y que me las iba a ver y desear para llegar de una pieza hasta Castrojeriz. El esfuerzo en cualquier caso creo que merece la pena. He hecho buenas migas con Kevin, y su madre me resulta una persona encantadora. Ayer cuando me despedí de ellos, les regalé una cinta de la Virgen del Pilar a cada uno y ambos la besaron y la apretaron cerrando el puño antes de anudarla a sus mochilas y darme las gracias por el detalle. No me cuesta admitir que me emocionaron con su gesto. Es de sobra conocido que los zaragozanos le tenemos gran devoción a la Virgen del Pilar, y en mi opinión es porque, creyentes o no, vemos en esa imagen de una mujer con su hijo en brazos, a una madre sin la cuál no estaríamos aquí. Así al menos lo quiero entender yo, que de un tiempo a esta parte de creencias religiosas ando algo justito.

Les he tomado bastante cariño a los irlandeses y no quiero desaprovechar la oportunidad de caminar un día más con ellos. Aquí las cosas se viven con bastante intensidad, y tras varios días andando con la misma persona, sobre todo si a esa persona le mueven motivos parecidos a los tuyos para estar aquí, puedes alcanzar un grado de confianza que te llevaría más tiempo en otras circunstancias. Y a Kevin le mueven motivos parecidos a los míos para estar aquí. Es contable en una empresa en Dublín, y pese a que la vida es fácil y no tiene grandes quejas, le gustaría tener un trabajo que le aportara más, y con el que sintiera que está haciendo algo por los demás. No pocas personas, sobre todo de mi misma edad o parecida, con las que me cruzo en el Camino manifiestan, cuando hablas con ellos, el mismo grado de insatisfacción que Kevin.




A la afinidad que pueda tener con Kevin, se suma una simpatía mía personal con Irlanda y sus gentes. Imagino que me viene de mis días en Belfast, uno de los lugares en los que he vivido, y de manera más intensa. Siempre he sentido cierto grado de admiración por ellos. Me parece un pueblo sufrido pero muy alegre, pese a todas las penalidades que les ha tocado sufrir. Tras un año estudiando en Estocolmo, y unas ganas nulas de volver a España, sentí curiosidad por entender cómo hay gente que puede ser feliz o intentarlo en un entorno de violencia que invita a lo contrario. Quizá eso me llevó a mudarme a Belfast y también a viajar después a lugares como Colombia, Líbano, Palestina, lugares donde la vida vale muy poco y las personas son conscientes de que hoy estás aquí, pero mañana puedes estar criando malvas. Y visitando estos lugares, no dejo nunca de sorprenderme por la capacidad del ser humano para sobreponerse a la adversidad y disfrutar cada minuto de su existencia, nunca mejor dicho, como si les fuera la vida en ello.


A Philomena, la madre de Kevin, le tocó el conflicto en Irlanda del Norte muy de cerca. En los días que he estado con ella he tenido la oportunidad de darme cuenta de que no le gusta mucho hablar sobre esto. De mi humilde experiencia sobre el terreno, y también de mis conversaciones con Kevin, a quien sí le gusta conversar sobre el tema, entiendo que alguien muy cercano a Phil estuvo más involucrado en el conflicto de lo que ella hubiera deseado. Philomena sin ir más lejos, marchaba de manera pacífica junto al que hoy es su marido y otros tantos católicos por las calles de Derry, el día que el ejército británico decidió abrir fuego indiscriminado contra los manifestantes. Un día de aciago recuerdo que hoy se conoce como el "Domingo Sangriento" y que fue el punto de inflexión para muchas familias católicas de Irlanda del Norte. Phil y su marido decidieron aquel día que no criarían a sus hijos en esa Irlanda e iniciaron el camino de la emigración como tantos otros. Hubo quienes optaron por quedarse y luchar contra lo que ellos entendían era un ejército de ocupación. El resto es historia y de juzgarla se encargan otros. Yo me quedo con la cantidad de buenos amigos que hice durante aquella época, tanto católicos como protestantes, que a lo único que aspiraban era a convivir en paz y a disfrutar cada minuto de su existencia sin tener que pensar que podría ser el último.


Tras el tentempié en Hornillos del Camino, he proseguido la marcha a buen ritmo. Una vez pasado Arroyo de San Bol, me he topado con un anciano alemán de frondosa barba blanca y prominente barriga que me ha recordado a Santa Claus. Me ha dicho que estaba descansando un poco porque tiene la espalda bastante cargada por culpa de la mochila y me ha preguntado que dónde estaba la mía. Asumiendo que por su edad debía haber salido del pueblo anterior y caminaría seguramente hasta el siguiente, le he dicho con tono algo ofendido, que he partido esta mañana desde Burgos y que planeo recorrer cuarenta y tres kilómetros en esta jornada, motivo por el que he enviado mi equipaje con una furgoneta a Castrojeriz. El anciano alemán no ha podido evitar un gesto de decepción al tiempo que me decía que él también ha dejado Burgos esta mañana y que su idea no era llegar hasta Castrojeriz, pero que se quedaría en Hontanas, el pueblo de antes. Treinta y cinco kilómetros para un abuelo de más de setenta años. La madre que parió a Santa Claus - he pensado yo, que no sabía dónde meterme. De normal los abuelos que me cruzo viajan ligeros de equipaje y recorren etapas cortas, y para un día que se me ocurre caminar sin mochila me tengo que cruzar con este alemán que me ha sacado los colores.


Por si no hubiera tenido bastante, antes de llegar a Hontanas me he cruzado con otro anciano, este de ochenta años, que caminaba a trompicones y apenas podía ver. No hace falta decir que sobre su encorvada espalda cargaba los diez kilos de rigor. Me ha preguntado qué dónde estaba el albergue y yo le he respondido que no se preocupara, que yo le acompañaba hasta ahí y le ayudaba a registrarse, pues él no habla nuestro idioma. El anciano holandés me ha contado que hace más de veinte años vino a España para recorrer el Camino de Santiago, pero que se cayó a la altura de Estella y se fracturó la pierna, motivo por el que tuvo que suspender su peregrinación y regresar a su país. Me ha confesado que no quiere dejar este mundo sin terminar lo que un día se propuso y me ha dado las gracias por prestarle mi ayuda. Yo, que no podía estar más avergonzado por caminar a su lado sin el peso de mi mochila, le he dicho que no había de qué.

Al llegar al albergue, nos han dado la mala noticia de que no quedaban plazas y que lo único disponible era un colchón en el suelo de un granero. Lejos de lamentarse, el holandés ha contestado con una sonrisa de oreja a oreja que no necesitaba más. Al momento ha llegado Santa Claus y se ha abrazado con él. Santa Claus también ha dicho que lo de echarse en el suelo no era un problema y ha pedido en la barra del bar dos cervezas, las más grandes que tuvieran. La camarera, muy salada, le ha dicho que qué prefería, que le sirviera en la cubitera o ponerse directamente debajo del grifo y beber hasta que se cayera. Los dos abuelos han soltado una carcajada al unísono. Después han brindado y se han felicitado por haber terminado una nueva etapa y estar más cerca de Santiago. Seguramente, estos dos ancianos se odiaban de pequeños sin conocerse, simplemente por su nacionalidad. No era para menos, sus países estaban en guerra. Al menos ahora, en el final de sus días, celebraban el estar aquí y caminar juntos hacia Santiago. He pensado que pese a la avaricia e incompetencia de unos cuantos, en Europa algo hemos avanzado y nos estamos tan mal como creemos, o nos quieren hacer creer algunos.


Hontanas está en una leve hondonada y para superarla el Camino trepa por una ladera. Una vez remontada, el resto del trayecto es más o menos en línea recta hasta que se llega a Castrojeriz, nueve kilómetros después. Cuatro kilómetros antes de la meta, se atraviesan las ruinas de San Antón, que comprendían hospital y convento, y que datan del siglo XIV. Es aproximadamente a esa altura cuando he comenzado a sufrir calambres en el gemelo derecho que me han hecho pensar que tendría que hacer auto-stop para llegar hasta Castrojeriz. Como ya me ha sucedido en otras etapas, en un detalle en apariencia insignificante he encontrado la motivación suficiente para sacar fuerzas de flaqueza y proseguir hasta el final. En esta ocasión ha sido en las ruinas, donde, en una especie de altar improvisado, decenas de peregrinos que me han precedido dejaron fotos de seres queridos desaparecidos y notas de contenido diverso. En una de ellas, Daniel de California le deseaba a todo el mundo un buen viaje y confiaba en encontrar la felicidad a su regreso a los Estados Unidos.


También me he acordado de los dos abuelos, el alemán y el holandés, para no bajar los brazos y llegar a Castrojeriz aunque fuera con la pierna a rastras, como así he hecho tras esos cuatro interminables kilómetros. La verdad que nadie me hubiera podido reprochar nada si hubiera parado un coche o hubiera llamado a un taxi, a lo largo del Camino encuentras tentaciones en forma de tarjeta o pegatina en los postes de la luz que te invitan a dejarte de historias y hacer los últimos kilómetros sobre cuatro ruedas, pero a mi por lo menos se me hace muy complicado teniendo a mi lado a gente que pese a la adversidad, agacha la cabeza, aprieta los dientes y sigue caminando. No es la primera vez que me pregunto qué demonios lleva a personas como los abuelos de hoy a estar aquí, pero es que no deja de sorprenderme ver a gente realmente jodida haciendo el Camino. Para los que deciden recorrerlo con algún problema, conocer a estas personas supone sin duda un estímulo. Por puteado que estés, siempre habrá a tu lado alguien que estará peor, y que además no se queja. Por serios que puedan ser o parecerte tus problemas, nunca es tarde para intentar revertir la situación. Puedes tener ochenta años, andar como si te ayudaras de un taca-taca, ver menos que un gato de escayola y recorrer ochocientos kilómetros a pie con una mochila de diez kilos sobre tu chepa. Claro que puedes. ¿Qué te lo impide? Seguramente las barreras que nosotros mismos nos ponemos en infinidad de ocasiones.

Como he dicho al inicio de este capítulo, soy partidario de que cada uno se organice el Camino como crea conveniente, y, si en un momento dado tiene que aligerar peso y se lo puede permitir, que lo haga. Lo sigo manteniendo tras mi experiencia en la etapa de hoy. Sin embargo, y en lo que a mi se refiere, no me volveré a despegar de mi mochila. No mientras haya héroes anónimos a mi lado. Pase lo que pase a partir de ahora, mi mochila y yo llegaremos juntos a Santiago...



miércoles, 15 de mayo de 2013

17ª etapa: Burgos


Tras dos semanas de caminata ininterrumpida, he decidido, como decía el gran José María García antes de dar paso a la publicidad, hacer "un alto mínimo en el camino" y tomarme un día de descanso en Burgos. La fisioterapeuta que me atendió ayer me anticipó que sentiría algo de molestias tras el meneo que me iba a propinar y que, si me lo podía permitir, era aconsejable que reposara una jornada. No mentía, la verdad. Por contradictorio que pueda parecer, me encuentro mejor tras el masaje, menos contracturado, pero como si me hubieran dado una paliza. Esto de andar tantos kilómetros sin descanso es como un juego de "pinball", o más bien de "painball". Tu cuerpo es la máquina y el dolor es la bola, que te golpea cada día en una parte distinta de tu anatomía, inclusive en zonas que desconocías que existían. Hoy te duelen los pies, mañana la espalda, pasado se te carga el gemelo y cuando ya pensabas que te habías acostumbrado a todo, la bola entra en el hueco del bonus y te tiembla todo el cuerpo, como si te hubieran dado una patada en los cojones.


Por la mañana he desayunado tranquilamente en el hostal donde me alojo en la parte vieja de Burgos y después me he retirado a mi habitación para escribir un rato, no sin antes despedirme de Kevin y de su madre, que han decidido continuar la ruta. Están haciendo el Camino en tramos y deben regresar a Dublín el Sábado a media tarde, por lo que prefieren sumar kilómetros para quedarse más cerca de Santiago e intentar rematar la faena el año próximo. Al mediodía, cuando ha parado la lluvia que caía desde primera hora de la mañana, he salido a dar un paseo por la ciudad, visitando la Catedral y los edificios históricos más representativos de la antigua capital castellana.


En Burgos hace un frío de muerte. Hace unos años, regresando a Zaragoza con mis padres y hermanos desde Salamanca, ciudad en la que se casó mi primo Iñaki, paramos aquí unas horas para visitar la Catedral y sus aledaños. No recuerdo haber pasado más frío en toda mi vida. Debe ser el aire de la cordillera abriéndose paso entre la meseta, pero lo cierto es que el biruji se te mete en las entrañas y amenaza con dejarte descompuesto antes de que te enteres.




Enfrente del hostal hay un pub irlandés que se llama San Patricio. A mi me cuesta mucho pasar por delante de un pub irlandés y no entrar. Y si el pub se llama San Patricio, ya no es que me cueste, es que ni me planteo pasar de largo. He entrado a última hora de la tarde, justo en el momento en el que comenzaba la final de la UEFA entre el Chelsea y el Benfica, y he pedido en la barra un güisqui a palo seco. Así me enseñó Gavin, mi querido jefe escocés en BBVA Londres, que hay que tomarlos. Y así los tomo siempre. Mano de santo. El frío ha remitido al instante y he continuado con una cerveza. He visto el partido a intervalos, dedicando el resto del tiempo a escribir en mi bloc de notas, contestar emails y pedirle a Teresa, la simpática camarera, los títulos de algunas de las canciones que sonaban en el hilo musical. Al final ha ganado la Copa el equipo inglés, con un tanto en el descuento. Mala suerte para el Benfica.


Le tengo bastante manía al Chelsea desde el año que ganamos la Recopa y nos medimos a ellos en semifinales. Cinco mil seguidores británicos llegaron a Zaragoza, muchos de ellos sin entrada, y arrasaron con todo lo que encontraron a su paso, las existencias de birra en primer lugar. Ya sé que no se puede meter a toda una afición en el mismo saco por el comportamiento de unos cuantos, pero yo estaba allí y aquello fue bastante generalizado. El salvaje oeste.


Recuerdo que tras marcar el Real Zaragoza el tercer gol, que prácticamente sentenciaba la eliminatoria, los hooligans del Chelsea comenzaron a arrancar asientos y a arrojarlos contra la policía. Era tal la violencia, que los uniformados tuvieron que retroceder y protegerse en los vomitorios del fondo sur. Y quien haya corrido delante de la policía española sabe que no es fácil verles dar un paso atrás. Yo estaba en el Fondo Norte, donde algunos ultras del Ligallo comenzaron a escalar las vallas que nos rodeaban en un intento de acercarse a los hinchas ingleses. Siempre pensé que aquello fue un acto de cara a la galería, primero por la distancia que nos separaba de ellos, aún había que cruzar toda la tribuna para dar con alguien que hablara un idioma que no fuera el nuestro, y en segundo lugar porque los hinchas del Chelsea con ganas de camorra eran muchos. Muchos más que aragoneses en cualquier caso. En el momento en que me empecé a plantear si no serían aquellos bárbaros los que comenzarían a saltar la valla para llegar hasta nosotros, la policía nacional volvió a la carga como si del mismísimo séptimo de caballería se tratase, repartiendo estopa a diestro y siniestro, alentados por un estadio que se convirtió en un clamor al célebre grito de: "písalo, písalo" contra los ingleses.

Al día siguiente, viendo el telediario durante la sobremesa, nos merendamos que los medios británicos condenaban el reprobable comportamiento de los hinchas del Chelsea al tiempo que aplaudían la actitud de la afición del Real Zaragoza, ejemplo de deportividad, al entender que, en vez de reclamar que la policía pisoteara las cabezas de los seguidores ingleses, la Romareda, horrorizada ante tanta violencia y en un arrebato hippie colectivo, había prorrumpido con el clásico grito de concordia:  "¡peace and love, peace and love!". Después de comer me dirigí hacia la biblioteca de la Universidad para hacer como que estudiaba un rato. Por aquel entonces yo era un imberbe en su primer año de Facultad. De camino, y mientras aguardaba en un semáforo, un autobús se quedó cruzado en medio del paso de cebra por culpa del tráfico. Sentí que una presencia extraña me observaba desde una de las ventanillas y alcé la vista para toparme con un gordo inglés de unos cuarenta y pico años, lleno de tatuajes y con una papada como la de "Jabba the Hutt" en la Guerra de las Galaxias, que me miraba fijamente. Le aguanté la mirada el tiempo exacto que aquella masa informe de cerveza y "fish & chips" tardó en pasarse lentamente un dedo índice que parecía una morcilla, desde un extremo de su cuello hasta el otro. Debí palidecer un poco, porque el gordo comenzó a reírse al tiempo que, para mi tranquilidad, el autobús arrancó y se perdió por la Avenida de Goya. No me gusta el Chelsea y quiero que pierdan hasta los amistosos. Y cuando pierden, me acuerdo de aquella maldita bola de sebo y el que me río como "Jabba the Hutt" soy yo...




Tras el partido he pedido una última cerveza. He descubierto que vendían Ámbar la Zaragozana, y no me podía marchar sin beberme una. "One for the road", como dicen los ingleses al pedirse la antepenúltima. Parece que fue ayer cuando salí de la estación de Canfranc, en el Pirineo Aragonés, y ya estoy en Burgos, prácticamente en el ecuador de mi peregrinar. Entre alguno de mis amigos más próximos se improvisó una porra en la que el más optimista de ellos decía que abandonaría en Logroño, y yo, por qué no decirlo, tampoco las tenía todas conmigo de que fuera a llegar mucho más lejos. En los últimos años no se puede decir que el deporte, otro que no fuera el levantamiento de vidrio, haya ocupado un lugar prominente en mi existencia. En apariencia se trata sólo de caminar, pero caminar todos los días, una media de 25 kilómetros, te apetezca o no, con los pies triturados del día anterior, llueva, nieve, granice o bajo un sol de justicia, y todo ello con un fardo de cierto peso a tus espaldas. Es una prueba física, sí, pero desde mi punto de vista lo es más mental, y mi experiencia hasta la fecha me dice que aquellos que no tienen una motivación fuerte para estar aquí abandonan. Y abandonan, porque tarde o temprano la pregunta es inevitable: ¿qué coño hago aquí y por qué estoy haciendo esto? ¿por qué tengo que estar pasándolo mal o aguantando incomodidades cuando no tengo ninguna necesidad?. Y si tienes claro qué te trajo hasta aquí y por qué estás haciendo esto, continúas caminando, te agarras con fuerza a este Camino y no bajas los brazos, pese a los calambres en las cervicales, aunque tus pies sean una ampolla que amenaza con devorarte como si fuera un alien. Y lo haces seguramente desde el convencimiento de que si te caes, toca levantarse y seguir en la pelea. Desde la certeza de que el Camino es la vida, y eso es lo único que tienes...