martes, 14 de mayo de 2013

16ª etapa: Agés - Burgos (23 kilómetros)


Esta pasada noche, tan pronto como he visto a Fiona adentrarse en su habitación, me he dispuesto a refugiarme en la mía, no sin antes sentirme como Kevin Costner en los Intocables de Eliot Ness, cuando Sean Connery, en los instantes previos a la primera redada contra Al Capone, le advierte que si cruza esa puerta entrará "en un mundo lleno de problemas del que no se puede retroceder". En mi caso tenía claro que franqueando aquella puerta entraría en un mundo de ronquidos y pedorretas que a buen seguro no me dejarían dormir en toda la noche, pero si la alternativa era convertirme en el nuevo objeto de deseo de Fiona, sin alzacuellos en esta ocasión, no me quedaba otra.


En el interior del cuarto el ambiente era ya irrespirable: un batiburrillo de olor a pinrel y eructo de chorizo absolutamente insoportable, aderezado por ronquidos que recorrían todas las escalas musicales habidas y por haber. La distribución de la habitación la componían dos parejas de franceses, tres jubilados catalanes, Eva, su padre y un servidor. Desde el primer momento he tenido claro que no iba a pegar ojo, y pese a que he hecho varios intentos metiéndome en el saco y cerrándolo hasta arriba como si fuera un difunto faraón, mis esfuerzos han sido en vano. A eso de las dos de la mañana he aceptado mi jodido destino: que ni contando la población ovina española me iba a poder dormir, así que he optado, como si de un soldado de guardia se tratara, por preparar un informe para el suboficial al cargo de la guarnición que recopilase todos los hechos relevantes que han ido acaeciendo en la habitación durante toda la noche, y el cuál paso a continuación a detallar:

02:00am: La filarmónica del Baix Penedés interpreta "Els Segadors" en versión ronquido a tres voces.

02:15am: Pedorreta en do sostenido procedente del sector francés.

02:30am: Fiona abre la puerta y entra desorientada en nuestra habitación. Tras unos segundos en los que recorre los huecos entre literas como si fuera un comecocos, encuentra la puerta de salida y abandona la estancia.

02:45am: Una de las francesas se levanta al baño. Me incorporo en la litera superior que ocupo y al dirigir la vista hacia el pasillo, distingo en la oscuridad una lucecilla verde intermitente. Concluyo que Fiona no se puede dormir y se encuentra fuera de su habitación succionando ansiosa su cigarrillo eléctrico para dejar de fumar.

03:00am: Nueva salva de honor de nuestros queridos vecinos de allende los Pirineos.

03:02am: Réplica de dos de los arcabuceros catalanes que, por lo reducido de la habitación, tiene sobre las tropas francesas el mismo efecto que sobre las de Napoleón tuviera el redoble del joven tamborilero en la batalla del Bruc. Se declara un alto el fuego y cesan las hostilidades. 

03:15am: Dave, el padre de Eva, se levanta al baño. Tanta pastillica de colores no puede ser buena.

03:30am: Como si de un concursante de "Humor Amarillo" en la prueba del "Laberinto del Chinotauro" se tratase, Fiona empuja sigilosamente la puerta de nuestra habitación para retroceder despavorida ante el hedor, regresando a la suya precipitadamente.

04:00am: Estrépito de monedas golpeando el suelo en el pasillo. Deduzco que Fiona ha confundido las taquillas del equipaje con una máquina dispensadora de bebidas y se le han caído los ahorros al ir a sacar una lata de cerveza.

04:30am: En un momento en el que parecía que me había quedado traspuesto, abro un ojo para descubrir como Dave, el padre de Eva, lleva a Fiona de la mano, como si fuera una niña pequeña hasta la puerta de nuestra habitación para, desde ahí, mostrarle la suya. La irlandesa se ha vuelto a desorientar y se ha metido en la cama del californiano.

05:00am: Suena el “quinto levanta” en las literas francesas. Un desagradable sonido de despertador que nadie consigue apagar.

05:15am: Para no despertar a nadie con el encendido de luces, los franceses se han puesto un foco de minero en la cabeza con el que se podía haber alumbrado un campo de fútbol. Faltaba que se hubieran puesto a hablar por un megáfono para que hubiéramos salido todos del albergue con las manos en alto.

05:30am: Tras media hora arrugando bolsas de plástico y hablando como si estuvieran solos, los franceses abandonan la habitación.

06:00am: Cuando pensaba que podría dormir al menos un par de horas, los tres tenores del Baix Penedés vuelven a deleitarnos con su repertorio de ronquidos.

Serían las siete y media de la mañana cuando he abandonado finalmente mi saco y me he dirigido al baño para darme una ducha de agua fría que consiguiera despejarme un poco. Por si no hubiera tenido bastante durante la noche, de camino a los baños me he cruzado con Fiona quien me ha dado la peor noticia que he escuchado en estas dos semanas de peregrinación: se vuelve para Irlanda. No aguanta más. Mi musa literaria, la mujer cuya historia podía encumbrarme como vendedor de "bestsellers", abandona, retorna a su isla, harta de dormir con desconocidos que no tienen ninguna consideración con una señorita que huele a jazmín y cuyo cuerpo inerte, anestesiado por el vino, no emite, en apariencia, gases de ningún tipo.



Tras desayunar, me he encontrado con Eva quien estaba lista para recorrer los cinco primeros kilómetros de la etapa y después tomar un autobús que la condujera hasta Burgos, pues sus pies no se han restablecido y le cuesta caminar. Le he sugerido que comprobara los horarios, porque no me parecía que por pueblos de pocos habitantes, como los que estamos atravesando, fueran a pasar autobuses cada media hora. A la salida del albergue nos esperaba el irlandés Kevin y su madre, quien se ha puesto de muy mal café cuando Eva le ha dicho que su padre hacía tiempo que había salido en dirección a Burgos.



La etapa de hoy, si no fuera por la grata compañía, ha sido un poco coñazo. Hemos entrado en la meseta castellana, y la mayoría del camino ha discurrido por terreno llano. Tan sólo hemos tenido que salvar la sierra de Atapuerca, cuyo puerto se haría un poco duro si no fuera por la cantidad de kilómetros que llevamos a nuestras espaldas. En lo alto del puerto hay una cruz donde Philomena ha dejado una piedra en la que ha pintado un trébol en recuerdo de uno de sus once hermanos, que falleció recientemente por culpa de un cáncer. Eva no ha encontrado autobús en Atapuerca, el primer pueblo en el que nos hemos detenido, y ha decidido hacer un último esfuerzo hasta Burgos, donde su padre le ha prometido que descansarán un día. 

La entrada a Burgos se ha hecho interminable. Los diez últimos kilómetros, a través de polígonos industriales y barriadas del extrarradio, parecían no terminar nunca. No hace falta decir que los pies se cansan mucho más sobre el duro asfalto que caminando por el campo. En esta última parte Eva me ha estado contando que fue un poco veleta durante su adolescencia y que le dio a sus padres unos añitos finos. De esa época intuyo que son la mayoría de tatuajes que adornan su anatomía. Parece que se convirtió en empresaria a temprana edad, pero de productos cuya comercialización no estaba permitida. Se salió a tiempo de aquello. Otras amigas no lo hicieron y ahora se dedican a negocios más lucrativos, pero comerciando con su propio cuerpo. Ella me dice que eso nunca lo haría. Que vendería cualquier cosa menos a sí misma. Reconciliarse con su padre tras aquellos años, creo que es otro de los motivos que han traído a la californiana hasta aquí.


En Burgos me he encontrado con Juanma, el tío de mi gran amigo Bosco. Bueno, en realidad no es su tío, pero está tan unido a su familia que es como si lo fuera. Juanma es más majo que las pesetas, alguien que se desvive por los demás. Tuvo un grave accidente de moto hace unos años y es una de esas personas que disfrutan de la vida al máximo, conscientes como nadie en el mundo de que nuestro paso por aquí es efímero, más de lo que ocasiones solemos imaginar. Yo a Juanma le llamo Robert de Niro, porque me cae igual de bien que el conocido actor pese a no conocerlo de nada, y también porque se parece físicamente a él. O por lo menos eso pienso yo, lo cuál ya es suficiente. De Niro me ha reservado hora con una fisioterapeuta de Burgos para que me diera un merecido masaje, me ha llevado de tapeo, de vinos...Ya pensaba que nos íbamos a despedir, un servidor a punto de explotar y medio tufa que estaba, cuando me ha dicho aquello de: "y ahora vamos a ver si cenamos algo". He intentado protestar, pero él enseguida me ha callado la boca: "te estás quedando como un etíope; haz el favor de comer que mañana no vas a llegar ni a las afueras de Burgos". No sé si haya muchos etíopes que pesen 95 kilos, no desde luego a los que se refería de Niro, pero he decidido callarme en la esperanza, iluso de mi, de que me dejaría pedir una ligera ensalada con la que cumplir el expediente. Nada más lejos de la realidad.


La camarera ha venido a tomar nota y Robert le ha dicho: "a ver, nos vas a poner una ración de cecina asada y otra de leicon". Así a bote pronto he pensado que el leicon era una especialidad burgalesa, y me he apresurado a mirar la carta para ver si se trataba de algún vegetal, algo que se pudiera comer prácticamente sin darle a la manivela del estómago. Lo único que he visto en la carta que empezara por "L" ha sido el lacón, y me he preguntado si Robert no lo estaría pronunciando en inglés, como el beicon, y si ése era el caso, por qué. La camarera se ha debido hacer la misma pregunta, porque absolutamente estupefacta le ha preguntado: ¿leicon? ¿qué es eso?. Robert, sin cortarse un pelo, le ha replicado: "pues si no lo sabes tú que eres la que lo vendes, estamos apañaus..." y señalándole con el dedo el lacón en el menú le ha deletreado: l-e-i-c-o-n! La camarera, sin salir de su asombro, ha apuntado en su libreta al tiempo que decía sin mirarnos: "sí, lacón a la gallega". De Niro, para nada dispuesto a que la camarera se quedase con la última palabra, ha concluido: "sí, dilo como tú quieras, pero tráenos una ración. Ah!, y un poco de vino para pasarla"...




lunes, 13 de mayo de 2013

15ª etapa: Belorado - Agés (29 kilómetros)

El inicio de etapa ha sido bastante frío. Se nota que hemos entrado en la provincia de Burgos y que, pese a estar en pleno mes de Mayo, la temperatura con la que hemos amanecido era cercana a los cero grados. Tras cruzar el puente sobre el río Tirón, he dejado atrás Belorado, adentrándome en una pista forestal que discurre paralela al río y en la que sólo se escucha el rumor del agua y a los pájaros que por ahí revolotean. Un horror, vaya. Donde esté el rugir de un buen teléfono de oficina y la voz de pito de esa compañera de trabajo que te tiene frito, o frita, que se quite lo demás...

Un poco antes de Tosantos me he encontrado con un peregrino de unos cuarenta y pocos años que caminaba meditabundo y muy despacio. Le he preguntado si todo estaba en orden, y me ha contestado que sí. Que tiene una ampolla en el pie derecho que le está haciendo bastante la puñeta pero que por lo demás todo marcha sobre ruedas. También me ha comentado que ha comenzado la etapa muy temprano y que ya empieza a notar el cansancio. Me ha repetido, de igual manera, una letanía que ya he escuchado en otras ocasiones y que, según él, le han confesado algunas personas de cierta edad: "camina como un viejo y llegarás como un joven". Yo la verdad que no estoy necesariamente de acuerdo con esta apreciación. En mi opinión, si eres joven no tienes ninguna necesidad de caminar como un viejo, a no ser que quieras hacerle compañía a alguien. Y si eres viejo, caminarás como tal porque no te queda otra, y llegarás, casi con total seguridad y como la mayoría de los mortales, hecho una puta mierda. Pero llegarás, que es de lo que se trata.

Cada uno tiene un ritmo que el propio Camino le va marcando en función de su edad y condición física, y a mi esto de las frasecitas pre-fabricadas me parece una sandez. Tengo ya identificado a un peligrosísimo prototipo de caminante, "el peregrino Paulo Coelho", que se queda tan pancho regalando frases filosóficas de todo-a-cien a cualquier incauto que se le acerca y del que recomiendo huir como de la peste, a no ser que uno se quiera sorprender a sí mismo repitiendo las mismas chorradas al tiempo que pone cara de persona interesante.


Tras un breve refrigerio en Villambistia, y antes de llegar a Villafranca de Montes de Oca, me he encontrado, como ya vaticinaba, con la californiana Eva. Había partido bastante antes que yo, pero ya había comenzado con los acostumbrados dolores en los pies y el hartazgo propio de quien está un poco hasta las narices de todo esto. De su padre, no hace falta decirlo, ni rastro. Mi guía presentaba la subida a los Montes de Oca como un tramo de media montaña, por lo que he decidido detenerme en Villafranca para descansar un rato y comer algo antes de afrontar la subida. Eva, sin embargo, ha preferido continuar. No he tardado mucho en volver a encontrarla. Estaba sentada y con ella una mujer irlandesa, de nombre Philomena, que le estaba desinfectando las heridas en los pies, para después aplicarle unas gasas que llevaba en un completo botiquín. Philomena es una enfermera de Derry que viaja con su hijo Kevin, y con los que he conectado rápidamente.

Tan pronto como Eva ha estado lista para continuar, hemos reemprendido la marcha, empleando unas cuatro horas en recorrer los doce kilómetros que restaban hasta San Juan de Ortega, teórico final de etapa y donde supuestamente Dave aguardaba a su hija. En el ascenso nos hemos cruzado varias veces con un par de italianos que parecían recién sacados de la galera de Ben-Hur tras un ejercicio de boga de combate. Sé que no hay que juzgar a las personas por su apariencia, pero es que estos traían unas pintas muy malas. En una de las ocasiones en que hemos coincidido, he aprovechado para preguntarles de dónde son. Uno de ellos, el otro me miraba con cara de poco amigos sin decir ni mu, me ha dicho que son de la región del Veneto. Me ha resultado un tanto extraño, porque su acento me parecía más bien del sur. Estuve no hace muchos años un par de meses viviendo en Roma y viajando por Italia, y la verdad que para distinguir eso creo que me da. Hemos aguardado a Eva y Phil, quienes han resuelto mis dudas sobre los italianos de un plumazo al preguntarnos si habíamos coincidido con un par de sicilianos muy simpáticos. Les he contestado que sí, que no sabía a ciencia cierta si eran venecianos o sicilianos, pero que los imaginaba muy simpáticos, sobre todo con ellas.


En San Juan de Ortega, nos hemos encontrado con Dave, el padre de Eva. Llevaba bastante rato esperando y no parecía de muy buen humor. Phil, que no se corta un pelo, le ha preguntado directamente qué cómo se le ocurre dejar a su hija por ahí sola, comentario que no ha contribuido a mejorar los humores del californiano. Para rematarla Eva se ha pedido una cerveza en el primer bar que hemos encontrado, lo que ha terminado de soliviantar a su padre, que de muy malas maneras le ha dicho que moviera el culo porque el albergue que había reservado para esta noche estaba en Agés, a unos cuatro kilómetros. Ella, arropada por Phil, que ha asentido con tal contundencia que he pensado que se iba a partir el espinazo, le ha gritado que ya tiene veintitrés años y que deje de tratarla como una niña.



En Agés, he comprobado con sorpresa cómo había reservado plaza en el mismo albergue que Dave y Eva, en una habitación de unos quince metros cuadrados con literas para diez personas. El sitio ideal para descansar tras casi treinta kilómetros de pateada en el cuerpo. Dave parecía cansado y se quejaba de un tirón en su gemelo derecho. Me ha dicho que Eva se alegraría de saber que estábamos en la misma habitación y yo le he solicitado prudencia y que mejor esperara a escuchar mis ronquidos antes de alegrarse por nada. Dave ha extraído de su mochila cuatro bolsas de plástico con pastillas de distintos colores en su interior: blancas, azules, verdes y marrones. Le he hecho el chiste fácil y le he preguntado si las azules eran lo que yo pensaba que eran. Me ha contestado a la gallega: "¿quieres una? - y yo me he apresurado a informarle de que gracias a Dios aún no las necesito. "Qué suerte tienes" - ha apuntillado él con bastante sarcasmo.

A la hora de la cena he compartido mesa y mental con Kevin el irlandés y su madre. Un socorrido plato combinado que ha cumplido su función tras una jornada extenuante. Después de los postres, los irlandeses han insistido en tomar una segunda botella de vino a la que seguiría una tercera. Si algo aprendí de mis tiempos en Irlanda, es que con esta gente se puede ir uno de fiesta tranquilo a cualquier parte del mundo, que aburrirte no te vas a aburrir.




A la segunda botella se ha unido el argentino Leo, que pululaba sólo por allí y que ya tenía visto de otras etapas. Leo me ha estado contando que está hasta el gorro de su vida en Buenos Aires, de su trabajo y del estrés. Y también de una corrupción que según él lo enmerda todo en su país. Quiere irse a Mendoza, o a cualquier otra ciudad más tranquila, y llevar una existencia más sosegada en la que haga realmente lo que quiere hacer, dedicarse a temas relacionados con la música. Pensó que este viaje le ayudaría a ordenar ideas para tomar una decisión definitiva a la vuelta. Hincha confeso de San Lorenzo, "como el recién estrenado pontífice" - me recuerda, hemos estado también conversando sobre cómo se vive el fútbol en la Argentina, y de cómo tuve la oportunidad de palpar ese ambiente de cerca cuando, de la mano del pelado Luchito y su banda, pasé los noventa minutos más locos de mi vida dentro de un estadio de fútbol saltando y cantando con la 12, la Barra de Boca Juniors.


Leo ha compartido conmigo algunas anécdotas de su viaje, y curiosamente me ha nombrado a un francés que huele muy mal y con el que tuvo la mala suerte de coincidir hace algunos días durmiendo codo con codo en un albergue: "No, la re-puta madre que parió a ese pelotudo, sho pensé que eso de que los franceses no se lavaban era una leshenda urbana, dejate de joder; hacía un frío de cagarse y tuve que tener la ventana abierta toda la noche, sho me quería morir, la concha de su hermana" - me ha narrado Leo con su marcado acento porteño, mientras yo me preguntaba si el francés de marras no sería el mismo que ya había torturado con su aroma a mi querida Fiona en días precedentes.

Antes me pongo a pensar en la irlandesa Fiona y antes aparece por el bar con una botella de vino blanco acoplada como una ventosa a la sobaquera. Como a nuestra mesa ya se habían sumado otro par de irlandeses con los que Kevin y su madre habían coincidido en jornadas anteriores, Fiona no ha tardado en sentarse con nosotros, intuyendo que con cuatro paisanos juntos, la jarana estaba garantizada. Sin apenas tiempo de respirar, la irlandesa nos ha comenzado a contar lo dura que ha sido esta etapa y lo larga que se le ha hecho, la prueba que un servidor precisaba para concluir que Fiona, tras dormir la mona, ha tomado un taxi en Belorado que le ha dejado en el primer bar abierto que ha encontrado en Agés, el pueblo en el que nos encontramos.

Mientras yo conversaba con Leo, me ha parecido escuchar a Fiona presentándose a Kevin y diciéndole que a ella nunca se le olvida un nombre. Como yo estaba al lado de Kevin, me ha tocado el turno, y Fiona me ha preguntado que cómo me llamo. Si a ella no se le olvida un nombre, a mi no se me olvida una cara, y le he recordado a Fiona que nos conocimos la noche anterior. La juerga de ayer le ha debido provocar una laguna en el cerebro del tamaño de un océano, porque el gesto que ha compuesto para decir que por supuesto que se acordaba de mi me ha resultado bastante fingido. Que se arrancara a continuación con los cantos regionales, en un intento de correr un tupido velo, no ha hecho sino confirmar mis más que fundadas sospechas.



Fiona ha necesitado pedir otra botella de vino blanco y darle varias caladas a su inseparable cigarrillo eléctrico que emite vapor de agua para, pese a que nosotros no le hemos preguntado, contarnos una historia que por lo visto no suele compartir con nadie. Menos mal que nos acaba de conocer a todos en el transcurso de las últimas veinticuatro horas, que si no, no nos la cuenta. Para ponernos en situación, Fiona ha debido remontarse a la Irlanda de principios de los años noventa del siglo pasado. A una pequeña ciudad católica del interior de la Isla donde todo el mundo se conoce y no está por la labor de tolerar que un cura cuelgue la sotana por culpa de una joven universitaria caprichosa e hija de unos granjeros. Así ha comenzado un relato en el que Fiona nos ha confesado con crudeza, como si de la mismísima protagonista de la serie "el Pájaro Espino" se tratara, que nunca más ha vuelto a estar enamorada de un hombre como lo estuvo de su Michael, que así parece que se llamaba el sacerdote. Conteniendo nuevamente el llanto, como parece ser la costumbre en la irlandesa tras la segunda botella de vino, nos ha contado que Michael la llevó en su coche a clase todos los días durante los cuatro años de Universidad, pero que a donde realmente quería que la llevara, que era al altar, fue del brazo de otro hombre al que nunca quiso.


La víspera de su boda Fiona la pasó llorando y al lado de una madre que intentaba consolarla, insistiendo en que se casaba con un buen hombre que la quería. No lo ponía en duda, pero a quien ella amaba era a un hombre casado ya con Dios. Las probabilidades de que Fiona se estuviera inventando toda la historia eran, desde mi humilde punto de vista, altísimas, pero en esa mesa no había nadie que respirara mientras Fiona nos narraba su desdichada vida amorosa. Entrando a la iglesia, la irlandesa, en un gesto instintivo para el que nunca encontró explicación, giró la cabeza y a una distancia prudente, distinguió a Michael, testigo silencioso de su camino hacia el altar. El resto yo ya lo conocía. Un matrimonio fracasado, dos hijos que criar y unos problemas con el alcohol que desconozco si ya existían o surgieron entonces.

Ni Kevin ni yo hemos podido resistirnos y preguntarle si alguna vez pasó algo entre Michael y ella, curiosidad que ha escandalizado bastante a la madre del irlandés, que ha amenazado con darnos un botellazo. Fiona nos ha dicho que eso le pertenece y que no piensa compartirlo con nadie; curiosamente lo que sí ha compartido con nosotros es que una vez se presentó a una entrevista de trabajo en una organización religiosa que realiza en su ciudad labores con muchachos problemáticos, y que el párroco le insinuó que había una manera muy sencilla de conseguir el empleo y ahorrarse el proceso de selección. Aquello ha terminado de soliviantar a Philomena, que parece bastante católica, y que ha alegado un más que justificado cansancio para disculparse y decir que se iba a dormir. El resto de los presentes no han tardado en hacer lo propio, motivo más que suficiente como para anunciarle a Fiona que yo también me retiraba a mis aposentos. Ella me ha preguntado si estaba seguro de no querer quedarme con ella un rato más y yo he pensado que había pocas cosas en mi vida que hubiera tenido tan claras. Le he dicho sin embargo, con mucha educación, que agradecía sobremanera la invitación pero que me marchaba a dormir.

Al llegar al albergue todas las luces estaban apagadas y el personal empiltrado, por lo que para no joder a nadie, me he despelotado en las taquillas que hay en el pasillo. El proceso se ha visto interrumpido por el ruido de la puerta de entrada y el crujir de las escaleras de madera al contacto con unos tacones. Me he quedado inmóvil esperando lo peor, como esas liebres deslumbradas por los faros de un coche, en una estampa ridícula en la que sólo unos calzoncillos de tela vapuleados tras dos semanas de Camino me separaban de la desnudez. La silueta de Fiona ha emergido zigzagueante desde las escaleras para dirigirse a mi con un: "ah, pero si estás aquí, cariño", que ha acompañado con una risilla ahogada. Sin darme opción a decir ni esta boca es mía, se ha acercado hasta donde estaba, al tiempo que daba una calada a su cigarro eléctrico para dejar de fumar. El vapor de agua que ha proyectado hacia mi cara me ha resultado hasta refrescante, dadas las circunstancias. Me ha dado una ligera palmada en mi pecho descubierto y se ha despedido con un: "si cambias de opinión estoy en la habitación de enfrente, litera número 11". Yo le he pedido que me diera cinco minutos. Que necesitaba tomarme un güisqui...






domingo, 12 de mayo de 2013

14ª etapa: Santo Domingo de la Calzada - Belorado (23 kilómetros); o de cómo conocí a la irlandesa Fiona...


Tras dejar atrás el hostal en Nájera donde nos hemos alojado este fin de semana, Miguelo y yo hemos puesto rumbo a Belorado, lugar donde ha terminado nuestra etapa de hoy. Hemos aparcado el coche enfrente de la Iglesia de Santa María la Mayor, para después aventurarnos por las calles del pueblo en busca de alojamiento para esta noche. Todos los albergues privados y pensiones estaban ocupados, así que hemos tenido que ir hasta la salida de Belorado para encontrar acomodo en un hotelito llamado Jacobeo, pequeño pero muy bien habilitado y a un precio más que razonable.

En la recepción estaba con algo de estrés el dueño del establecimiento. Por un lado trataba de lidiar, en un inglés macarrónico, con un alemán que no estaba de acuerdo con el precio que aparecía en su factura, y por el otro tenía en línea a unos peregrinos con los que no se entendía porque aparentemente no hablaban español. Se ha hecho tal lío que les ha dicho a los del teléfono: "y el IVA quién lo paga, ¿mi madre?", y al alemán que tenía enfrente y que no quería pagar el IVA: "espere un momento, que no entiendo nada". Pese a que me he ofrecido para intentar averiguar lo que decían quienes se hallaban al otro lado del hilo telefónico, el dueño le ha pasado el aparato a su mujer, que por lo visto habla inglés. Ella, en un perfecto castellano y sin tener que usar una palabra en otro idioma, les ha reservado habitación doble para esta misma tarde. Al colgar, le he dicho a la mujer que su inglés es mucho mejor que el mío, y ambos nos hemos reído para escarnio de su marido, quien nos ha espetado airado que a él esos cabrones no le habían dicho ni una palabra en castellano.

Tras dejar las cosas en mi habitación, la mujer del recepcionista nos ha acercado hasta Santo Domingo de la Calzada, lugar desde el que hemos caminado los veintitrés kilómetros de esta etapa. Serían las doce del mediodía cuando hemos comenzado nuestro periplo. Al empezar tan tarde, han sido pocos los peregrinos con los que nos hemos cruzado. La mayoría de los que recorren el Camino durante estas fechas son extranjeros, muchos de ellos gentes sin civilizar, como denotan sus extrañas costumbres: se levantan a las seis de la mañana, cuando no antes, para caminar y a las nueve de la noche ya están durmiendo, algunos de ellos la mona. Yo la verdad que no les entiendo. Prefiero levantarme a las ocho, desayunar tranquilamente, y ya después iniciar la marcha, pararme durante el trayecto, conversar con la gente con la que me voy encontrando. Y si llego al destino a las seis o siete de la tarde, pues estupendo, los días alargan hasta más allá de las nueve de la noche y el calor que pueda hacer algún día es más que llevadero. Pero en fin, allá cada cuál...


La etapa de hoy, para que voy a mentir, ha sido la más insulsa hasta la fecha. La mayor parte del Camino discurre en paralelo a una carretera nacional atestada de camiones. Menos mal que estaba Miguelo para darme animada conversación. A unos siete kilómetros de Santo Domingo de la Calzada hemos parado para almorzar en Grañón, el último pueblo de La Rioja. En uno de los bares de la localidad nos han servido uno de los mejores pintxos de tortilla jugosa que he probado en mi vida. Estaba tan buena que, antes de reemprender la marcha, hemos pedido un par de bocadillos para llevar. A la salida de Grañón hay un mirador desde el que se divisa la meseta y el punto donde comienza Castilla, como nos han señalado un grupo de ancianos que estaban ahí echando la mañana.




Tras adentrarnos en la provincia de Burgos, nos hemos vuelto a detener en Viloria de Rioja, a unos ocho kilómetros, para zamparnos los bocatas de tortilla de patatas. Un perro olisqueaba por el merendero donde nos encontrábamos y hemos compartido algo de pan con él. Lo hemos sentido mucho, pero la tortilla estaba demasiado buena como para dejársela probar al pobre animal. El Camino hasta esta villa ha sido algo más agradable porque se separa unos dos kilómetros de la carretera nacional, lo que permite al caminante olvidarse de los camiones por un rato.

A eso de las cuatro y media de la tarde hemos llegado a Belorado. En la recepción hemos encontrado al dueño más sosegado, a la par que asombrado de volver a vernos tan temprano. La verdad que, pese a realizar un par de paradas de media hora, hemos completado la etapa en un periquete. El terreno que hemos atravesado era todo llano y no había mucho donde detenerse, así que nuestro deseo era terminar lo antes posible.

Tras una ducha, nos hemos acercado al pueblo y nos hemos sentado en la Plaza Mayor a tomar una cerveza. Me ha parecido ver a Eva, la californiana, y me ha parecido también que se estaba haciendo la sueca. Cosas de jóvenes - he pensado mientras me acercaba a saludarla. Tras hacerse la sorprendida y decirme que no sabía que estaba ahí, un clásico, me ha confesado que está mucho mejor de su cojera tras dos días de descanso, y que mañana va a volver a caminar. Le he dado recuerdos para su padre, quien imagino habrá gozado los días precedentes sin tener que preocuparse del paradero de su hija, y me he despedido de ella con la seguridad de que al día siguiente, en algún momento de la jornada, me la encontraría, seguramente extenuada en algún ribazo.

Después de la cerveza, Miguelo y yo nos hemos desplazado a un pequeño bar en una de las callejuelas próximas a la plaza y hemos cenado una ensalada mixta y un par de pintxos morunos que estaban de miedo. Tras la cena he despedido a Miguelo, pues aún tenía un buen paseo de vuelta a Pamplona, en coche por las dudas, y le he dado las gracias por todo lo que ha hecho por mi durante estas dos primeras semanas de peregrinación. Más tarde, y tras subir a mi habitación para coger mi bloc de notas, he bajado al bar del hotel para tomarme una copa de Ribera del Duero y escribir un rato. En la barra me ha atendido una camarera holandesa muy simpática con la que he estado conversando unos minutos. Mientras escribía, me ha parecido reconocer a un grupo de alemanes que conocí en la fuente del vino de Iratxe, y a los que puse a bailar can-can mientras grababa con mi cámara. No sé si por efecto del vino, del sol, o por una combinación de ambas, pero los teutones parecen un ejército de luciérnagas. He estado tentado de decirle a la holandesa que apagara las luces para ahorrar, porque con apretarle a uno de los gusi-luz alemanes a la altura del esternón íbamos a tener suficiente con la energía que irradiaba de sus enrojecidos rostros.

Al rato, y de manera muy cortés, me he incorporado rápidamente para evitar que una mujer que venía haciendo eses hacia la puerta de salida del bar se pegara un trompazo, y para abrirle la puerta después. Ella, quien por su aspecto físico me ha recordado extraordinariamente a la mediática Tamara, la hija de Margarita seis-dedos, me ha dado las gracias en inglés y se ha disculpado con la excusa de que iba a fumar un cigarrillo fuera. A mi me ha extrañado un poco que tuviera que salir fuera para fumar, porque lo que sostenía entre los dedos de una de sus manos, la otra la ocupaba una copa de vino blanco, era uno de esos cigarrillos de última generación para abandonar el vicio, que lo único que echan es vapor de agua. No habían pasado ni cinco minutos cuando la irlandesa Fiona, que así me ha confesado que se llama, ha vuelto al interior del local para sentarse, sin pedir permiso, en la mesa que un servidor ocupaba. No hubiera tenido que pedirlo, la verdad, porque mi diván está permanentemente abierto para personajes susceptibles de aparecer en estos relatos, y yo ya intuía en aquel momento, sin conocerla, que al final de mi viaje Fiona ocuparía un lugar de honor entre los protagonistas de mi diario.


Tras las presentaciones, Fiona me ha preguntado si soy paisano suyo. La verdad que esto no es nuevo, y me pasaba mucho cuando vivía en Londres, que mucha gente pensaba que era irlandés o escocés, hasta que abría la boca y mi acento me delataba, claro. La verdad que si no me pareciera bastante a mis hermanos, hace días que me habría sentado con mis padres para decirles que ya soy lo suficientemente mayor como para que me cuenten la verdad.

Fiona me ha estado contando que ha decidido alojarse en este hotel porque está hasta las narices de dormir en los albergues de peregrinos. Que le parece muy bien el rollo éste del Camino de Santiago, pero que no hay causa en el mundo, por elevada que sea, que justifique que ella tenga que dormir rodeada de tíos que roncan y que huelen fatal. Me ha contado, horrorizada, que ayer le tocó un francés durmiendo en la litera de al lado que olía literalmente a mierda y que estuvo regalando ventosidades a diestro y siniestro durante toda la noche. Pese a que yo no le he preguntado por los detalles, Fiona no ha escatimado en recrear una escena que me ha empezado a poner mal cuerpo.

La decisión unilateral de Fiona de no volver a meterse en un albergue, le ha costado una discusión con su compañera de peregrinaje, que entiende que dormir con el resto de peregrinos es parte de la experiencia, y que hacerlo en una habitación individual, con todas sus comodidades, lo desvirtúa. Para terminar de joderla, y en un intento de darle un carácter más ascético si cabe al Camino, la acompañante de Fiona ha decidido dejar de empinar el codo hasta que llegue a Santiago, promesa que ha terminado de distanciar a las dos irlandesas: "esta cretina, que en Irlanda se bebe dos botellas de vino todas las noches, ha tenido que venir aquí para decidir que no prueba ni gota, ¿qué te parece? - me ha preguntado Fiona mientras daba otro sorbo a su copa. Yo, por supuesto, le he contestado que me parecía muy mal, y que eso no se le hace a un colega.




La conversación se ha alargado y Fiona me ha confesado que está aquí porque hace unos meses falleció su padre, y que cuando su amiga le propuso venir pensó que sería una buena manera de desconectar e intentar poner un poco de orden en su vida. No me ha dado la sensación, vista la cantidad de vino que lleva en el cuerpo, que esté sacando adelante este propósito, pero bueno, he pensado que tampoco hay que alarmarse porque nos quedan muchos días hasta llegar a Santiago. Fiona me ha contado que se casó joven y que tuvo dos hijos, pero que pronto su matrimonio hizo aguas y tuvo que criarlos ella. Es trabajadora social, y se ocupa de adolescentes problemáticos en reformatorios de la localidad irlandesa donde vive. Fiona me ha contado que estaba muy unida a su padre. Tras apurar de un trago su copa de vino, y conteniendo el llanto al tiempo que me miraba fijamente a los ojos, me ha dicho: "él me enseñó a montar a caballo, a disparar un arma, a darle una patada a un balón, ¿sabes lo que eso significa?, ¿lo sabes?. Yo la verdad que me he quedado sin palabras. Lo primero que me ha venido a la mente es que su padre pidió un talonador para la selección nacional de rugby irlandesa y que la cigüeña se hizo la pija un lío con el encargo y la dejó a ella, pero claro, eso no se lo iba a decir, así que he optado por no decir ni pío. Tras unos segundos de tenso silencio aguantándonos la mirada, Fiona me ha soltado un: "te invito a un trago", que me ha puesto los pelos como escarpias.



Le he comentado a Fiona que en nuestro país es costumbre que sea el caballero el que se encargue de que no le falte de nada a la dama y ella se ha erguido como un pavo real, momento en el que me ha dado por pensar que mi exceso de cortesía podía ser malinterpretado. Me he acercado a la barra y le he pedido un par de copas de vino, una blanco y la otra de tinto, a la camarera holandesa, quien, al ver con quién estaba sentado, me ha dicho que no creía que fuera una buena idea porque ella ya le había servido ocho copas con anterioridad y que cuando le sirvió la primera, los síntomas de embriaguez ya eran evidentes. Por si me quedaba alguna duda, ha reforzado su argumento contándome que hace una hora ha tenido que limpiar una potada con forma de trébol en la puerta del bar. No me ha quedado más remedio que darle la razón a la camarera holandesa y decirle que no se preocupara, que le diría a la irlandesa que estaban cerrando y que no servían más.

En mi regreso a la mesa, me he quedado paralizado al contemplar cómo Fiona, aprovechando mi ausencia, se estaba perfilando los labios con un lápiz de color rojo intenso. Lo de perfilar es un decir, porque más me ha recordado a mi hermana pequeña cuando le cogía en un descuido las pinturas a mi madre y se embadurnaba la cara. He creído oportuno cortar por lo sano, pues me daba la impresión de que las cosas estaban llegando demasiado lejos y le he dicho a Fiona que el bar estaba cerrando y que no servían más. Ella, con esa cara propia de quien está hasta el gorro de tener que lidiar con inmaduros que no saben cómo tratar a una mujer de verdad, me ha despedido con un frío: "no te preocupes y vete a descansar, que lo necesitas". He subido a mi habitación como alma que lleva el diablo y he cerrado con pestillo. Al rato he oído unas pisadas, y el ruido de una llave jugueteando con una cerradura. El ruido se ha prolongado durante algunos minutos, minutos en los que yo, metido en la cama como estaba, iba subiendo la manta un poco más arriba, como si fuera el protagonista de una película de terror, temeroso de que la puerta que intentaba abrir Fiona fuera la mía. Finalmente la irlandesa ha conseguido acceder a su habitación, e instantes después he escuchado un tremendo estruendo. Cómo en una de esas bromas pesadas, creo que alguien le ha movido la cama a Fiona justo en el momento en el que se iba a acostar...















sábado, 11 de mayo de 2013

13ª etapa: Nájera - Santo Domingo de la Calzada (22 kilómetros)


Este fin de semana mi amigo Miguelo ha decidido hacer un poco de ejercicio y desplazarse desde Pamplona para acompañarme en un par de etapas. Hemos acordado fijar la base de operaciones en Nájera y de ahí caminar hoy hasta Santo Domingo de la Calzada, para mañana ir con el coche hasta Belorado, ya en Castilla y León, y tomar un taxi que nos devuelva a Santo Domingo de la Calzada con idea de recorrer a pie los 23 kilómetros que separan a la localidad riojana de la burgalesa. Pese a habernos levantado temprano, nos hemos tomado la mañana con bastante tranquilidad. Hemos desayunado abundantemente en una cafetería que está enfrente del Monasterio de Santa María la Real, tras lo cuál hemos realizado la visita al citado Monasterio, importante lugar de culto donde reposan los restos de los reyes de Nájera-Pamplona.

A eso de las once de la mañana hemos iniciado la marcha con bastante parsimonia, dejando atrás unos cerros de vivo color rojizo desde los que se divisa Nájera. Aprovechando que tenemos habitación en el pueblo por una noche más, he decidido dejar la mochila, lo que ha agradecido mi espalda de manera infinita.


Tres o cuatro kilómetros después de nuestra partida, nos hemos topado con un rebaño de ovejas y con una peregrina que miraba estupefacta a los animales. La peregrina en cuestión, la cuál ha confesado que era la primera vez en su vida que veía un rebaño de ovejas, ha resultado ser una joven finlandesa que habla bastante bien el castellano, gracias al año de Erasmus que pasó en España y a seis meses en los que trabajó para una ONG en Ecuador. Hemos caminado juntos hasta Azofra, un pueblo que dista unos seis kilómetros de Nájera, para una vez allí separarnos, pues la finlandesa nos ha dicho que ya había recorrido suficiente distancia hoy. Ella ha ido en busca del albergue municipal, o eso nos ha hecho creer, y, Miguelo y yo, hemos buscado refugio en un bar en el que almorzar.

No habrían pasado ni cuatro kilómetros desde que hemos dejado atrás Azofra, cuando a unos 100 metros de distancia, en un tramo del Camino que discurre paralelo a la autovía, me ha parecido adivinar la silueta de la finlandesa que supuestamente terminaba su etapa en el pueblo anterior.  Miguelo me ha dicho que no podía ser, que a buen seguro sería otra persona, y que qué necesidad tenía ella de decirnos que se quedaba en Azofra sino era el caso. Como bien sabe Miguelo, viví un año en Suecia, y mi experiencia me dice que hay escandinavos, no todos por supuesto, con verdaderos problemas de relación social. Esto, combinado con una corrección política patológica que les hace evitar a toda costa afirmaciones o situaciones que ellos consideren que pudieran ser ofensivas para el prójimo, hace el resto, generando situaciones que a Kafka le hubieran encogido el ánimo. Lo que para nosotros hubiera sido algo absolutamente normal, como que la finlandesa nos dijera: “bueno chicos, ahí os quedáis, que yo continúo”, ella seguramente ni se lo planteaba, temorosa de que pudiéramos interpretarlo como una señal de que no estaba disfrutando de nuestra compañía, lo cuál podía ser tranquilamente el caso.

Para demostrarle a Miguelo que baso mis conclusiones en resultados absolutamente contrastados, le he comentado el caso, extremo si se quiere, de un sueco que vivía en el mismo pasillo de la residencia de estudiantes de Estocolmo, en el cuál permanecí un año, y que para no tener que cruzar palabra con nadie en la cocina del corredor, ponía agua a hervir, regresaba a los 10 minutos para añadir la pasta e ingresaba en la estancia una tercera y última vez para poner los espaguetis en un plato, espaguetis de los que, no hace falta decir, daba buena cuenta en la intimidad de su habitación. Era tal su alergia a la interacción con el ser humano que una vez que organicé una cena a la que estaba cordialmente invitado, al abrir la ventana de la cocina para que entrara aire fresco, contemplé con horror cómo él saltaba al vacío desde la suya. Afortunadamente estábamos en el equivalente a un primero de poca altura, y mi compañero de pasillo no sufrió ni un rasguño. Conociendo al personaje, no me hizo falta preguntarle por qué coño abandonaba la residencia por la ventana en vez de por la puerta, como las personas normales. Ya sabía que el motivo era ahorrarse el trago de saludar a mis invitados y tener que explicarles por qué no se quedaba a cenar, algo por lo visto superior a sus fuerzas.




Inconscientemente, hemos acelerado un poco el paso, intrigados por la identidad de la peregrina que nos precedía, y, a medida que nos acercábamos, la silueta de la finlandesa se ha tornado inconfundible. Ella, no sé si por casualidad, quizá preocupada porque le diéramos alcance y le reprocháramos sus mentiras, o peor aún, porque fuéramos un par de peligrosos merodeadores, se ha girado y nos ha reconocido, momento en el que ha detenido la marcha, se ha sentado sobre un pedrusco y ha comenzado a descalzarse. Al pasar junto a ella nos ha dicho que paraba un momento para refrescarse los pies, al tiempo que señalaba un pequeño riachuelo de agua de lluvia, llena de mierda, procedente de la autovía. Le he dicho a la finlandesa, antes de proseguir nuestro camino, que hace bien, y que yo no le acompaño porque no me he traído el flotador…

Los siguientes seis o siete kilómetros hasta Cirueña han sido impresionantes. El Camino se separa de la maldita autovía y se adentra en extensos campos de cereal que lucen hermosos con las lluvias de los últimos meses. Ha hecho un sol de justicia, pero una ligera brisa procedente de la nevada sierra de la Demanda, que quedaba a nuestra izquierda, ha hecho la temperatura de este tramo muy llevadera. La entrada a Cirueña ha sido algo decepcionante. El Camino ha sido aquí desviado por culpa de un campo de golf y de una urbanización construida en la época del “qué-güena-es-la-inversión-en-ladrillo” y que hoy parece un pueblo fantasma. En Ciriñuela, la localidad vecina, hemos hecho una última parada de avituallamiento antes de afrontar los restantes seis kilometros hasta Santo Domingo de la Calzada, en donde, ante la espera que debíamos soportar para tomar un autobús, hemos decidido montarnos en un taxi de vuelta a Nájera.


Por la noche nos hemos desplazado hasta Logroño para cenar con Nando, un ex-compañero de colegio con quien Miguelo guarda amistad y al que yo no veía desde hacía diecinueve años. Había escrito 19 con números y lo he pasado a letras para que me parezcan menos. Joder, cómo pasa el tiempo. Me parece que fuer ayer cuando dejé el colegio. El recuerdo que tenía de Nando era el de alguien más bien introvertido, que cuando estaba inquieto por algo, golpeaba las yemas de sus dedos contra el espacio entre nudillos de la mano opuesta. A él le gustaba Mike Oldfield, y yo bauticé, con algo de mala baba, su particular instrumento de percusión como los "nudillos tubulares". 


El Nando que me he encontrado es otra persona. Casado y con dos hijos, es bien extrovertido y gasta un fino sentido del humor. Está emparentado con una inglesa y digo yo que algo se le ha debido pegar de sus visitas a las Islas. Creo que el recuerdo que él tenía de mi no era excesivamente bueno, yo en mis años mozos fui incluso más toca-pelotas de lo que pueda ser ahora, por qué no reconocerlo, y espero que su opinión haya cambiado algo después de esta cena. La verdad que hemos pasado un rato bastante agradable, recordando batallitas del colegio y hablando también del devenir de todos estos años en los que no nos hemos visto. Este Camino me está permitiendo ajustar ciertas cuentas con el pasado, como recuperar una amistad con Miguelo que se había enfriado algo en los últimos tiempos, y ya sólo por eso, está mereciendo la pena...




viernes, 10 de mayo de 2013

12ª etapa: Logroño - Nájera (30 kilómetros)

Esta mañana, al despertarme y conectar el teléfono móvil, he recibido un mensaje de Günther en el que me decía que ha tenido que ir al médico por culpa de una molesta tendinitis que no le deja caminar. En el Centro de Salud le han recomendado que haga reposo al menos durante un par de días, por lo que el austríaco, muy a su pesar, ha decidido tomar el autobús y avanzar algunos kilómetros hasta Santo Domingo de la Calzada. De lo contrario teme no poder encontrarse con su esposa en la fecha prevista para realizar las últimas etapas del Camino juntos. Ella le ha reservado habitación en el Parador Nacional y le ha dicho que se cuide y que se recupere pronto. La verdad que no la conozco, pero la mujer de Günther ya me ha caído simpática. Le he respondido al mensaje diciéndole que lamentaba las noticias referentes a su percance, pero que al mismo tiempo me alegraba, porque pese a que mi idea era en un principio terminar la etapa de hoy en Nájera, mi amigo Miguelo viene a pasar el fin de semana y a hacer un par de etapas conmigo, por lo que nos podemos acercar hasta Santo Domingo de la Calzada para cenar con él y hacerle compañía.

He desayunado en un bar bastante chic en la Gran Vía y a la salida me he encontrado con un par de utileros de la selección alevín de fútbol de Castilla y León. Han llamado mi atención por el chándal tan bonito que llevaban y por el habano que se estaba fumando uno de ellos ya de buena mañana. Por lo visto este fin de semana se celebra en Logroño el campeonato nacional de selecciones regionales, y les he preguntado por sus expectativas de cara al torneo. Me han dicho que no tienen mal equipo, pero que está jodido y que hay poco que se pueda hacer ante selecciones como Madrid o Cataluña, que se nutren de las canteras de los equipos grandes. Para más inri, me han contado que hay un par de guineanos del Atlético de Madrid, los hermanos Obama, que no tienen la edad ni de coña y ante los cuáles, poco pueden hacer físicamente sus chavales. "Son de grandes como tú. Porque quitaron la mili, si no están para que los llamen a filas" - ha apuntillado el que se estaba fumando un puro.


La salida de Logroño discurre por el parque de la Grajera, un agradable paseo que culmina en un embalse en cuyas proximidades hay una zona para actividades escolares donde había una escandalera considerable provocada por varios cientos de chavales que estaban pasando el día fuera de la aulas. Un poco más adelante, me he cruzado con una pareja de hippies que viajaban con dos niños pequeños a lomos de un par de borricos. Tras trece kilómetros de caminata, he parado en un bar en Navarrete. El dueño ha resultado ser un turinés de origen pugliese, casado con una vasca de Elorrio. Las cosas que tiene el amor. Me he comido una ensaladilla rusa que estaba pasable y he bebido una copa de vino tinto para templarme un poquico, pues ha hecho un día algo desapacible, aunque gracias a Dios no ha llovido durante esta etapa.



Los diecisiete kilómetros restantes hasta Nájera han sido algo monótonos y gran parte del trayecto ha discurrido paralelo a la autovía, lo cuál no deja de ser un coñazo. El paisaje predominante a mi izquierda, extensiones interminables de vides, tampoco ha aliviado esa tediosa sensación en demasía. Me he cruzado con un matrimonio coreano, raro es el día que no me cruzo con algún oriental de esta nacionalidad, y el marido me ha preguntado si la boina que llevo es vasca. Le he contestado que sí y me he interesado por conocer cómo sabía él eso. Me ha contado que el año pasado visitó Bilbao e intentó comprar una txapela, pero que su cabeza es demasiado pequeña y finalmente tuvo que desistir, porque por lo visto la quería para llevarla y no de adorno. Le he tenido que dar la razón al amigo coreano porque lo cierto es que con cabezas como la suya, los jíbaros tendrían que hacer un ERE en la tribu por falta de faena.



La llegada a Nájera se me ha hecho interminable. He incrementado el número de kilómetros que camino al día y lo he notado, amén de que la espalda me tiene martirizado. Nada que no pueda arreglar un buen vaso de vino peleón o un güiscazo como los que me suelo meter en los finales de etapa. En cuanto ha llegado Miguelo, nos hemos desplazado a Santo Domingo de la Calzada para cenar con el austríaco Günther. Hace ya una semana que coincidimos por última vez y la verdad que tenía ganas de verlo y sobre todo de que me alegrara el día con su inconfundible forma de reírse.

El pueblo está en fiestas y hemos tenido que dejar el coche fuera del centro, ya que no se podía acceder con él. El abrazo que me ha dado Günther al reencontrarnos es precisamente lo que venía pidiendo a gritos mi espalda, pero lo he visto tan contento que no le he querido arruinar el momento mandándolo a hacer puñetas. El austríaco me ha dicho que los Violentos de Kelly de Barcelona andan también por aquí y nos hemos dirigido a una plaza donde repartían bocadillos de morcilla gratis, con la certeza de que, con el hambre que gastan, no andarían lejos. La fortuna no nos ha acompañado y no hemos dado con ellos. La verdad que me apetecía saludarlos y que me contaran cómo les había ido la última semana.

Hemos invitado a Günther a cenar en el Parador, un pequeño capricho con la excusa de apoyar al invalido, que dicho sea de paso, nos ha anunciado que, tras dos días de reposo, mañana se pone de nuevo manos, o más bien pies, a la obra. Durante la cena le he hecho algunas bromas al vienés, que se había pasado toda la semana picándome porque estaba delante mío, con mensajes del tipo, "atrápame si puedes" ó "te vas a tener que comprar un patinete si quieres que nos volvamos a ver".


Él nos ha contado alguna anécdota de los últimos días y me ha preguntado si había podido visitar la Iglesia de Eunate, esa pequeña capilla donde me encontré, afortunadamente por última vez, con aquellos impresentables de Barcelona. Le he dicho que estaba cerrada y lo ha lamentado porque, según él, la energía que hay ahí dentro es indescriptible y que él entró y salió, cuando estuvo, como cosa de media docena de veces. Le he preguntado si confundió la capilla con una sauna, comentario que me ha dado la impresión no le ha hecho mucha gracia. Parece que el austríaco anda muy metido en estos rollos de la "energía" y quizá haya que tener un poco de cuidado en el tono e intensidad de mis bromas con respecto al tema para no ofenderlo. Yo para arreglarlo un poco le he dicho que la única energía que experimenté fue el mal rollo que me insuflaron los impresentables mencionados con anterioridad. Tras un breve paseo después de la cena por las calles de Santo Domingo, nos hemos despedido de Günther con la certeza de que más pronto que tarde nos volveríamos a encontrar, y sin necesidad de tener que comprarme un patinete, por supuesto.

Hoy hace dieciocho años que mi equipo de fútbol, el Real Zaragoza, conquistó la Recopa de Europa, gracias a un zapatazo imposible de Nayim desde el medio campo. No puedo terminar mi crónica del día sin reseñarlo, homenajeando, como se merecen, a los Héroes de París...





















































jueves, 9 de mayo de 2013

11ª etapa: Los Arcos - Logroño (29 kilómetros)


Cuando esta mañana he bajado a desayunar al bar del Hostal, Yun todavía no se había levantado. Ha aparecido al rato, con los ojos en encarnizada pelea con una legión de legañas. Le he preguntado que qué tal se encontraba y me ha dicho que mejor que ayer, pero que todavía está cansado y con algo de dolor en el pie. Que va a tomar un autobús hasta Viana para hacer la etapa hasta Logroño más corta y que ahí se va a encontrar con una amiga de su madre que también está haciendo el Camino de Santiago. Le he deseado suerte y me he despedido de él con un abrazo.

Tras desayunar me he entretenido hablando con Esteban, un tipo muy simpático que regenta el hostal. Me ha estado hablando de los famosos que han pasado por su establecimiento, de entre los que ha destacado a Clemente: "oye, igual que lo ves por la tele, tú; directo pero mu majo" - lo ha definido Esteban. La verdad que a mi Clemente, en contraposición a los entrenadores de corte pseudofilosófico que siempre dicen lo que la gente espera escuchar de ellos, también me cae muy simpático.




Después hemos estado comentando algunas anécdotas de mi viaje y otras vicisitudes de mi deambular hasta Los Arcos. Ayer hubo un ciclista que me tocó un poco las pelotas, al gritarme para que me apartara y no dándome al pasar ni las gracias, y Esteban me ha defendido que el Camino es para los que van a pie con su mochila, y que para las competiciones y pajas mentales que se montan algunos hay circuitos mejor indicados. Me ha contado que hay ciclistas y ciclistas, y que él respeta por encima de todo a un par de amigos navarros que se apostaron que llegaban a Santiago en el día. Uno de ellos se bajó fundido de la bici en León y el otro se quedó a 50 kilómetros de Santiago, no porque no se viera con fuerzas suficientes para llegar, sino porque había mucho tráfico en la carretera y temía que, tras una noche sin dormir, el sueño le provocara algún despiste de fatales consecuencias. Desde luego que ciclistas como los amigos de Esteban me pueden gritar lo que quieran a su paso, me quito el cráneo ante ellos, que me han recordado, sin quererlo, a Koldo, un concursante navarro que pasó hace unos años por el programa de la televisión vasca: "El Conquistador del fin del mundo", y que tras 20 años sin tocar la bicicleta se apostó con unos amigos que subía el Tourmalet de una sentada...



A la salida de Los Arcos se ha empezado a nublar el cielo y después de cinco kilómetros he tenido que parar por culpa de unos calambres en la zona cervical. Me está costando un poco acostumbrarme al peso de la mochila. Cargo con el ordenador portátil, cámara de vídeo y cables para todo ello, pues mi idea es ir escribiendo mientras viajo, y eso supone unos tres kilos más de los que debería llevar encima, los cuáles me están matando. Tras reposar durante 15 minutos, he reanudado la marcha en el momento en que comenzaba a llover. A un kilómetro estaba Sansol, pueblo en el que me he detenido para guarecerme de la lluvia y darle otro descanso a mi maltrecha espalda.

En el Bar del pueblo me ha atendido el "Moro", un camarero muy salado al que le faltan algunas piezas dentales por motivos que se me escapan. No sé si el hecho de que estuviera bebiendo cerveza a las 11 de la mañana pueda tener algo que ver. El "Moro" me ha estado contando que hizo la mili en Barcelona y que se lo pasó como un enano. Guarda muy buenos recuerdos del Brigada Rivas, y me dice que las guardias con él eran un desmadre. "En cuanto entraba por la puerta del cuartel llamaba a la cantina y decía "Malos-pelos", sube dos cajas de cerveza a la garita". "Malos-pelos", como me ha aclarado él, era un recluta que tenía una alopecia galopante y al que el Brigada Rivas no tardó en bautizar durante el período de instrucción.

El "Moro" pasó la mayor parte del servicio militar en la garita de la Comandancia de la Ciudad Condal, controlando los accesos y salidas. Me ha contado que una vez, un agente de los Grupos anti-terroristas de la Guardia Civil, pretendió entrar sin identificarse y él le dijo que de eso nada. El guardia se debió poner un poco tonto y hubo que llamar al Brigada Rivas, quien le aseguró que ya podía ser el Rey que ahí no entraba sin demostrar quien era. Finalmente el agente, a regañadientes, dio su documentación y después Rivas felicitó al "Moro" por su diligencia, imagino, aunque no lo he preguntado, que brindando con una nueva cerveza. "Con seis apellidos vascos de ocho, como para que se me colara un etarra en la Comandancia. Imagínate, me corta la pelotas el Brigada Rivas" - me ha dicho el "Moro" con rictus serio.



Le he dicho al "Moro" que soy aragonés, y él me contestado que los maños le caemos muy bien, y ha destacado por encima de todos a Labordeta, recordando cómo mandó a la mierda en el Congreso a unos diputados del Partido Popular que no le dejaban hablar. "Ese señor sí que tenía los cojones en su sitio" - ha apuntillado él. La lluvia arreciaba fuera, pero yo tenía que proseguir mi marcha. El "Moro" me ha dicho que lo que ha caído este año no es normal: "Aquí ya como en Santander, déjala correr" - me ilustra para darme a entender que aquí no llovía tanto desde hacía años. He sacado el impermeable para la mochila y él me ha sugerido que sí, que mejor cubra la bolsa porque todo lo que toca el agua lo estropea: "Por eso yo sólo bebo cerveza" - remata el "Moro" antes de prorrumpir en una sonora carcajada, dejando al descubierto su huérfana dentadura.



He dejado atrás Sansol y al "Moro" y al poco he llegado a Torres del Río, el pueblo vecino. He atravesado sus calles como una exhalación y me he adentrado campo a través por una senda de barrancos, con constantes subidas y bajadas, que me han conducido finalmente a Viana. Han sido 12 kilómetros bastante duros por lo accidentado del terreno, la incesante lluvia que ha convertido los caminos en un barrizal y mi espalda que me lleva a mal traer. En Viana me he detenido a comer algo y me ha tocado hacer las veces de traductor con un par de surcoreanos, intrigados por conocer la procedencia de parte de lo que se exponía en la barra. Les he dicho que aquello que me señalaban con el dedo era oreja de cerdo, algo que les ha hecho mucha gracia.

Al poco de abandonar Viana me he encontrado con Eva, la californiana a la que dejé ayer cojeando. Su cojera no ha remitido hoy, y nuevamente me ha vuelto a decir que su padre, con la excusa de encontrar acomodo en el albergue municipal, se ha adelantado. Era ya media tarde y llovía persistentemente, motivo por el que no había mucha gente caminando. Quedaban ocho kilómetros para Logroño y los he decidido recorrer con la simpática Eva, quien, pese a insistirme que no aminorara la marcha por ella, ha agradecido que me quedara.

Le he preguntando a Eva que por qué había venido al Camino si no parecía muy entusiasmada realizándolo y ella me ha contestado que la idea fue de su padre, que tiene ocurrencias muy raras, y que ella en realidad está aquí para ver si se pone en forma y puede lucir el bikini en las playas californianas este verano. La respuesta me ha parecido propia de alguien que sólo tiene serrín en la cabeza y, considerando la extensión del Estado de California y la cantidad de kilómetros que hay ahí para recorrer, he pensado que esa no era la razón de fondo. He seguido conversando con ella para finalmente averiguar que sus padres no viven juntos, que ella siente adoración por su padre, al que casi no ve y al que me da la impresión no conoce mucho. Me ha dicho también que pensó que era una buena oportunidad de pasar un mes entero con él y recuperar parte del tiempo perdido, y que si algún día falta su padre, no se perdonaría el haberle dicho que no cuando le propuso realizar el Camino de Santiago juntos. Voy teniendo la sensación, tras hablar con muchos peregrinos, de que todo el mundo tiene un motivo para estar aquí, y que uno no se propone caminar más de 800 kilómetros, como cuentan algunos, por el simple hecho de ponerse en forma o porque les gusta caminar.



Al ritmo de Eva nos ha costado unas dos horas más llegar a Logroño. Unos kilómetros antes, hemos cruzado la señal que marca el ingreso en la provincia de La Rioja, tercera región en la que entro a pata en este peregrinar. A la entrada de la ciudad nos estaba esperando Dave, su padre, quien me ha dado las gracias por acompañar a su hija. A mi lo que me han dado ganas es de contestarle que eso le correspondía a él y que no entendía cómo podía dejarla tirada, más si cabe con la cojera que luce, pero la verdad que me ha caído demasiado bien como para reprocharle nada. A Dave le falta el sombrero de cowboy. El resto, los andares, la forma de hablar y el pelo recogido en una coleta, ya lo tiene. Hemos estado hablando un rato, en el que Dave se ha interesado por lo que hacía y de dónde era, mientras esta vez, los dos al alimón y sin querer, dejábamos rezagada a su hija. Me he despedido de ellos, que se quedaban en un albergue al lado del río, y me he dirigido a una pensión en el centro de la ciudad.



La pensión está muy bien y la atiende una brasileña muy simpática. Las habitaciones son muy limpias y confortables. Tienen espejos por todas partes y una pantalla plana de televisión en la que se podrían proyectar películas en un cine de verano. Y en el baño hay hidromasaje. Me he preguntado si antes de cómo pensión, esta casa se usaría para otros menesteres. Y si ése es el caso, si la pegatina que adorna la puerta de entrada ya estaría entonces: "Sonríe que Jesús te ama!"...








miércoles, 8 de mayo de 2013

10ª etapa: Estella - Los Arcos (22 kilómetros)


Esta mañana, desayunando en una cafetería, se me ha ocurrido comentarle a una lugareña de cierta edad que tengo un amigo en Zaragoza cuyo padre es de Estella. La señora me ha preguntado el apellido y, tan pronto como he pronunciado la palabra Andonegui, me ha empezado a contar la historia de la familia desde la época de los visigodos. En cuanto me he podido zafar de la buena mujer, he abandonado la cafetería y he telefoneado a Pablo, mi amigo cuyo padre es de Estella, y tras comentarle el incidente, nos hemos puesto al día, pues hacía tiempo que no hablábamos.

He dejado Estella bajo una pertinaz lluvia, uno de esos sirimiris que parece que no mojan y te calan hasta las entrañas. Pasado Ayegui, he llegado a la fuente del vino en Irache. Así contado, uno pudiera pensar que, por intercesión del Apóstol, de una fuente normal y corriente, comenzó un buen día a brotar vino. Pero la realidad es mucho más simple. La fuente en cuestión se halla en unas bodegas y el líquido que emana, previa apertura del grifo correspondiente, procede de un tonel. Sea cual fuere el origen del vino, no hay peregrino que no se detenga aquí para refrescar el gaznate y hacerse una foto.

En mi caso, mi parada ha coincidido con la de unos peregrinos alemanes y un fraile navarro que acompañaba a dos novicios, uno colombiano y otro de Costa de Marfil, en su visita al vecino Monasterio de Irache. He estado un rato conversando con todos ellos y antes de que se marcharan, les he pedido que tuvieran la amabilidad de posar para mi cámara de vídeo e interpretaran algo espontáneo que se les antojara. Como no se les ocurría nada, les he sugerido que se agarrasen unos a otros y que movieran las piernas al compás, en una especie de can-can improvisado. Como imaginará el avezado lector, el resultado ha sido absolutamente catastrófico, aunque al menos no ha habido que lamentar torceduras ni ningún tipo de desgracias personales...

Me he despedido del improvisado ballet internacional que se ha formado en la fuente y he visitado brevemente el Monasterio de Irache. Después he proseguido mi camino, dejando a mi izquierda Montejurra, el lugar donde los Carlistas celebran sus romerías anuales. Tras pasar Azqueta, y antes de llegar a Villamayor de Monjardín, me he encontrado con un pastor de ovejas, que ha resultado ser ecuatoriano, y con el que he charlado un rato. Me ha estado contando lo duro que es su trabajo y las ganas que tiene de regresar a su país.


Hora y media después he llegado a Luquin, donde he parado en la plaza del pueblo para comer un par de piezas de fruta que llevaba en la mochila y beber algo de líquido. En la plaza había tres abuelos que echaban la mañana. Les he pedido que me cantaran una jota navarra pero me han respondido que el canto no es lo suyo. Por lo menos no me han mandado a tomar por el culo, que quizá hubiera sido lo apropiado ante mi insólita petición.

Al poco de abandonar el pueblo, ha comenzado a llover de nuevo. Por fortuna ha sido una nube pasajera. Un poco más adelante me he encontrado con Eva, una veinteañera californiana que caminaba con una ligera cojera. Me ha contado que viaja con su padre, pero que como tienen diferente paso al caminar, él se ha adelantado. No debo estar preparado para ser padre, porque a mi me ha extrañado un poco que el suyo la haya dejado sola en un país extraño, donde no habla el idioma y además cojea, pero bueno, no le he dado más importancia y he proseguido la marcha.




Un poco más adelante cojeaba también de manera ostensible Yun, un surcoreano que recién estrena la mayoría de edad y que se ha embarcado en esta aventura antes de incorporarse al servicio militar en su país. "Pues vaya momento has elegido" - le he comentado haciendo referencia a las recientes tensiones entre las dos Coreas, y él, con un amago de sonrisa, me ha contestado que el momento no lo ha elegido él. Se ha metido un rato con el líder norcoreano, al que ha acusado de bravucón y de ser un peligro para su propio país y para los vecinos, además de un caprichoso que colecciona coches de lujo mientras su gente se muere de hambre.

Yun me ha caído simpático enseguida, y he decidido acompañarle el resto de la etapa, aunque para ello he tenido que aminorar el ritmo para acoplarme a sus cansinas pisadas. El chaval me ha resultado inquieto y me ha preguntado muchas cosas acerca de España y nuestras costumbres, entre ellas que si es verdad que dormimos la siesta. Le he contestado que la siesta se la echa el que puede, que no tiene por qué ser necesariamente todo el mundo. Pero me ha dado la impresión de que da igual lo que le diga, porque el propio concepto ya le parece algo como de ciencia-ficción, a él, que tan pronto como termine el servicio militar ansía ponerse a trabajar día y noche en la empresa de su padre y sin pasar por la Universidad.



Yo no me he resistido a preguntarle a mi nuevo amigo por qué demonios hay tantos coreanos haciendo el Camino de Santiago y él me ha contestado que porque lo hizo alguien famoso en Corea y que desde entonces se convirtió en algo popular. Menos mal que a aquella celebridad no le dio por hacerse un piercing en las pelotas - se me ha ocurrido a mi. Yun me reconoce que el Camino de Santiago se le está haciendo muy cuesta arriba, no en vano, ya le habían advertido en su país que esto era más duro que la mili. "Jodo, pues sí que estáis buenos. Como se entere vuestro vecino el de los pelos se presenta mañana en Seúl" - he pensado yo, pensamiento que ni que decir tiene no he compartido con él.

Los últimos ocho kilómetros hasta Los Arcos han transcurrido por interminables campos de cultivo. Yun me ha preguntado si sé distinguir a un europeo de otro, y yo le he contestado que en algunos casos es complicado, por la cantidad de mezclas que hay, pero que por lo general hay determinados rasgos que no engañan a nadie. A Yun esto le ha hecho mucha gracia porque para él somos todos iguales. Yo le he respondido que a nosotros nos pasa parecido, y que a los que tienen ojos rasgados y la carica redonda como la suya, solemos meterlos en el mismo saco. Él me ha dicho que distingue perfectamente a un japonés de un chino, y por supuesto de un coreano. Para darme algunas pistas que me puedan ayudar en el futuro, me ha adelantado que a los chinos no les gusta lavarse, y que lo japoneses tienen muy mala dentadura. La verdad que no sé cómo ha llegado Yun a estas conclusiones si es la primera vez que sale del pueblo, pero bueno, he preferido dejarlo estar y no ahondar en el tema.


A medida que nos aproximábamos a Los Arcos, la cojera y el cansancio de Yun han ido en aumento. Me ha empezado a preocupar un poco el hecho de que no pudiera llegar hasta el pueblo, en parte también porque cada vez que pronuncia la palabra Corea, y Yun la pronuncia en casi todas las frases, inspira súbitamente y suelta el nombre de su país de un golpe, estirando la "a" al tiempo que expulsa el aire: Core-aaaa!. La verdad que me ha traído frito, porque yo, a esas alturas de etapa, suelo ir mirando al suelo o al horizonte, y cada vez que él ha dicho eso de Corea como si fuera un instructor de artes marciales, yo me he tragado el paraguas pensando que le faltaba el aire y que le iba a tener que practicar los primeros auxilios en el sitio. No hace falta que diga que en mi lista de cosas para hacer en el día de hoy, no figuraba el hacerle el boca-a-boca a un coreano.

Por fortuna no hemos tardado mucho en llegar a Los Arcos. En lo que no hemos tenido tanta suerte es en encontrar sitio en los albergues, pues estaban todos ocupados. Tras recorrer todo el pueblo, hemos encontrado finalmente acomodo en el Hostal Ezequiel, a la salida de la villa. Tras ducharme y estirar las piernas un poco, algo que me está resultando fundamental para recuperarme tras el esfuerzo, he bajado a dar una vuelta y a visitar la Iglesia y las calles principales del pueblo hasta que ha llegado Miguelo, quien nuevamente se ha desplazado desde Pamplona para cenar conmigo. La cena en el Hostal no ha sido nada reseñable, pero he disfrutado de la compañía y de la conversación de mi amigo maño. Yun se ha excusado con anterioridad y se ha metido en el sobre a las nueve de la noche alegando que estaba fundido. Y vive Dios que el chaval no mentía...