martes, 7 de mayo de 2013

9ª etapa: Mañeru - Estella (18 kilómetros)


Pese a tener por delante una etapa de las consideradas cortas, esta mañana he comenzado a caminar temprano. En Cirauqui, apenas tres kilómetros después de mi partida, he parado para desayunar y hacer algunas fotos a las calles empedradas y estrechas del pueblo.



En Lorca, la siguiente población, he conocido a Antonio, un lugareño que estaba llenando bidones de agua en la fuente del pueblo. Ha sido él quien me ha adelantado que me pierdo por poco las fiestas patronales, que por lo visto son este fin de semana. Le he preguntado que qué había programado y me ha dicho que lo normal en estos casos: verbena, comidas en las sociedades gastronómicas y competición de deportes tradicionales vascos. He querido saber si tenía pensado participar en alguna disciplina en particular y me ha dicho que le gustaría tomar parte en la de cortar troncos, pero que este fin de semana no libra y no sabe si podrá porque tiene mucho jaleo. No he visto yo a Antonio con muchas trazas de ir a devorar troncos, pero bueno, no podemos dejarnos llevar por las apariencias. Pudiera parecer que el perfil lo daba un servidor y sin embargo, con un hacha en la mano, lo máximo a lo que podría aspirar es a no cortarme yo mismo.


Al poco ha llegado un frutero ambulante de Calahorra con su furgoneta y me he acercado a ver el género. Se me han colado un par de peregrinos alemanes que parecían tener mucha prisa, y como yo no tengo ninguna y además estoy en "modo zen", no he querido montar el pollo. Van tan sobrados, que le han dejado un euro y medio al frutero de propina, pese a que él les ha insistido que era mucho y que no había necesidad. Para compensar no me ha cobrado las dos naranjas que le he pedido yo. En esta vida tener paciencia tiene en ocasiones su recompensa - he pensado yo. "Espero que no te moleste que te rescaten los alemanes" - me ha dicho él con mucha sorna. A mi la verdad que con la poca educación que han demostrado, no me ha molestado en absoluto. Le he dado las gracias al frutero y he puesto rumbo al siguiente pueblo.

Antes de llegar a Villatuerta me he encontrado con Lesley, una maestra de Nueva Zelanda. A la entrada del pueblo, unas niñas nos han pedido si podían hacernos una foto para un trabajo del colegio que estaban realizando y que versaba sobre los peregrinos. Hemos estado conversando un rato y respondiendo a las preguntas de las niñas acerca de nuestra experiencia en este peregrinaje. En el pueblo he coincidido también con Patricia, una colombiana del Valle de Cauca que me ha contado que ella realizó el Camino completo desde Roncesvalles hace unos años. Que tenía los pies destrozados pero que cada día algo le empujaba a continuar, y que completarlo ha sido sin duda una de las mejores experiencias de su vida. A medida que avanzo voy recogiendo testimonios similares de un número significativo de gente que ya ha hecho el Camino de Santiago con anterioridad.



Tras esta breve conversación, me he dirigido a un bar a la salida de Villatuerta donde había quedado con Nacho, un amigo pamplonica que trabaja en un polígono de empresas cercano. Lo he encontrado en forma desde la última vez que nos vimos. Ha perdido un montón de peso, haciendo gala de una enorme fuerza de voluntad, y está inmerso en un montón de interesantes proyectos: teatro, fotografía...Hace un par de años perdió a una amiga muy cercana que era todo vitalidad, y hacer todas estas cosas es su manera de mantener su recuerdo vivo. Me he despedido de él con un abrazo y he enfilado hacia Estella, pueblo al que he arribado 45 minutos después.




En Estella me he alojado en la pensión de la señora Miren, una mujer mayor y muy nerviosa. Cuando me ha visto entrar por la puerta se le ha iluminado el rostro y me ha preguntado: "¿y esa txapela, qué? Le he dicho que era de mi abuelo, y del padre de mi abuelo antes que él. "Del aitona, claro, ya sabía yo, claro, claro...- me ha contestado con su marcado acento vasco y sin dejar de moverse. He dejado las cosas en la habitación, y tras darme una ducha y estirar un poco, he bajado a la sala de estar para escribir un rato, sala de estar desde la que no se veía la recepción, pero se escuchaba todo lo que ahí se decía. 

El espectáculo ha comenzado al empezar a llegar peregrinos rezagados que no encontraban sitio en los albergues de la ciudad. La señora Miren, pretendiendo que controlaba la lengua de Shakespeare, ha llenado la pensión en un periquete. Los primeros en llegar han sido unos franceses preguntando por disponibilidad, y a los que ella ha respondido con el precio de la habitación por delante. Al intentar averiguar, en inglés por supuesto, si el desayuno estaba incluido, la señora Miren les ha contestado que sí, que tiene lavadora, pero que no garantiza que la ropa esté seca para mañana. Lejos de pensar que pudiera haber algún malentendido idiomático en aquella conversación, la casera ha atribuido la cara de pez de los franceses al cansancio y los ha despachado por la vía rápida: “hala, y ahora subir pa´ arriba que tenéis que estar reventaus”…

Aún han venido un grupo más de franceses que antes de que pudieran decir ni mú estaban entrando en una habitación y deshaciendo las mochilas. Pero sin duda, el momento más surrealista de la tarde ha llegado cuando ha subido un chaval alemán, que ha dejado a su madre esperando abajo, para averiguar si había habitaciones libres. Tras escuchar que sí, que sí que había habitaciones, el alemán le ha preguntado el precio y ella le ha contestado que el desayuno no estaba incluido pero que había un bar cercano que recomendaba para llenar el buche y comenzar la siguiente etapa con energía. El pobre chaval, que obviamente no entendía nada, ha vuelto a la carga con el precio por noche, y la señora Miren, muy seria, le ha dicho que sí, que hay internet, pero que para cogerlo bien hay que bajarse “a la salica donde está ese señor tan majo”, refiriéndose a mi, pese a que ninguno de los dos me veían. El alemán, que no oía números por ningún lado, lo único que a buen seguro le preocupaba, se ha arrancado con el curso de español para lerdos y ha balbuceado: “cuánto, yo y mama”. La señora Miren, que además de no tener ni puta idea de inglés, creo que está un poco teniente del oído, ha dado un paso hacia atrás, y componiendo el rictus dramático de una actriz de teatro, ha exclamado: "la amatxu, ¡qué le ha pasado! No, no me digas que se ha torcido el tobillico. Ay madre, si es que no puede ser. Espera aquí un momento hijo”. Al minuto ha vuelto con una bolsa de hielo y el chaval alemán ha dicho que su madre estaba perfectamente y que lo único que quería saber era si había habitación y cuál era el precio, a lo que la casera ha contestado que sí, que se aplique la bolsica de hielo en el tobillico y que verá qué pronto baja la inflamación, momento que el germano ha desistido y ha abandonado la pensión con cara de resignación.

A eso de las nueve de la noche he salido a cenar con mi amigo Miguelo, que una vez más se ha desplazado desde Pamplona para hacerme compañía, y hemos disfrutado de una ensalada de bacalao y unos espárragos frescos que estaban de rechupete. Tras despedirme de él, he vuelto a la pensión y me he sentado en una silla cerca del ascensor y al lado de la puerta que da acceso a la vivienda de la señora Miren, pues, como ella me había indicado, ahí es donde mejor recepción de internet hay. Repasando mis emails, me ha sobresaltado el ruido de la puerta de la casera y sus gritos, para mi gusto de tono algo elevado para esa hora de la noche: “Patxi, Patxi, ¿estás ahí?”. La verdad que le iba a desear buenas noches para dar cuenta de mi presencia y no asustarla, pero lo cierto es que la visión de la señora Miren en camisón y los pelos como si hubiera metido los dedos en un enchufe me ha dejado sin habla. Ella ha pasado delante mío sin percatarse y ha seguido llamando al tal Patxi. Al volver a pasar sin reparar en que estaba ahí, he comenzado a sospechar que podíamos estar ante un caso de sonambulismo, momento en el que he decidido aguantar la respiración y no decir ni Pamplona, porque leyenda urbana o no, yo siempre he oído que si sobresaltas a un sonámbulo, le puede dar un pasmo. La señora Miren ha bajado a mitad de escalera volviendo a gritar nuevamente “Patxi, Patxi” y al pasar por última vez delante mío ha dicho aquello de: “este Patxi ya está otra vez por ahí; cuando vuelva me va a oir”. 

Me he retirado a mi habitación con la duda de si Patxi existe o de si he tenido que venir hasta Estella para asistir a un fenómeno paranormal de comunicación con el más allá. Lo único claro es que Patxi no se ha manifestado, y la verdad que con la que le tenían preparada no me extraña…












lunes, 6 de mayo de 2013

8ª etapa: Tiebas – Mañeru (24 kilómetros)


Esta noche pasada he dormido en casa de  mi amigo Miguelo en Pamplona y por la mañana él me ha acercado hasta Tiebas antes de entrar a trabajar. La verdad que si es cierto eso que dicen de que ayudar al peregrino trae buena suerte, Miguelo tiene muchas posibilidades este año de que le toque la Primitiva sin necesidad de pasarme el boleto por la chepa. En Tiebas hacía bastante fresco, pero a lo largo de la mañana ha ido subiendo la temperatura. Durante los primeros 10 kilómetros he pasado por Muruarte de Reta, Olcoz y Enériz, pequeños pueblitos de casas de piedra. 

Estaría a un kilómetro de Enériz cuando un par de perros han aparecido en el camino y han comenzado a ladrar de manera desafiante al tiempo que se aproximaban a mi posición. Tras mi experiencia en la segunda etapa con un rottweiler, me he quedado plantado esperándoles y con el palo preparado para atizarles un buen estacazo en el hocico. Aunque en ocasiones cuesta, siempre he tenido claro que de un perro no hay que huir porque te conviertes en presa. Detrás venía el dueño, que se ha puesto como un basilisco para que fueran donde estaba él y se dejaran poner la correa. Una vez controlados, me he acercado al hombre y he estado hablando un rato con él, conversación tras la que he llegado a la conclusión de que ya había sido denunciado por otros caminantes: “hay mucho quejica suelto por ahí que jura y perjura que el perro le ha mordido, y eso luego hay que demostrarlo” – me ha dicho, y se ha quedado tan pancho.




Hoy me voy a despedir del Camino Aragonés, y la verdad que con gran pesar. Según me han dicho, a partir de Puente la Reina el Camino es otra cosa, con mucho mayor trasiego de gente. He disfrutado como un enano de los Pirineos, las Altas Cinco Villas y los Montes de Navarra, de la tranquilidad de las caminatas y de la compañía con la que me he ido encontrando. Excepción hecha, claro está, del grupo de humoristas de Barcelona que me crucé ayer y con el que he vuelto a tener la mala fortuna de tropezarme de nuevo a la altura de la Iglesia de Santa María de Eunate, un edificio románico enclavado en la confluencia con el Camino Francés.


Ha sido verme y comenzar el Club de la Comedia: “Anda, pero si es el maño”- ha dicho el primero; “esa cara me suena”- ha apostillado el segundo y el tercero ha rematado la faena con un “si venías a ver la Iglesia te jodes porque está cerrada”. Ni me he parado. He despachado a estos maestros del humor con un “hasta luego chicos, que tengo prisa” y he proseguido mi marcha. La verdad que hasta la fecha son la única excepción; del resto de la gente con la que he coincidido no tengo queja.

En Óbanos, el siguiente pueblo, ya me he empezado a encontrar con bastantes guiris que bajan de Roncesvalles, y cinco kilómetros después he llegado a Puente la Reina. A la entrada del pueblo está el albergue regentado por los Padres Reparadores, y, como sólo quedaban cinco minutos para la apertura, he esperado para que me pusieran el sello en la Compostelana. Al poco han llegado mis amigos los chistosos. Pese a que estábamos unos cuantos esperando, se han puesto al lado de la puerta para entrar los primeros. Uno de ellos le ha dicho al fraile que registraba a los peregrinos que sólo quería el sello y darse una ducha, pues se iba ya para Barcelona. El hospitalero le ha informado de que por la ducha había que abonar dos euros, y él se ha dado la vuelta y se ha marchado, al tiempo que al pasar a mi lado ha exclamado: "menuda mierda, aquí hay que pagar por todo". Ni se imagina la alegría que me ha dado al confirmarme que se iba y que ya no me lo volvería a encontrar.



A la salida del pueblo, en una fuente que está al lado del puente medieval sobre el río Arga, me he encontrado con un transeúnte que ha resultado ser un paisano de Sos del Rey Católico. Me ha contado que lleva ya unos años en el pueblo, que vive en una casa ocupada y que pide en la puerta de la Iglesia. Le he preguntado que cómo se llama y, sin querer darme su nombre de pila, me ha dicho que le conocen como el Pintor. ¿A eso te dedicas, a pintar? - he querido saber. Él, por las dudas, me ha aclarado que valer, lo que se dice valer, él no vale para nada, pero que lo de mover el pincel pues no se le da mal del todo. Para corroborarlo me ha contado que los jóvenes del pueblo le encargaron hace poco un cuadro para el txoko y quedaron muy contentos con el resultado, pero que después los muy jetas no le pagaron un duro. Así que con motivo de las fiestas patronales, se pasó por allí y se cobró el cuadro en especie. "Entré al txoko como si fuera al Eroski: un par de cogollicos de maría por aquí, una botellica de vino del bueno por allá y unas pastillicas de colores de postre" - me ilustra al tiempo que mira el reloj y me dice que se va corriendo al dispensario a que le echen un vistazo en la mano que se quemó recientemente, haciendo, no me queda muy claro, el qué.



Los últimos seis kilómetros hasta Mañeru han sido algo duros, con una subida bastante pronunciada, pero me empiezo a dar cuenta que la suma de kilómetros me está dando el fondo necesario para remontar con cierto oficio repechos del Camino, que no hace mucho me hubieran dejado sin aliento...




domingo, 5 de mayo de 2013

7ª etapa: Monreal - Tiebas (14 kilómetros)


Mikel y yo hemos madrugado para pasar a buscar a Martín, un amigo con el que ha quedado para andar en bici, deporte por el que ambos, como buenos navarros, sienten gran afición. Haciendo honor al dicho de que "Dios los cría y ellos se juntan", Martín me ha resultado un tío campechano, simpático y buen conversador. Mientras ellos se marchaban a hacer el cabra por el monte, yo he comenzado a buen ritmo la etapa en Monreal.

Al igual que ayer, me he cruzado con muy poca gente durante el trayecto. Algún abuelo que salía a estirar las piernas y poco más, a excepción de un grupo de cuatro catalanes, que me parece que poco tienen que ver con "los Violentos de Kelly" con los que tanto conecté en las etapas iniciales. No sé, como imagino que le pasa a todo el mundo, la experiencia le hace desarrollar a uno un sexto sentido que le permite identificar si con la persona que tiene enfrente existe algún tipo de conexión o no.

Yo, la verdad que con un cretino que me dice que no se cree que sea de Zaragoza porque no tengo el acento del gran Paco Martínez Soria en "La ciudad no es para mi", pues la verdad que empiezo siempre con mal pie. Y si para rematarla, llega su amigo, y a sus 60 años me dice, cual acusica de colegio, que, tras una semana de travesía, estoy haciendo trampa porque me he dejado parte del peso de la mochila en casa de mi amigo para ir más ligero en esta etapa, pues ya la terminamos de cagar. Así que, tras contestarles educadamente que no he leído en ningún sitio que el peregrino tenga que renunciar a la hospitalidad de las gentes en su intento por hacerle a uno el Camino más llevadero, les he deseado buen viaje y he proseguido con el mío.



La etapa, siguiendo con la tónica de los días precedentes, ha sido bastante chula y ha discurrido por la ladera de la sierra de Alaitz y entre bosques. Las largas caminatas en soledad dan para pensar mucho. En ocasiones me acompaña una selección de música que he hecho para este viaje y en otros el ruido de los pájaros y de los animales que habitan en los bosques. Hoy he visto una serpiente verde que ha huido a bastante velocidad en cuanto se ha percatado de mi presencia. No la culpo. A mi tampoco me haría gracia que un elefante, por poner un ejemplo equivalente, me pisara la uña del dedo gordo del pie.



Ayer pensaba en mis comienzos trabajando en la City de Londres, una etapa que guardo con mucho cariño y en la que hice grandes amigos como Mikel. Recuerdo que durante al menos un par de meses no pude evitar poner cara de bobalicón y sonreír cada vez que salía de la boca de metro de la estación de Bank y me veía en medio de todo aquel jaleo de gente trajeada mirando al suelo como autómatas yendo a trabajar. Entiendo que en el fondo me pasaba como al bueno de Paco Martínez Soria. El primer Viernes era tradición entre los más veteranos llevarse a los nuevos al pub y cocerlos a cervezas. Conmigo no hicieron una excepción. A mi la City me parecía una cosa muy seria, pero enseguida mis compañeros en el BBVA me iban a demostrar que aquello no era para tanto.

En aquella primera salida, yo me limitaba a beber las pintas de cerveza que me sacaban sin parar y a escuchar discretamente las conversaciones de los demás. A unos metros de mi vi a Álvaro y a Javier, manteniendo lo que parecía una conversación sobre algo importante, y me acerqué a ellos con la sana intención de empaparme de las enseñanzas de dos experimentados banqueros. Cuál sería mi sorpresa al escuchar a Álvaro, con su marcado acento de Bilbao, decirle a Javier: "no, no, no, déjate de historias; el bacalau lo tienes que tener en remojo toda la noche". Definitivamente, aquello de la City no era para tanto, y quizá para celebrarlo, de manera inconsciente, salí del pub y, mareado como estaba tras la décima pinta,  no me pude aguantar y dejé mi tarjeta de presentación en la puerta del banco...


Al llegar a Tiebas he visitado las ruinas del Castillo y he subido al albergue para que el hospitalero, un simpático navarro de tupidos bigotes, me pusiera el sello en la Compostelana. Después me han recogido  Mikel y Martin, y hemos bajado a Zizur. Por la tarde me he despedido de Mikel, Leyre y la hija de ambos, que tiene apenas un mes, agradeciéndoles lo bien que me han tratado...














sábado, 4 de mayo de 2013

6ª etapa: Izco - Monreal (10 kilómetros)


Este fin de semana voy a disfrutar de la hospitalidad de mi amigo Mikel y su mujer Leyre en Zizur, a las afueras de Pamplona, así que he decidido tomarme las cosas con tranquilidad y partir una etapa de  24 kilómetros en dos días, recuperar fuerzas, disfrutar de la gastronomía navarra y pasar tiempo con amigos a los que hace tiempo que no veía.  Mientras Mikel ha salido de Izco para dar una vuelta en bici, yo he caminado durante un par de horas hasta Monreal, cruzándome de manera ocasional con algún dominguero que paseaba al perro y corredores que a buen seguro se entrenaban para la media maratón que pasa por estos mismo parajes y que tendrá lugar mañana. Ha hecho algo de fresco, pero el día ha sido soleado y poco a poco ha ido subiendo la temperatura. Un lujo de paseo por los montes de Navarra.



Mikel y yo nos hicimos grandes amigos mientras trabajábamos en Londres. Es un navarro noblote y siempre está de buen humor; una de esas personas positivas con las que da gusto estar. Hace exactamente 10 años, decidí dar un giro drástico a mi vida y me fui a vivir a Londres. Estaba terminando unas prácticas en una empresa de logística internacional en Zaragoza y tenía pinta de que me iban a ofrecer continuar, y de que mi vida caminaba con paso firme hacia la felicidad, o hacia lo que muchos entendían que era lo mejor para mi. "Consigue un trabajo fijo; luego podrás comprar un coche; conocerás a una chica, os querréis casar; compraréis una casa, (por aquel entonces había casas que se vendían y bancos que parecía que regalaban el dinero para comprarlas), tendréis hijos, seréis felices y comeréis perdices". Quién de mi generación no ha oído esta cantinela hasta la saciedad.

Pero yo tenía otros planes para mi. En mi último año de bachiller tuve un profesor de Filosofía que tenía ciertos problemas de dicción y con el que yo siempre alborotaba en clase, motivo por el que pasaba más tiempo fuera en el pasillo que escuchando lo que él decía. De crío fui algo capullo en el colegio, nada de lo que estar especialmente orgulloso, pero bueno, así eran las cosas. Recuerdo que el último día de curso, ese profesor repartió una hojita con una serie de frases y nos dijo, casualmente mirándome a mi, que le daba igual que no hubiéramos aprendido nada en todo el año, pero que se conformaba si al menos dedicábamos unos minutos a leer eso que él había escrito y que quería que lleváramos con nosotros. Como aquel profesor vaticinó, no me acuerdo de nada de lo que me enseñó durante aquel curso de Filosofía, pero sin embargo hubo una frase que aparecía en esa hoja que se me quedó grabada y que me repito a menudo: "si tú no tomas tus propias decisiones, otros las tomarán por ti"...



Así fue como hace una década, sin trabajo, sin casa, con un billete de avión de ida y 400 euros en el bolsillo, lo que recibí por 6 meses de prácticas, tomé la decisión de marcharme a Londres y ser yo el que gobernara mi vida, sin excusas, esperando lo mejor pero estando preparado para asumir mis propios fracasos. Es lo malo que tiene tomar decisiones de manera libre y responsable, que renuncias a algo tan cómodo y sencillo como echarle la culpa de tus desgracias a los demás o a las circunstancias. Las primeras semanas dormí en colchones en el suelo, gracias a la hospitalidad de Tomás y Emilio, buenos amigos de Zaragoza. Salía a las 8 de la mañana a repartir currículos por todo Londres y no regresaba hasta las 9 de la noche. Eran tiempos difíciles; Estados Unidos estaba a punto de declararle la guerra a Saddam Hussein y la economía estaba algo parada, pues todo el mundo pensaba que invadir Irak no iba a ser para Bush el paseo militar que fue para su padre, y que la contienda sería larga y complicada, con las implicaciones que para la economía mundial eso tendría. Así que yo lo único que recibía en mi deseo de encontrar trabajo eran negativas, mientras el dinero se iba esfumando. 400 euros en Londres no dan para mucho. Pese a ello, yo era la persona más feliz del mundo. Había decidido estar ahí y pelear por salir adelante.

Un día, caminando por la City, vi una sucursal del BBVA. Yo, en mi ignorancia de muchacho de provincias, no tenía ni pajolera idea de que hubiera bancos españoles con sucursal en Londres. Valoré entrar y dejar mi currículo, pero yo mismo me dije que para qué, que no tenía experiencia en banca y que no me iban a seleccionar. Buscar trabajo y no recibir más que boletos, mina inevitablemente tu autoestima, y tú mismo te sorprendes poniéndote barreras porque cada vez toleras peor la humillación de que te vuelvan a decir que no, o de que ni siquiera tomen en consideración tu candidatura. No habría andado ni 50 metros cuando me dije: "qué coño, hablas español y esto es un banco español en el Reino Unido; y además el no ya lo tienes garantizado".

A los pocos días, cuando aparecí en las oficinas del BBVA de Cannon Street para realizar una entrevista de trabajo, no sé cómo Jeff, el encargado de seguridad que guardaba un extraordinario parecido con el mayordomo de la serie "el Príncipe de Bel Air", me dejó pasar. Porque no era español, sino lo mismo me hubiera preguntado si yo era el payaso de Micolor y si venía a abrirme una cuenta. No había traído el traje de Zaragoza y no tenía dinero para comprar uno, así que tocó improvisar: la camisa azul y la corbata del Toni conjuntaban bastante bien entre ellas, pero nada con el pantalón negro que me había comprado en Belfast para trabajar de camarero, y menos con la chaqueta marrón de cuadro galés que me dejó un londinense que vivía en la casa donde estaba Emilio. De los zapatos del número 43 que me dejó Tomás mejor ni hablamos, porque aún me duelen las rozaduras, que a mi, que calzo casi un 46, me provocaron en los talones.




Hice un par de entrevistas, pero el BBVA no me llamaba y a mi se me acababa el dinero. Necesitaba cualquier trabajo para al menos tener unas libras al día con las que comer y pagar el abono de transporte. Mi decisión de marcharme a Londres implicaba no pedirle dinero a mis padres para sufragar esta aventura, así que tocaba componérselas e inventar algo. Cerca de donde vivía Emilio había un cibercafé regentado por un eritreo que estaba casado con una española. Yo iba todos los días ahí a mirar mi correo y nos hicimos amigos. Él era un tío muy espabilado. Había llegado a Londres sin nada hacía unos años y en poco tiempo había montado varios negocios que parecían ir bastante bien. Cuando mi situación comenzó a ser algo desesperada, fui a visitarle y le dije que necesitaba un curro aunque fuera por horas, y que si me podía ayudar. Él me dijo que recientemente había abierto un nuevo cibercafé en esa misma calle y que les había alquilado el sótano a unos rusos, que no sabía muy bien qué hacían, pero que necesitaban gente.

Pasar de una entrevista en la City de Londres con el BBVA, a otra en un sótano de Finsbury Park con dos rusos sin cuello y pinta de matones, no es que se pueda considerar un paso adelante, pero a mi siempre me han dicho que en la vida a veces es conveniente dar un paso atrás para tomar impulso. Quedaba la duda de si tomando impulso de la mano de los rusos me iba a estampar tras el salto contra los barrotes de una celda, pero bueno, mi situación no era como para andar con exigencias, así que les dije a los rusos que sí, que contaran conmigo para desescombrar casas, que era supuestamente lo que tenía que hacer. Salí del sótano abriendo la trampilla y abandoné el cibercafé contento porque al menos al día siguiente, tras una dura y larga jornada, tendría 40 libras en el bolsillo con las que podría seguir funcionando. No había andado ni 100 metros cuando recibí una llamada del BBVA para decirme que me habían seleccionado y, que si lo quería, el trabajo en el departamento de Comercio Exterior era para mi. Y ahí fue como, sin apellidos compuestos, enchufes ni masters de millones, comencé una exitosa carrera en Banca Internacional que ha durado 10 años. Y si yo lo hice, la cantidad de jóvenes españoles que, forzados por las circunstancias y la incompetencia de nuestros gobernantes, tienen que salir ahora, también pueden hacerlo; así que espero que no permitan que nadie les desmoralice ni que caigan en el desaliento. Ánimo Luiso, Spiry y tantos otros!



Pensaba en todas estas cosas, cuando he llegado a Monreal y me he reencontrado con Mikel y su perenne sonrisa. Tras recibir en la Casa Parroquial el sello que atestigua que voy sumando etapas en mi peregrinar a Santiago, hemos puesto rumbo a Pamplona, donde nos aguardaba la cuadrilla de Leyre para dar buena cuenta de una opípara comida en una arrocería de las proximidades de la Plaza de Toros.












viernes, 3 de mayo de 2013

5ª etapa: Sangüesa - Izco (28 kilómetros)


Ayer por la noche cené con mi amigo Miguelo y, para evitar los estrictos horarios del albergue, pasé la noche en un hostal del pueblo. Me he levantado algo pesado. A Miguelo se le antojó una cena rica en grasas y no iba a dejarle sólo después de haber tenido el detalle de venir desde Pamplona hasta Sangüesa para hacerme compañía: huevos fritos, patatas, bacon y, para celebrar que ya estamos en Navarra, ración doble de chistorra. Vamos, lo que recomiendan 9 de cada 10 especialistas que te empapuces antes de ir a dormir. A primera hora de la mañana había quedado con Günter en pasar a buscarle por el albergue y caminar juntos hasta Izco. Como llegaba 10 minutos tarde, le he enviado un mensaje para decirle que me iba a demorar ligeramente y sugiriéndole que iniciara la marcha si quería, que yo ya intentaría alcanzarle más tarde. Günter, que para esto de los horarios parece bastante prusiano, me ha tomado la palabra y para cuando he pasado por delante del albergue ya no había rastro de él.

Para llegar a Izco desde Sangüesa hay dos opciones, la corta, de 18 kilómetros, y la larga, en la que se caminan 10 más. A la salida del pueblo, un par de paisanos que estaban repostando en la gasolinera, me han advertido de que si me decantaba por la opción de menor distancia iba a acabar de barro hasta las orejas, ya que había estado lloviendo durante los dos últimos días y los caminos estaban bastante mal. La opción de mayor kilometraje encerraba al menos la posibilidad de contemplar la Foz de Lumbier, un paraje natural que recomiendan las guías y también mis amigos navarros. Finalmente he optado por el camino más largo, pese a ser consciente de que casi con total seguridad lo recorrería sólo, y he comenzado la marcha sin mayor dilación. Los molinos de viento que se dejan a la izquierda, según sales del pueblo, ya te anuncian de manera silenciosa lo que te espera el resto de la etapa. No han puesto un parque eólico ahí por casualidad. Agarrándome la txapela para que no se la llevara el aire como si fuera un frisbee, he desafiado a los molinos cual Don Quijote, y he llegado hasta Liédena, donde me he detenido para tomar el primer tentempié de la jornada.





Después he proseguido la marcha, y antes de adentrarme en la Foz, me he cruzado con Mario, un portugués de origen angoleño. Me ha contado que viene desde Pamplona andando y que tiene pensado caminar hasta Huesca, alojándose en albergues de peregrinos, para una vez allí, contactar con un amigo que cree que le puede dar faena. Y sino irse a Lérida para hacer la temporada de la fruta, ahorrar el dinero que pueda, y regresar a su país. Mario trabajaba en la construcción hasta 2008, cuando por culpa de la crisis perdió su empleo. Cobró subsidios durante dos años, pero desde entonces no tiene ingresos regulares y malvive con trabajos esporádicos. La verdad que trae unas pintas como para presentarse a una entrevista de trabajo. Lleva unas rastas que me confiesa no se corta desde hace 10 años, un pantalón de cuero marrón y conversa conmigo al tiempo que le da sorbos a una lata de cerveza. Tal y cómo está montado el cotarro, no creo que haya mucha gente por ahí dispuesta a darle una oportunidad, pese a que es una persona culta y habla tres idiomas.


Durante un rato hemos conversando sobre su vida. Hasta los ocho años vivió  en Angola, donde su padre, portugués, era terrateniente y nadaba en la abundancia. Pero entonces llegó la guerra civil y el gobierno les tuvo que sacar del país por la vía rápida, perdiendo todo lo que tenían. Al llegar a Lisboa, su padre les abandonó, y él se crió con su madre y sus hermanas en unas condiciones de vida siempre humildes. Me dice que nunca le perdonará a su padre lo que hizo. Le pregunto si no cree que todo el mundo merece una segunda oportunidad, y, tras una pausa de unos segundos, me contesta que sí, pero que en cualquier caso tendrá que ser su padre quien se acerque a él y le pida perdón en primer lugar. Le he deseado suerte y le he dado algo de dinero para que coma un menú y compre un billete de autobús a Huesca. Al escribir esto me queda la duda de si el lisboeta Mario estará ya en la capital oscense o tirado en la barra del primer bar que haya encontrado. Lo que haya decidido estará bien. En sus circunstancias, yo seguramente me habría decantado por refrescar el gaznate y preocuparme mañana por cómo demonios llego hasta Huesca...





La verdad que ha merecido la pena dar el rodeo y ver la voz de Foz de Lumbier, un cañón excavado en la roca por el río Irati y al que accedes tras adentrarte en un par de cuevas por las que durante 100 metros no ves ni un pijo. En lo alto del cañón, además, es visible una numerosa colonia de buitres que revolotean por ahí. La pega, que entre pitos y flautas se me ha pasado la mañana y aún me quedaban 17 kilómetros para llegar a Izco.



Los siguientes 10 kilómetros los he hecho a buen ritmo, y sólo me he cruzado con un vecino de Lumbier, que me ha acompañado de manera muy amable hasta donde debía retomar el camino. Al llegar a Aldunate, un pequeño pueblo de caseríos, me he vuelto a perder, y gracias a que en una de las casas había casualmente gente, porque si no me hubiera desviado bastante del trayecto para llegar a Izco. Se trataba de Alfredo y su mujer, oriunda de Nueva York, quienes estaban terminando de comer junto con dos amigas de Singapur, pero residentes en Australia, que habían venido a visitarles. He disfrutado durante media hora de su amable hospitalidad y me han contado, que tras unos años en Estados Unidos, vinieron a España, y que puestos a vivir en una gran ciudad, decidieron instalarse en un pueblo donde no vivirán más de 20 personas de manera permanente. Me han obsequiado con una naranja, de la que he dado buena cuenta un par de kilómetros después, mientras contemplaba las cumbres nevadas de los Pirineos, y he llegado a mi destino a eso de las 5 de la tarde.

En el albergue de Izco me he encontrado a Günter y a los "Violentos de Kelly" que, según me han dicho, habían llegado hace un buen rato. Günter me ha dado un abrazo que casi me descompone las vértebras y me ha dicho que ya empezaba a estar preocupado por mi. Le he aconsejado que más que preocuparse por mi debería preocuparse porque no se le quedara pegada la pasta que estaba cocinando, y me ha obsequiado con una de sus carcajadas que me han hecho olvidar por un momento lo cansado que estaba. Günter me ha invitado a unirme a él y a su compatriota Monika, que ya conociera a las afueras de Arrés, para degustar un plato de pasta con tomate, invitación que he declinado amablemente con la excusa de que mi amigo Mikel me vendría en breve a buscar para disfrutar de unos pintxos en la parte vieja de Pamplona...
































jueves, 2 de mayo de 2013

4ª etapa: Ruesta-Sangüesa (23 kilómetros)

La noche anterior me acosté pensando en lo rápido que se le iba a pasar a Günter la morriña como le interpretara una sonata de Mozart en versión ronquido, y lo primero que he hecho al levantarme ha sido preguntarle si había pegado ojo. Para mi tranquilidad me ha dicho que había dormido como un lirón, y que por los ronquidos no me preocupara, porque, al lado de su mujer, yo le había parecido un jilguero. Cada vez me cae mejor este Günter. Como siga así voy a pedir que me lo envuelvan para regalo.

Después de desayunar, y tras acordar que haríamos la etapa juntos, hemos empaquetado nuestras cosas y nos hemos dispuesto para salir. La verdad que entre mi txapela y lo que se ha puesto Günter en la cabeza, no se sabía si íbamos a caminar por el monte o a una fiesta de disfraces. Le he preguntado al austríaco que de dónde ha sacado ese sombrero y me ha dicho que es el de "cocodrilo Dundee", comentario que ha acompañado con una sonora risotada. "Sí, con esas pintas estás igualico que él" - he pensado yo. Menos mal que en los Pirineos no hay cocodrilos, porque si los hubiera me parece que no iban a dejar de Günter ni las raspas...




La primera parte de la etapa ha sido bastante dura. Llovía desde el principio, y pese a que el desnivel no era muy pronunciado, nos hemos chupado cinco kilómetros de subida. A mitad de ascenso, Günter, con gesto grave, ha señalado una marca de herradura en el suelo y me ha dicho, como si yo me hubiera caído de una higuera ayer, que teníamos un caballo delante nuestro. Con la misma seriedad, me he agachado, he tomado un poco de barro del piso entre mis dedos, y le he dicho que hacía cosa de media hora que el caballo había pasado por ahí, a lo que los dos hemos respondido al unísono con una carcajada. Un poco más adelante he divisado un zurullo de vaca descomunal y le he dicho a Günter que ahora le tocaba a él ubicar la posición del animal, pero esto ya no le ha hecho tanta gracia.

La risa de Günter me recuerda mucho a la de un paisano suyo, Arnold Schwarzenegger, en su, para mi, magistral interpretación en Conan el Bárbaro. Creo que aún no tengo la suficiente confianza con él como para comentárselo, pero según cómo transcurran los acontecimientos quizá le mencione el tema. A lo mejor todos los austríacos se ríen así y yo no me he enterado...




Doce kilómetros después de nuestra partida, hemos llegado a Undués de Lerda, el último pueblo aragonés del Camino antes de entrar en Navarra. Hemos parado en el bar del albergue y hemos tomado un pincho de tortilla y un trozo de tarta de chocolate casero que estaba para chuparse los dedos. Günter no ha dejado ni zarrapita. En el bar había un hombre de Sos del Rey Católico que nos ha dado un consejo de utilidad irrefutable, y que a buen seguro nos acompañará hasta Santiago: "vosotros maños, si os perdéis, buscad el tendido eléctrico y seguidlo; iréis de cara o de culo, pero en algún sitio acabaréis".


El resto de etapa ha sido más o menos llana y el paisaje algo monótono. He tenido ocasión de hablar con Günter de lo divino y de lo humano. Le he preguntado por qué está aquí y me ha dicho que porque sentía que el Camino le llamaba. Que quería hacerlo hace tres años, pero que su esposa enfermó y tuvo que suspenderlo. Su mujer se restableció felizmente, y ahora entendía que era el momento de hacerlo. Ella ya lo recorrió en el pasado, y su plan es juntarse con Günter la última semana y llegar juntos a la Plaza del Obradoiro.



En el tramo final nos hemos perdido y nos ha costado un poco encontrar de nuevo el camino. Günter lo ha flipado un poco cuando le he traducido el significado de esta señal con la que nos hemos topado en medio de un prado. Le he dicho que se relaje; que lleva tres días en España y que todavía no ha visto nada...


Llegando a Sangüesa nos han dado alcance los "Violentos de Kelly", que se habían quedado sin dinero y no habían encontrado cajero automático en Undués, el pueblo donde pensaban pasar la noche. Total que se han metido 10 kilómetros más de lo que tenían pensado. Así tiene la espalda Oddball, que dice que la va a tirar a la basura. En el albergue municipal, regentado por la Asociación Aspace, nos ha atendido Nuria, una joven hospitalera que se apaña a las mil maravillas, demostrando que no hay personas con discapacidad, sino personas con diferentes capacidades. Nuria nos ha confesado, fuera de micrófono, que hay algunos peregrinos que son bastante marranos y que lo que más detesta es que dejen las mantas tiradas por el suelo. Tirado por el suelo estaba precisamente Diego, el de las barbas de chivo, que le ha pegado a Nuria un susto de muerte al confundirlo con un perro...



miércoles, 1 de mayo de 2013

3ª etapa: Arrés - Ruesta (30 kilómetros)

No podía dejar Arrés sin despedirme de Alfredo de Zaragoza y Rafael de Calatayud, dos auténticos fenómenos que dedican sus vacaciones y ratos libres a ejercer de voluntarios en albergues de peregrinos. Se conocieron ayer, pero les oyes hablar y parece que se conozcan de toda la vida. Antes de marcharme les he sugerido grabar un breve vídeo para tener un recuerdo de nuestro encuentro, y, a la pregunta: "y qué coño quieres que hagamos", les he respondido que se rieran de la maldita crisis. Sin ningún tipo de guión preestablecido, han estado hablando y riéndose durante un minuto, hasta que Rafael ha dicho aquello de corten pero en fabla aragonesa: "hala, tira a cascarla". La verdad que puestos a improvisar, como parece que hacen nuestros gobernantes, yo me quedo con el paquete de medidas anti-crisis de Alfredo y Rafael...




La bajada desde lo alto del pueblo de Arrés ha sido de nuevo a través de una torrentera que, tras los dos últimos días de lluvia, estaba en pésimas condiciones. Cada zancada ha sido como si la estuviera dando con las botas de un astronauta en la superficie lunar. Tras un par de kilómetros he llegado a una pista forestal de piso uniforme y, un poco más adelante, en un merendero al lado de una granja, me he encontrado con un grupo de peregrinos que estaban haciendo un descanso. Se trataba de una sudafricana que venía desde Lourdes, una austriaca que lo hacía desde el Somport y cuatro catalanes: tres que habían partido desde Montserrat y un cuarto de Sant Boi al que se encontraron por el camino. Uno de los tres de Montserrat guarda un extraordinario parecido con Donald Sutherland en los "Violentos de Kelly", una de mis películas de culto. Y a mi, una persona que se parece a Oddball, como se conoce al actor en el largometraje, no me puede caer mal; así que me he juntado con ellos y hemos reemprendido la marcha. 




A los catalanes hay que verlos. Llevan ya dos semanas en ruta y parecen un grupo de forajidos, como el pelotón protagonista de la película. Es tal la panzada de kilómetros que se van a meter que llevan tienda de campaña, hornillo y hasta latas de comida. Mauro, aunque yo a partir de ahora le llamaré Oddball, me ha comentado que incluso traía a sus dos perros, pero que son de caza y el campo les vuelve locos, por lo que a la altura de Igualada llamó a su madre y a su novia para que fueran a recogerlos, porque estaba ya, en palabras textuales, "hasta las pelotas de ellos". Del frenesí que se traían los perros, y en su intento por mantenerlos a raya, Oddball, ha hecho una contractura en la espalda que lo tiene deslomado. 

Diego es el hermano de Oddball. Es menudo y lleva ya unas barbas de chivo que me gustará ver cuando llegue a Santiago. El tercer componente del grupo es David, auténtico inspirador de este proyecto, y quien me dice que va hasta la capital gallega porque está en paro y le gusta andar. Lamentablemente, al cruzarte con jóvenes españoles en pleno mes de Mayo, ya intuyes que la disponibilidad de tiempo para realizar el Camino la da una situación laboral indeseable. El cuarto en discordia, Jesús, es de Sant Boi pero podía ser de Bilbao tranquilamente. En las dos primeras etapas recorrió más de 100 kilómetros, y cuando se lo encontraron los de Montserrat sus pies eran una ampolla gigante. Es grande, y en apariencia resistente, pero creo que emparejarse con los otros tres le ha venido muy bien para hacer el trayecto con más calma. Tras los primeros días, el Camino te pone en tu sitio y te das cuenta que lo importante es sumar, y que no se puede estar pensando en la meta final, sino en la meta que te marques para ese día.

He dejado a los "Violentos de Kelly" en Artieda, donde iban a pasar la noche, y yo me he adentrado en la Comarca de las Cinco Villas para caminar en solitario los diez últimos kilómetros hasta Ruesta, con el convencimiento de que me volvería a encontrar con estos simpáticos catalanes. 




Hasta el momento todas las etapas han tenido su premio en el tramo final. El de hoy ha sido adentrarse bajo una intensa lluvia en un bosque y caminar en paralelo al pantano de Yesa durante varios kilómetros, disfrutando de paisajes que nada tienen que envidiar a los de otras latitudes. Al llegar a Ruesta, un pueblo abandonado de las Altas Cinco Villas rehabilitado por la CGT, ha cesado la lluvia y, sin pausa, he acudido al albergue para registrarme y darme una merecida ducha de agua caliente.




Tras vestirme, y mientras hacía tiempo para la cena estirando las piernas en la habitación, ha llegado Günter, chorreando agua y exhausto, tras haber recorrido más de 40 kilómetros del tirón. Günter es austríaco y esta noche me toca compartir habitación con él en el albergue. Le estoy tanteando, pero me está dando muy buenas vibraciones. Se le ve buen chaval y con la dosis justa de friquismo como para darle alguna alegría a la afición. Antes de acostarnos, por ejemplo, me ha preguntado si tendría algún inconveniente en que durmiéramos con la ventana abierta, porque según él, es costumbre en su país. Como no podía ser de otra manera, le he contestado que bajo ningún concepto vamos a dormir a cero grados con la ventana abierta, y que si el problema es que echa de menos su Austria natal, antes estoy dispuesto a ver con él "Sonrisas y lágrimas" con subtítulos en alemán, que acceder a sus pretensiones...