lunes, 27 de mayo de 2013

29ª etapa: Cacabelos - O Cebreiro (37 kilómetros)

Ayer por la noche, tras la cena, cayeron otras dos botellas de vino del Bierzo y algunos chupitos de licor de hierbas que quise que los foráneos degustaran. Günther estuvo sembrado, bromista como siempre, y regalando esas carcajadas a lo Conan el Bárbaro que alegrarían a un cortejo fúnebre. En un momento de la velada hice un aparte con él y le pregunté si estaba aprovechando la separación temporal de su esposa para desmelenarse o si el show iba a continuar cuando se juntara con ella en Melide. Él me dijo que ya tendría tiempo de corroborarlo, porque tanto su mujer como él nos invitarían a todos a champán en el Parador cuando llegásemos a Santiago, pero me anticipó para mi tranquilidad, que sí, que cuando está su esposa delante es así siempre o incluso peor.

Viene a colación la ingesta detallada de alcohol para dejar claro que nadie madrugó en exceso. La etapa de hoy promete ser, además de larga, dura. Más dura para unos que para otros, dependiendo de la ruta elegida. Y es que las alternativas que el Camino ofrece, tras Villafranca del Bierzo, son tres. La tradicional, que es llana y relativamente sencilla, hasta los 10 últimos kilómetros de subida a Galicia, y después dos tramos alternativos, uno de ellos conocido como "Camino duro", que ha ido ganando popularidad en los últimos años pero que poco o nada tiene que ver con el trazado histórico. Günther, que se ve con fuerzas, ha optado por el Camino duro y no ha tardado en abandonar Cacabelos. Me hace mucha gracia como pronuncia el austríaco la palabra duro. Lo dice como en dos tiempos, convirtiendo la "r" en "g" y alargando la "o" final: "du-goooo". Yo he bajado tranquilamente a desayunar y ahí me he encontrado con Ruta y con Szilvia, que estaban terminando de hacer lo propio.

Al rato ha aparecido por ahí el americano Zach y enseguida he buscado su mirada de complicidad para que me confirmase si se había obrado el milagro. Él ha torcido el morro para hacerme entender que ni siquiera el enema ha sido suficiente para solucionar el problema. Un poco después, cuando nos hemos quedado solos, me ha confirmado los peores augurios y me ha dicho que se va a quedar tranquilo en Cacabelos un rato más, porque, pese a lo limitado de su castellano, cree entender lo que significa el nombre del pueblo y está convencido de que de un lugar con un nombre tan inspirador, no se puede ir sin hacer los deberes. La verdad que al americano no se le puede negar que se toma las cosas con sentido del humor. Lo he dejado en la frutería comprando ciruelas y un par de kiwis, y antes de salir le he dicho que mantendré el móvil encendido, incluso por las noches, y que no dude en llamarme si la situación empeora o si experimenta alguno de los síntomas a los que mi hermana dijo ayer que había que prestar especial atención y, llegado el caso, acudir cagando leches, nunca mejor dicho, a un hospital en busca de asistencia médica: vómitos, dolor abdominal o rigidez en esa misma región del cuerpo.


Antes de dejar atrás Cacabelos, me he encontrado con Michael, el joven de Boston, y juntos hemos recorrido el trayecto entre viñedos de ocho kilómetros que nos separaba hasta Villafranca del Bierzo. Michael me ha estado contando que fue aceptado en una de las mejores universidades americanas hace un par de años, pero que ha decidido dejarlo e irse de Washington, que es donde está radicada la Universidad. Que está harto del ambiente de competitividad insana que tiene a su alrededor, y que en su facultad, por buena que sea, no se puede discrepar y que lo que se lleva es el pensamiento único y comerse con patatas lo que te quiera contar un profesor. Él quiere otra cosa en su vida. La verdad que pese a su juventud, Michael parece tener las cosas bastante claras, y no he podido hacer más que, por propia experiencia, animarle a seguir los dictados de su interior y no los que le dicten los demás. 

En Villafranca del Bierzo, a la altura de la Iglesia de Santiago, nos hemos encontrado con Ruta y Szilvia. Después hemos descendido hacia el casco histórico para tomar el primer tentempié de la jornada. En el bar donde hemos parado, había un hombre de unos cuarenta y pico años ayudándose para caminar de un niño de unos diez. Creo que otras personas con las que me he encontrado en el Camino me han hablado de esta pareja. Si son los mismos, que por las cicatrices del padre en el cuero cabelludo creo que sí, se trataría de un australiano que padece un tumor cerebral incurable, según los médicos, y su hijo. Desconozco si viajan movidos por la fe en que el Apóstol le sane o simplemente porque no quiere irse de este mundo sin hacer este viaje con su primogénito. La verdad que aquí se ven unas cosas ante las que cuesta mostrarse indiferente. Es imposible no relativizar los problemas de uno, sobre todo los que tienen solución, cuando a tu lado caminan personas como el australiano. Por no hablar del papelón del chaval, recorriendo esta senda durante los que seguramente, y ojalá me equivoque, serán los últimos días de su padre en este mundo.


Tras el breve piscolabis, me he despedido de Michael, que quería probarse también en el "Camino duro", y he recorrido brevemente las calles de este precioso municipio berciano en el que ya se empiezan a escuchar algunas voces en gallego. Después, he reemprendido la marcha de nuevo. La verdad que hoy estoy caminando de muy buen humor. Si las cosas no se tuercen y los pies me respetan, hoy llegaré por fin a Galicia. Parece que fue ayer cuando partí desde aquel edificio de apartamentos de la estación de Canfranc, en cuya construcción participé hace doce años, y ya ha pasado un mes. Un mes en el que me han pasado infinidad de cosas. Un mes que me parecía un mundo cuando inicié esta peregrinación y ahora tengo la sensación de que se me va a hacer corto. De que cuando llegue a Santiago, no voy a querer que todo esto termine...



Durante casi los quince kilómetros siguientes he alternado tramos en los que caminaba sólo, y otros en los que lo hacía con Ruta o con Szilvia, en animada conversación. En la Portela de Valcarce, Ruta ha querido detenerse para preguntar si había alojamiento en el albergue. El dolor en el empeine de su pie la está matando y ha decidido dar la etapa de hoy por concluida. Lamentablemente le han dicho que no hay plazas y que tendrá que probar suerte en el siguiente pueblo, que está más o menos a un kilómetro. Ruta ha dicho que un kilómetro se lo puede permitir, pero que así y todo se queda en el pueblo a descansar. Szilvia se ha quedado con ella y yo he decidido seguir, ya que había recibido un mensaje de Günther, en el que el austríaco, que es más majo que las pesetas, me decía que quería entrar en Galicia con su primer "Camino friend" y que me esperaba en Vega de Valcarce, a tres kilómetros de distancia de donde nos encontrábamos en ese momento. Al llegar a Ambasmestas, un precioso pueblito situado en un valle en el que confluyen los ríos Valcarce y Balboa, le he mandado un mensaje a Ruta para decirle que hiciera el esfuerzo y pasara la noche en este remanso de paz.



En Vega me esperaba Günther, quien me ha dado un abrazo de los que acostumbra él y que te dejan las vértebras tiritando. He llegado un poco justo y con un leve tirón en el gemelo, y le he pedido que ante la subida que teníamos por delante, me dejara descansar un rato, algo a lo que el austríaco no ha puesto ninguna objeción, pese a que corríamos el riesgo de que se nos echase la tarde encima. Al poco de llegar a Vega ha aparecido la húngara Szilvia, quien también ha manifestado su deseo de animarse a subir a O'Cebreiro con nosotros. La ascensión ha sido espectacular. Dura, pero más por el trazado en sí, por los kilómetros que llevábamos ya en el día de hoy. Pero la recompensa ha merecido la pena. Las vistas son espectaculares, y la tranquilidad que hemos experimentado en el trayecto, hacía tiempo que no la sentía. Hemos acertado, sin duda, subiendo a última hora de la tarde, sin nadie más en el camino y cuando el sol ya descendía para ocultarse entre los montes que nos rodeaban. El componente emocional de ascender sabiendo que nos íbamos a adentrar en la tierra donde reposan los restos del Apóstol, estaba muy presente, y ha sido un momento muy especial, de los que a buen seguro guardaré como oro en paño. 


Aparte de especial, la subida ha sido muy divertida. Günther y un servidor tenemos una gran sintonía y nos hemos pasado todo el trayecto haciendo bromas. Yo ya había experimentado, que cuando nos elevamos un poco sobre el terreno, él siente la obligación de hacer notar que es austríaco y que la montaña es su medio natural. En la subida a O'Cebreiro no podía dejar pasar la oportunidad de volver a reivindicarse como el Hombre de las Nieves, y en un momento dado se ha detenido a otear muy fijamente el horizonte, para a continuación decirnos que nos diéramos prisa porque esas nubes que se veían a la izquierda venían en nuestra dirección, y con muy malas intenciones. Me he quedado mirándole con cara de ir a decirle, "te lo estás inventando, ¿verdad?, y él me ha devuelto la mirada y tras un par de segundos me ha dicho muy serio: "huelo la humedad; va a llover". Yo he asentido con poco convencimiento, pero teniendo la certeza en mi interior de que esa no era la predicción ni de coña. No tengo ni puta idea de metereología, pero no soplaba viento, y de esas nubes no parecía estar cayendo agua en la localización en la que estaban.Y además, no nos encontrábamos tan lejos de la cima, por lo que con suerte podríamos llegar sin mojarnos. 


A sólo un par de kilómetros de O'Cebreiro hemos alcanzado el mojón que señala la entrada en Galicia, y nos hemos abrazado llenos de júbilo. Hemos aprovechado también para hacer algunas fotos con las que ilustrar el momento. Un poco antes de llegar al citado mojón, y antes de adentrarnos en el primer pueblo gallego, unas nubes más oscuras que las de antes, pareciera que se nos echaran literalmente encima, pero Günther ha sugerido que estuviéramos tranquilos porque era poco probable que descargaran agua. Yo, ni corto ni perezoso, he aprovechado para dejar la mochila en el suelo, buscar el chubasquero y colocármelo después, algo que les ha hecho muchas gracia a los dos. Bueno, a Szilvia más que a Günther, para qué nos vamos a engañar. A escasos trescientos metros del pueblo, el austríaco se ha detenido un segundo y nos ha preguntado si escuchábamos algo. Hemos respondido que no y él ha vuelto a insistir si estábamos seguros. "Sí, ¿no lo escucháis? ¡Es una botella de vino que nos está llamando!" - sentencia que ha acompañado de una de sus habituales risotadas. La verdad que se agradece el sentido del humor de Günther y desde luego su generosidad, de la que hace gala siempre que tiene ocasión.

Eran casi las nueve de la noche cuando hemos hecho acto de presencia en las calles del pueblo. Un grupo de peregrinos, que daban un paseo después de cenar, se han sorprendido de vernos llegar tan tarde y nos han aplaudido en señal de reconocimiento. Los albergues estaban completos y hemos tenido que buscar alojamiento en alguna de las casas de piedra rehabilitadas y que son utilizadas como posadas para peregrinos. En una de ellas, he preguntado si tenían camas y un señor muy serio me ha dicho que sí, pero que estaban ocupadas. Ya me he enterado de lo que es la retranca gallega, y la verdad que tampoco es que me haya hecho tanta gracia. Imagino que llevar casi doce horas caminando para que te venga alguien a decir semejante soplapollez no habrá ayudado. Finalmente una buena mujer nos ha dicho que en su casa tenía disponibilidad y ahí que nos hemos instalado. Tras la acostumbrada ducha caliente, y al salir a la calle para cenar, nos han sorprendido esas nubes que anunciaba nuestro meteorólogo austríaco que pasarían de largo, descargando sobre nuestras cabezas un persistente aguacero. No he podido dejar pasar la oportunidad de preguntarle a Günther qué había pasado con su predicción, y él dándome una palmada en la espalda, como si me hubiera caído del guindo ayer, me ha dicho que no me dé mal, que es una nube pasajera y que mañana volverá a salir el sol...


domingo, 26 de mayo de 2013

28ª etapa: Molinaseca - Cacabelos (23 kilómetros)


Esta mañana me he levantado hecho una piltrafa. Esa bajada de ayer hacia Molinaseca, en la que tenía que ir frenando constantemente para no estozolarme, me dejó molido. Pese a ello no he podido estar mucho rato más en la cama. La mayoría de los días me despierto antes de que suene el despertador. Tengo el cuerpo tan en tensión, que me cuesta dormirme, y por las mañanas me desvelo antes de hora. No sé si la tensión es sólo física, o también emocional, por la cantidad de experiencias que estoy acumulando y también porque dedico bastante tiempo a caminar sólo y darle a la pelota.

En uno de los bares más próximos al hotel me he encontrado con Tim, un americano de Kansas City al que había conocido brevemente en León. Se estaba tomando un pintxo de tortilla y un café con leche, y le he preguntado si le importaba que me sentara con él. Tim me ha contado que trabajaba para IBM, y que estaba algo cansado del curro, por lo que a principios del año pasado, cuando la compañía comenzó a despedir gente, él levantó la mano y le dijo al jefe, con el que tenía muy buena relación, que si necesitaban voluntarios para ir al paredón contaran con él. Hizo el petate y se fue a recorrer el sudeste asiático, y ahora, antes de regresar a los Estados Unidos, había decidido concluir su año sabático realizando el Camino de Santiago. La misma trayectoria vital que pretendo llevar yo, casualidades de la vida, pero a la inversa, comenzando por el Camino de Santiago y continuando con Asia. Al escuchar mis planes de futuro, Tim ha manifestado sentir cierta envidia sana por la aventura que yo inicio y que él está a punto de terminar.

Me he despedido de Tim y al ir a recoger mis cosas de la habitación, me he topado de bruces con Zach, Ruta y Szilvia que cruzaban el pueblo a paso ligero. Zach me ha comentado que Michael terminó ayer en el Acebo, como ellos, pero que han perdido a Hilly, quien acusa cada vez más la deshidratación provocada por la gastroenteritis y necesita descansar. He quedado con ellos tres que intentaría darles alcance en Ponferrada. Tras empaquetar mis cosas, he puesto rumbo a la capital del Bierzo. Antes de abandonar Molinaseca me he detenido en una frutería para comprar algo para el camino. El tendero estaba fuera y su mujer dentro atendiendo. Él me ha contado que cuando puede se escapa del mostrador y sale a la calle para ver peregrinas y lanzarles algún piropo. Y que a cada rato su mujer le pega un grito y vuelve, y que así se le pasan los días, que si no serían muy aburridos.


Antes de llegar a Ponferrada hay un pequeño campo de vuelo para aviones y helicópteros por control remoto. No me lo estoy inventando. Como los coches de toda la vida, pero aparatos que vuelan. Y ahí había una docena de friquis echando la mañana de Domingo con sus locos cacharros. En Ponferrada me he reunido con Zach y con la lituana Ruta y la húngara Szilvia. Hemos visitado brevemente el castillo y alguna de las iglesias más representativas de la ciudad y, tras parar en una farmacia para que Ruta comprara algo para aliviar el dolor en sus maltrechos pies, hemos reemprendido la marcha. Para salir de la ciudad nos ha orientado un paisano muy simpático, Rogelio, "de aquí de toda la vida", del que casi no nos despedimos de las ganas que tenía de hablar. A las afueras de Ponferrada me he acordado de Günther al pasar por delante del Museo de la Energía. Pese a que creo que ésta no es la energía que él anda buscando, me he preguntado si el austríaco habría rendido cumplida visita al lugar.


El resto de la etapa la hemos ido alternando, en unas ocasiones caminando juntos los cuatro y en otras cada cual a su ritmo, que evidentemente son distintos. Hay grupos que se forman en el Camino en los que parece que la gente tiene que ir de la manita hasta para ir al baño. Son grupos en los que luego hay tensiones, porque evidentemente es muy complicado poner de acuerdo a varias personas adultas y de ambos sexos, que además se acaban de conocer. Esto se da más entre españoles, la verdad. El guiri que viene aquí es más independiente, va a su aire y no se ofende si de repente le dices que te adelantas un poco o que te paras, porque te apetece o porque quieres estar sólo. Creo que en España no nos gustan las ovejas que se apartan del rebaño, no les vaya a ir mejor que a nosotros, y nosotros aquí con estos pelos. Las ovejicas tienen que ir todas juntas y las tiene que guiar un pastor, ante el que hay que agachar las orejas cuando nos atiza con la vara. Así funcionan los rebaños, aunque afortunadamente cada vez hay más ovejas que se animan a pensar por su cuenta y se van por donde más les conviene, sin atender a lo establecido, a "lo que toca" o a lo políticamente correcto.

Habremos llegado a Cacabelos a media tarde. Günther me ha enviado un mensaje para decirme el hostal en el que se aloja con los alemanes Bruno y Alexandra y nos hemos dirigido hacia ahí. Hemos reservado habitación y hemos quedado en vernos en la pulpería del hostal una hora más tarde. Al acudir puntual a la cita, me he encontrado con Zach, que ya estaba esperando tomando un vaso de zumo de naranja. Parecía serio y le he preguntado si todo estaba bien. Él me ha contestado que no del todo. Que lleva unos días sin visitar al señor Roca y que empieza a estar algo preocupado. Pese a que por fortuna este problema me es ajeno, incluso cuando viajo, he intentado tranquilizar al americano de Kentucky diciéndole que estas cosas son normales, y he querido ponerle el ejemplo extremo de un amigo mío que acostumbra a sacar la basura una vez por semana. No me ha parecido atisbar en el rostro de Zach ninguna señal de relajación y le he pedido que precisara que qué entiende él "por llevar unos días sin ir al baño". Se ha removido incómodo en el taburete y me ha dicho, dando un poco de rodeo, que bueno, que desde que salió de Estados Unidos, hace casi un mes, solamente ha ido una vez, que fue en Burgos y que además tampoco fue como para tirar cohetes. Me ha dicho también que ha decidido dejar de comer y que lleva ya 24 horas a base de zumos de fruta. Yo le he contestado, pensando en la cantidad de cosas que le he visto meterse al buche desde que le conocí, hace ya una semana, que me parece una decisión muy acertada. Y le he pedido además que me diera un minuto para llamar a alguna de mis hermanas, que son médicos.

Al igual que mi padre, dos de mis hermanas, aparte de muy guapas, son unas doctoras excelentes. Pero son algo diferentes en cuanto a manera de ver las cosas y aproximación a la medicina. Una de ellas, es de la escuela conservadora, en el sentido de no amputar a las primeras de cambio o recetar medicamentos porque sí. Es más cercana a la medicina natural, y piensa que muchas dolencias están relacionadas con la psique, que se pierde poco tiempo con los pacientes, y que habría que hablar más con ellos porque muchas de esas dolencias son manifestaciones somáticas de un conflicto interno sin solucionar. En este caso concreto, ella diría que si no había otra sintomatología que pudiera hacernos pensar que estábamos ante algo más grave, al americano había que dejarlo a su aire, hablar poco del tema y él ya haría lo que tuviera que hacer. Mi otra hermana es de la escuela expeditiva, y cree que hay que dejarse de zarandajas y solucionar el problema que tenemos delante. Y si aquí el problema es que el americano no caga, pues hay que conseguir que cague o abrirle en canal y sacarle la mierda a paladas. Estoy exagerando, se entiende, pero creo que el ejemplo vale para darnos cuenta de que son dos personalidades distintas.

He visto a Zach asustado con el tema y he creído que un consejo médico un poco más zen iba a venirnos mejor, por lo que he llamado a la doctora naturista. Por suerte o por desgracia, no me ha cogido el teléfono y he optado por llamar a mi otra hermana. Le he puesto los datos encima de la mesa y, como vaticinaba, su respuesta ha sido que había que utilizar la artillería pesada: "enema casen", han sido sus palabras. A fin de no acojonar de entrada al americano tras las primera llamada, le he dicho a mi hermana si no sería mejor seguir con laxantes, que Zach ya me había confesado que tomaba desde ayer, con los zumos y ciruelas, y ya después optar por el mal trago del enema si en un tiempo razonable no pasaba nada. Su respuesta ha sido contundente: "los laxantes, si lleva esa burrada de días sin ir son como si se toma un sugus de piña; enema casen Javier, házme caso". Tras colgar he vuelto al bar y Zach me ha preguntado con una sonrisa forzada si se iba a morir. Yo le he contestado que no, y que en todo caso quien se moriría sería la señora de la limpieza cuando consiguiéramos sacar todo eso que lleva ahí dentro. Siguiendo las instrucciones de mi hermana hemos ido a la farmacia y hemos adquirido el producto, confiados en que todo quedaría en un pequeño susto. De vuelta a la pulpería, donde habíamos quedado con el resto, Zach me ha dicho que se retiraba a su habitación y me ha pedido que presentara sus excusas y también que me inventara un dolor pero que no diera muchos detalles de un tema, que le resulta al americano, algo embarazoso. Lógico y normal. Le he dicho que no se preocupara que le guardaba momentáneamente el secreto, pero que estaba escribiendo un diario de mi viaje y que allí se sabría todo. "Bueno, esperemos que todo acabe en una historia feliz de la que podamos reírnos cuando leamos tu diario" - me ha respondido él.

La cena ha estado bastante bien. Básicamente ha consistido en raciones de pulpo que estaba para chuparse los dedos, lacón y ensalada mixta, todo ello regado con vino del Bierzo, complemento perfecto para olvidarse de los rigores de etapas pasadas y disfrutar de buena compañía. Además de Günther, los alemanes Bruno y Alex, la lituana Ruta y la húngara Szilvia, nos ha acompañado otro alemán, Matías, al que sus compatriotas se han encontrado en la etapa de hoy. Es rubio, alto y delgado y la verdad que aunque no nos hubieran dicho que era alemán, prácticamente lo hubiéramos adivinado. Siempre que el vino hace su efecto y se coge algo más de confianza, llega el momento de las confesiones y la gente siente curiosidad por averiguar qué le ha traído a cada uno aquí. Yo siempre repito la misma cantinela, sin dar excesivos detalles, que considero muy personales. Y siempre pregunto también qué ha traído a otros hasta aquí, porque entiendo que el que hace la pregunta tiene igualmente intención de contarte sus motivos. A Bruno le ha costado reprimir las lágrimas cuando nos ha contado que hace diez años su mujer le dejó por otro y que al poco tuvo un infarto masivo que casi se lo lleva al otro barrio. Es increíble el buen aspecto que tiene y lo bien que está aguantando los kilómetros que llevamos ya entre pecho y espalda, pese a aquél serio problema de salud. Cuando le ha tocado el turno a Matías, me ha dicho que si le acompañaba fuera a fumar un cigarro me contaba sus motivos. Yo le he contestado que no fumo, pero que le acompañaba gustoso.



Ya en la calle, y con algo de misterio, Matías me ha confesado que es adicto a las drogas y que vino a hacer el Camino de Santiago como una forma de terapia, y también para encontrar la fuerza necesaria para dejarlo. Me ha pedido disculpas por sacarme de la cena. Me ha dicho que no lo quiere ir contando por ahí, pero al mismo tiempo necesitaba contárselo a alguien y que por algún extraño motivo que a mi se me escapa, pensó que yo sería la persona indicada para escucharle. El alemán me cae bien, es una persona que está peleando por superar algo y además está fumando Ducados. Y a mi los fumadores de tabaco negro me merecen un respeto. Me ha contado también que en un plazo de dos años perdió a sus padres por culpa del cáncer y que está solo. Es hijo único y tampoco se puede decir que tenga grandes amigos, fuera de lo que no sean colegas de juergas o de trapicheo, que no van más que a la suya. Otra de las razones por las que decidió hacer el Camino de Santiago es porque creyó que aquí encontraría la fe para creer que algún día volverá a ver a sus padres, porque le cuesta vivir pensando en lo contrario. Hace unos días, cuando Matías llegó a León, se hartó de todo y cogió un tren a Madrid. Lo único que quería era mandar todo a la mierda, volver a Alemania, y fumar maría hasta quedarse colgado y no saber ni cómo se llamaba. Al llegar a Madrid, comenzó a sentirse mal por haber dejado el Camino. Algo dentro de él le decía que no podía abandonar. Creyó que si lo dejaba y no llegaba a Santiago, nunca sería capaz de dejar las drogas, nunca sería capaz de terminar algo que realmente mereciera la pena en su vida.

No sé por qué se me ha ocurrido decirle esto a Matías, quizá la conversación se estaba poniendo existencial y eso me ha empujado a hacerlo, pero lo cierto es que le he preguntado al alemán si no había considerado la posibilidad de que, donde quiera que estén sus padres, le envían esa fuerza necesaria para seguir. Que ese malestar interior que sentía tras arrojar la toalla no era sino las palabras de unos padres que ya no están, pero que si estuvieran le animarían a continuar, a llegar a Santiago y a dejar las drogas. Matías se me ha quedado mirando muy fijamente y me ha preguntado muy serio si creo de verdad que eso es posible. Yo le he contestado que no. Que no tengo la certeza de que eso sea posible, como tampoco la tengo de que vuelva a ver a sus padres. Pero que creo que se trata de crear momentos, y si pensarlo le hace sentir bien, llevar de mejor manera que sus padres ya no están físicamente con él, y seguir en la brecha, por qué no convencerse de ello, por qué no creer ya, sin esperar a caerse de un caballo, o que un haz cegador le muestre la verdad. Por qué no creer que sus padres desde algún lugar, al que él acudirá un día, le envían la fuerza necesaria para llegar hasta Santiago. Matías se ha quedado unos segundos en silencio, y después, con una media sonrisa, me ha dicho que sí, que por qué no creerlo. Yo mismo me he quedado un poco sorprendido de mis palabras a Matías, y he pensado, si no sería en mi caso también, alguien cercano a quien perdí de repente, precisamente cuando se encontraba de viaje a Santiago, quien me esté guiando hacia aquel lugar. Sí, por qué no pensarlo si me hace sentir bien. Aunque sea algo con poca lógica, aunque no tenga manera de comprobar si es cierto...




Cuando hemos vuelto al comedor, Günther ha hecho la típica bromita de tararear la tonadilla de "tariro-tariro" como si el alemán y yo viniéramos de hacer manitas de la calle. Está claro que el vino de El Bierzo está cumpliendo su papel. Yo, ni corto ni perezoso, he hecho un amago de que me quitaba la camiseta, enseñando a los presentes mi curva de la felicidad. Matías me ha pedido que no me cortase y que siguiese con el espectáculo y yo me he acercado a su oído para decirle "Habitación 315", algo que ha provocado una sonora carcajada en el alemán. Como comentaba ayer, cómo debe de estar el humor en Alemania para que estos mozos se lo estén pasando tan bien conmigo...


sábado, 25 de mayo de 2013

27ª etapa: El Ganso - Molinaseca (35 kilómetros)


No se puede tener todo en esta vida; si bien la buhardilla en la que nos hemos acostado nos ha permitido librarnos del rumor que producen una docena de personas roncando al alimón, su ubicación, encima de la sala de estar donde se sirven los desayunos, ha hecho que nuestras horas de sueño se hayan reducido considerablemente. La culpa habría que atribuírsela fundamentalmente a un raro espécimen, que vive al otro lado de los Pirineos y que tiene la extraña manía de despertarse antes que los propios gallos. Con razón el animalito en cuestión es uno de sus símbolos nacionales más queridos. La etapa de hoy promete ser dura y el día caluroso, por lo que mejor no quedarse retozando en la cama demasiado, pero es que lo de estos tíos, y tías, es exagerao.


He intentado apurar en la cama lo máximo posible y he bajado a ducharme el último. Después hemos desayunado algo de pan con mermelada, café con leche y galletas. Hilly, la chica de Boston, ha optado por el té para combatir la inoportuna gastroenteritis que le viene haciendo la puñeta desde hace un par de días. Me gusta la espontaneidad de muchos norteamericanos, y Hilly no es una excepción. Le encantan las galletas María y, mientras desayunábamos, la manera que ha encontrado de expresarlo ha sido ponerse muy seria mirando una que previamente había mordisqueado y exclamar: "I want María cookies every day in my life!".

He comenzado la etapa con ella y hemos estado un buen rato conversando. Como diría un aragonés de pro: “la Hilly es más maja que el copom”, terminado en m, para darle más énfasis. En Rabanal del Camino, diez kilómetros después de nuestra partida, hemos hecho la primera parada para reponer fuerzas. Ella, aún deshidratada por culpa de la gastroenteritis, ha decidido quedarse un rato más en el pueblo con Zach y Michael, y yo he reemprendido la marcha en solitario para afrontar el alto de Foncebadón y la Cruz de Ferro, según las guías, dos de las subidas más duras del Camino de Santiago.
Sin desmerecer cierto grado de dificultad en la ascensión, más por lo continuado, que por el desnivel, creo humildemente que cuando llevas tantos kilómetros en tus piernas, estas subidas no son para tanto. No es como ir a por tabaco a la esquina, pero tampoco tan fiero el león como lo pintan. Imagino que las advertencias irán dirigidas mayormente hacia aquellos que hayan iniciado su Camino en León, y éste sea el primer repecho importante con el que se vayan a topar.

En el trayecto he adelantado a Óscar, el peregrino al que los médicos dijeron que nunca volvería a caminar, y le he dado una cinta de la Virgen del Pilar que tenía pendiente regalarle. Estaba haciendo un descanso y me ha dicho que siguiera tranquilo, que él esta etapa se la va a tomar con calma. 

Un poco más adelante me he orillado al lado de unos arbustos en busca de un poco de intimidad para comerme un plátano. No hay razón por la que un hombre deba privarse de esta fuente de energía natural, ni de sus propiedades vitamínicas, ni renunciar a su fuente de potasio, mano de santo para las resacas. Pero creo humildemente que un plátano hay que comérselo en la privacidad del hogar, o, si no queda otro remedio, oculto entre las sombras. No es plato de gusto para nadie ver a un hombre hecho y derecho meterse un plátano en la boca. Con profusion, a dos carrillos, dejando tropezones en la comisura de los labios. Comerse un plátano es un acto que un hombre debe acometer con la mayor diligencia y suma discreción. Y en medio de la faena, no hay que molestarlo. Lo contrario a lo que ha hecho conmigo un plasta de Bilbao, al que tenía catalogado de otra etapas como el “Tonetti” del Camino, en homenaje al inolvidable payaso cántabro, y que me ha pegado un susto de muerte al plantarse sigilosamente a mi lado y casi susurrarme: “Parece que necesitas ayuda”... 

Un par de kilómetros antes de llegar a la Cruz de Ferro, he tomado una piedra del piso para dejarla, como manda la tradición, en el montículo formado por miles de ellas depositadas previamente por otros tantos peregrinos. La llegada a la Cruz ha sido emotiva, no lo voy a negar. Ahí, aparte de todas aquellas pequeñas piedras simbolizando las ilusiones y deseos de cantidad de personas procedentes de todo el mundo, también abundan fotos de seres queridos que pasaron a mejor vida y recuerdos de infinidad de lugares distintos. Yo he cumplido con el ritual, y tras anudar una cinta de la Virgen del Pilar a la cruz, junto a un cachirulo que ya estaba ahí, me he retirado ligeramente para dar paso a otros peregrinos y descansar un rato.


Como se suele decir, muchas veces todo marcha sobre ruedas hasta que llega algún gilipollas y la caga. Esta vez el gilipollas ha aparecido en forma de pseudo-equipillo de ciclistas manchegos, sin equipaje y con furgoneta de apoyo, como mandan los cánones, que han llegado esprintando, subiendo al montículo haciendo trompos y desprendiendo piedras que otros, en señal de respeto, habían dejado mucho antes que ellos. Después han tirado las bicis ahí arriba y se han quedado sus buenos diez minutos haciéndose fotos, hablando por el móvil y soltando gansadas, en apariencia muy graciosas por las carcajadas con las que las celebraban. Ah, y jodiendo las instantáneas al resto, que tenían que sacarlas con ellos subidos al montículo, como si aquello fuera el podium de los Campos Elíseos. Les ha faltado repartir autógrafos…



Quien se piense que a recorrer el Camino no vienen mas que ascetas, está profundamente equivocado. Aquí hay de todo, como en la viña del Señor. Y hay un tipo de peregrino, que normalmente va sobre dos ruedas, que tengo bastante calado y que me rompe las pelotas. Es el Peregrino de Competición. La verdad que no hay que ser un experto en la materia para reconocerlo. Pero es que por las dudas el Peregrino de Competición no se esconde, necesita que lo veas, así que no te preocupes, aunque quieras, no te podrás librar de él.

El Peregrino de Competición es el mismo cretino que entra en el vagón del metro arrollándote antes de que salgas tú. El gañán que viene detrás tuyo y ni te mira si le sostienes la puerta para que no se le estampe en las narices. El imbécil al que saludas y no te contesta. Es el mismo soplagaitas que tienes a tu lado en el tren dando voces al teléfono, compartiendo con la humanidad esa importantísima operación que está a punto de cerrarse gracias a él, o ese chascarrillo divertidísimo que protagonizó el siglo pasado y que nos importa a todos tres cojones. Es ése jefe capullo que se cuelga la medalla cuando todo va bien, “menos mal que estoy yo aquí”, y le falta tiempo para señalarte cuando las cosas se tuercen; o ése compañero de trabajo mediocre que no tiene huevos para asumir responsabilidades, pero está esperando como un ave carroñera para arrojarse sobre aquellos que se equivocan. Es ése listo que intenta pasar delante tuyo en una cola como si fueras tonto del culo o te pide que le guardes la vez mientras se va a realizar otras gestiones; el idiota que acelera para no parar en el paso de cebra al tiempo que te muestra sin mirarte la palma de la mano, “tú y tus cosas mundanas pueden esperar, yo no”; el que te daba lecciones financieras cuando las cosas iban viento en popa y ahora la culpa de todo la tienen los demás, cualquiera menos él, que es mu listo.

Al Peregrino de Competición no le llega para correr el Tour de Francia, pero tiene el Camino de Santiago para demostrarnos que es la hostia, que como él hay muy pocos. No le verás pedalear más de una semana, - tiene que regresar enseguida para aburrir al personal con sus hazañas - , ni hablar con la gente ni pararse a ayudar a alguien que no puede dar un paso más ni ceder su sitio en el albergue a cualquiera que esté en peores condiciones. El Peregrino de Competición está aquí en una misión especial, y si no estuviera muy por encima de todas esas tonterías, correría el riesgo de distraerse del objetivo realmente importante de todo esto: él. Ante el Peregrino de Competición debes apartarte. Y si te descuidas te pegará un berrido a ti, despreciable mortal, que con tus cansinos andares estorbas a esta estrella alada en su trayectoria imparable hacia Santiago. El Peregrino de Competición es, a fin de cuentas, un pobre desgraciao que lo único que habrá aprendido tras una semana en el Camino es algo que ya sospechaba: que el mundo funciona gracias a tipos cojonudos como él…

Tras unos minutos de respiración profunda para recuperar la paz interior y una breve charrada con dos paisanos aragoneses, he iniciado en solitario el descenso hacia Manjarín, una aldea abandonada donde mi guía anuncia que sólo hay un pequeño refugio de montaña regentado por unos templarios. Ha sido leer templarios y marcar Manjarín como parada obligada. Sí, un ratico de cháchara con unos templarios perdidos en un pueblo remoto de los montes de León, es lo que necesito en este momento para reconciliarme con el género humano.



Habré llegado media hora después y, como barruntaba, no he quedado decepcionado con lo que ahí me he encontrado. Cuatro casas de piedra medio derruidas y, al lado de la carretera, un poco más adecentadas, un par de viviendas que hacen las veces de tienda-bar y refugio para dormir. Cobijándose del fuerte calor reinante, bebiendo cerveza y fumando, tabaco por las dudas, me he topado con una señora sin dientes, un joven de unos treinta y pico años con barba de varios días y una camiseta con una cruz templaria y un señor de cierta edad con un chaleco de cuero y un sombrero de cowboy. He deducido que la Harley que estaba aparcada a la entrada del pueblo era suya. A los pies de estos tres personajes jugueteaban un perro y un gato en perfecta armonía. Un poco más apartadas, había un par de peregrinas que me han resultado de origen germánico, pese a que no han dicho ni mu. Parecían muy concentradas, no sé muy bien en qué, y en un momento dado he tenido la impresión de que iban a ponerse a levitar antes de que nos diéramos cuenta.

Mi querido amigo austríaco Günther, ya me había advertido que este lugar forma parte de la "Ruta de la Energía", de la que él no se está saltando ninguna estación. Cómo les va a los germánicos todo este rollico esotérico de las energías y demás historias. Yo la verdad que soy bastante escéptico con estas cosas. Recuerdo que en mi visita a Machu Pichu, en Perú, te recomendaban que acercaras tu mano a una especie de roca de la que supuestamente brotaba una fuerza sobrenatural. A mi alrededor la gente cerraba los ojos y alguno parecía que iba a convulsionar en cualquier momento. A mi me temblaba la mano, no lo ocultaré, pero de la resaca que llevaba por culpa de los piscos que me había tomado la noche anterior. Vamos, que no sentí un carajo...

Pese a que antes de llegar barajaba la posibilidad de quedarme en el refugio templario a pasar la noche, tan pronto como sus inquilinos me han informado de que no hay ducha y de que el baño es un agujero en el suelo, en medio de aquel montón de piedras que veía enfrente, he decidido que proseguiría mi camino. He adquirido en el puesto que tienen con recuerdos, un pañuelo con la cruz templaria y el nombre del pueblo impreso, para enviárselo a un amigo mío que se apellida Manjarín. Le he preguntado al joven con barba de varios días si es templario y él se ha echado a reír y me ha respondido que qué me creo, que si esto de ser templario es llegar y besar el santo. Yo la verdad que no sé cuál es el proceso, pero desde luego si que te nombren caballero consiste en aguantar un año sin ducharte y cagando de cuclillas en un agujero en el campo, que no cuenten conmigo. El papel de la señora sin dientes no me ha quedado claro, la verdad; y el del señor del chaleco y el sombrero de cowboy tampoco, ya que me ha confirmado, con un aliento a cerveza que casi me tira al suelo, que él tampoco es caballero templario. Les he preguntado que si no hay caballeros cómo es posible que aquello sea un refugio templario, y ellos me han sacado de dudas hablándome de un tal Tomás, que por lo visto es el que pilota aquello, y que precisamente hoy no está por aquí. Me han contado también que todos los días, a las 11 de la mañana, hay una celebración, presidida por Tomás y asistida por el resto, en la que los peregrinos se encomiendan a los Ángeles custodios.



Me he despedido efusivamente de los aspirantes a Caballero y les he deseado mucha suerte en su empresa, para reemprender a continuación la marcha y acometer siete kilómetros de ligera ascensión primero y dura bajada después hasta el Acebo, a través de torrenteras y terreno pedregoso, que me han dejado las piernas temblando. En el Acebo me he detenido para comer algo y evaluar si me quedaba ahí o continuaba hasta Molinaseca, lugar donde el austríaco Günther me había comunicado por medio de un mensaje que había terminado la etapa y donde me emplazaba a juntarnos para cenar. Desde el albergue me ha saludado con una sonrisa una alemana algo siniestra que viaja acompañada de su hija y que me recuerda a la protagonista de la película Misery, momento en el que he decidido que intentaría seguir hasta Molinaseca.


Tres kilómetros después de el Acebo me he detenido en un merendero a la salida de Riego de Ambrós, porque las fuerzas me empezaban a fallar. Me quedaban casi cinco kilómetros, más o menos una hora adicional a paso ligero, y he pensado si no sería más conveniente quedarse en ese pueblo, pues pese a ser las siete de la tarde, el sol de montaña seguía apretando, ya llevaba en el cuerpo treinta kilómetros de media montaña y estaba lo suficientemente cansado. Reconozco que no es muy sensato insistir en el esfuerzo cuando no tienes ninguna necesidad, pero la imagen del madrileño Óscar, subiendo hacia la Cruz de Ferro como un jabato, y las ganas de ver al austríaco Günther y escuchar de nuevo su sonora risa me han empujado a continuar.


En Molinaseca he buscado un hostal que ofreciera habitaciones individuales donde poder descansar después de esta extenuante jornada. Tras una ducha caliente y los acostumbrados ejercicios de estiramiento, he salido a las calles del pueblo al encuentro de Günther. Lo he encontrado en Casa Ramón, un templo gastronómico donde he disfrutado de una opípara cena y una botella de vino del Bierzo gentileza del austríaco. Nos han acompañado, Alexandra y Bruno, dos alemanes que Günther se ha encontrado en el Camino. Ella es pelirroja y lleva unas trenzas como las de Pipi calzaslargas, y él tendrá unos sesenta años, y es menudo y fibroso. Hemos compartido los avatares de los últimos días, al tiempo que pedíamos una segunda botella de vino. Bruno nos ha estado contando que hace un par de días se le acercó una coreana que no conocía de nada y le preguntó sonriendo si estaba casado. Bruno contestó que no y ella a continuación le preguntó si era homosexual. Bruno, algo intrigado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos, volvió a responder que no y desde ese momento la tuvo pegada como una lapa hasta que consiguió darle esquinazo y acelerar el paso para no volver a encontrársela más. Me ha advertido que tenga cuidado si me la cruzo y yo le he dicho que por qué debería de tener cuidado, si soy heterosexual. La ocurrencia les ha hecho tanta gracia que casi se caen los tres de la silla. Me imagino que el vino habrá hecho lo suyo, pero madre mía cómo está el humor en Alemania.


Günther me ha preguntado si había parado en el refugio templario de Manjarín. La verdad que ya estaba echando en falta la pregunta de marras. Me ha preguntado igualmente si había notado la energía del sitio y le he dicho que sí, que los tres personajes que he visto ahí tiraos bebiendo cerveza tenían la energía suficiente para desplazar el Himalaya. Günther me ha contado que ha madrugado hoy para llegar a tiempo al rito que se celebra todos los días a las once de la mañana y que al llegar ahí se ha encontrado con la decepcionante noticia de que los oficios habían sido suspendidos porque el maestro de ceremonias había tenido que desplazarse a Madrid. Günther les ha debido preguntar a los que estaban ahí si ellos no se valían para tomar la alternativa y al parecer le han respondido que no, que ellos no están capacitados y que sin el Caballero templario no hay celebración que valga. Günther, algo confuso por su condición de foráneo, ha querido saber mi opinión acerca del tema y si yo creía que le habían dicho la verdad o si por el contrario no les apetecía oficiar y le han despachado con excusas peregrinas. Para su tranquilidad, le he dicho a Günther que si los tipos con los que se ha encontrado son los mismos con los que he coincidido yo, puede dormir tranquilo, porque para el único ritual para el que los he visto preparados, es para abrirse una lata de cerveza y bebérsela de un trago...



viernes, 24 de mayo de 2013

26ª etapa: Hospital de Órbigo - El Ganso (32 kilómetros)


Esta mañana he desayunado en Hospital de Órbigo con David, quien me ha acercado en coche desde León hasta este pueblito donde terminé la etapa de ayer. Aquí se organizan unas justas y mercadillos medievales que son bastante famosos en la comarca y que tendrán lugar la semana que viene. Tras el desayuno me he despedido de él, agradeciéndole todas sus atenciones a mi paso por su ciudad y animándole a que no se lo piense mucho y haga el Camino algún día, convencido como estoy de que David es el tipo de persona que disfrutaría la experiencia como un enano.

A la salida de Hospital de Órbigo el Camino ofrece, en su avance hacia Astorga, un par de alternativas: un trayecto en línea recta en paralelo a la carretera nacional, o un desvío un poco más largo que discurre por antiguas aldeas, páramos, algún que otro bosque y extensos campos de cultivo. No me lo he pensado mucho antes de decantarme por la segunda opción.


Entre Santibáñez y Santo Toribio, en una explanada a la que se llega tras una bajada sobre terreno pedregoso bastante complicada, he conocido a David, un catalán de Barcelona que regenta un puesto ambulante al que ha dado en llamar la "Casa de los Dioses". Lo cierto es que si la Casa de los Dioses auténticos es como ésta voy a seguir portándome mal en la Tierra. Aparte del puesto ambulante, una nave abandonada y un camastro que David ha habilitado para su descanso, no hay nada alrededor, y ni siquiera el paisaje en este tramo del Camino es de esos que te dejan sin respiración. He estado un rato hablando con él, en el que me ha contado que un buen día, cansado de una vida que no le llenaba, decidió dejar atrás mujer, dos hijos y un buen trabajo en Barcelona y ponerse a caminar. Entiendo, por lo que me cuenta, que parte de su ralladura tuvo que ver con el consumo de estupefacientes, de los que al parecer se ponía hasta las trancas para mantener su ritmo de vida y una sonrisa postiza que regalar al prójimo. Hizo el Camino varias veces, recorrió la Península y un día, al pasar por aquí, sintió que una fuerza interior le pedía que se quedara donde estamos y se pusiera a servir a los demás. Que fundara la casa de los Dioses y él fuera el mayordomo.


No voy a negar que me he quedado algo ojiplático con las explicaciones de David. He mirado a mi alrededor y viendo aquel secarral he pensado que algo muy malo ha tenido que hacer en su vida anterior para que los Dioses le pidieran que montara el chiringuito aquí y no en la playa de Copacabana. El catalán me parece un tío listo, pero hay cosas de su discurso que no me trago. Todo lo que ofrece en su puesto ambulante es gratis, y así lo remarca insistentemente a todos los peregrinos que le preguntan, pero curiosamente a todo el que pasa de largo sin pararse o toma algo y se va sin pagar, le dedica unas despedidas con algo de desdén: "que tengas una buena vida"; "sigue tu  Camino, no pretendía entretenerte", comentarios que acompaña tocando una campanilla. Karma sí, pero con condiciones. Como el plan que tiene de comprar la nave abandonada, pero con el dinero de los demás. 20,000 euros del ala nada menos. Y te lo suelta después de decirte que para ser feliz tienes que desprenderte de todo lo material, de todas las cadenas que te atan a esta sociedad consumista. No le he querido llevar la contraria a David, pero evidentemente he pensado que para ayudarle a él a comprar esa birria de hangar me monto yo el chiringuito en Copacabana, y rápido además, no vaya a ser que los Dioses me hagan las misma putada que a él y me pidan que me quede en ese agujero.


Merodeando cerca del puesto de David he reconocido a un tío rubio con rastas y una pinta de fumeta que no se aguanta. David me ha dicho que es un danés que se ha quedado aquí para reflexionar; que está un poco confundido y que necesita tiempo en este "remanso de paz". Le he comentado con algo de retranca que a ver si se va a hacer fuerte y luego no lo saca ni con agua caliente, y me ha contestado que él no es quien para decir si puede quedarse y ni por cuantos días. Que él no es más que el mayordomo de la Casa de los Dioses. No he querido decirle nada, pero he pensado que si yo fuera Dios iba a durar bien poco como mayordomo con las pintas que se gasta; y el danés en mi casa ya ni te cuento, que parece que lo han sacado de una cueva. Pese al buen rollo que vende, me ha parecido que la sola mención del danés alteraba un poco a David y tengo la impresión de que en cuanto se vacíe esto de peregrinos lo va a correr a gorrazos y lo va a mandar de vuelta a Christiania, en Copenhague.




Después de estar un rato con él, he de reconocer que David me ha caído simpático. Tengo cierta debilidad por los caraduras con gracia. Me cuesta creer que un ser sobrenatural le haya pedido que esté aquí y yo personalmente creo que está porque le sale de las pelotas. Porque aquí está tranquilo, física y mentalmente recuperado, y lejos de sus miedos, esos mismos que dice él acompañan a muchos peregrinos. "Cuanto más peso llevas en tu mochila, más miedos llevas contigo; el que no tiene miedo viaja ligero". Y mientras tanto, disfruta de la conversación de peregrinos de todo el mundo que le hacen sentir alguien importante, y está bien alimentando con los donativos de la mayoría de la gente. Porque en el puesto de David abundan la fruta fresca, leche de soja, frutos secos y toda una variedad de productos orgánicos. No hace falta ser un lince para percatarse de que con el rollo del donativo en el Camino de Santiago, si tienes algo de marketing, se saca más dinero que poniendo un precio, más si tu público es extranjero, como es el caso en esta época del año.

No entro a juzgar si al personaje se le debe reconocer cierto crédito porque como él dice ha tenido la valentía de romper ciertas cadenas y liberarse. Tampoco sé si sus hijos le aplaudirán el día de mañana por su decisión, eso no es cosa mía. Pero hay algo en su cabeza respecto a sus planes de futuro que no nos cuenta. Vende el discurso de que se ha apartado del mundo para poder ser feliz siguiendo su "llamada", pero a mi no me da la sensación de ser el mismo tipo de persona que Tario, el poeta bilbaíno que conocí en Carrión de los Condes, por poner un ejemplo. Tras un rato conversando sobre estos temas, David ha tomado algo de confianza y me ha dicho que está jugando un papel, que todos lo hacemos, que esto es un gran circo lleno de actores y que él está jugando el suyo en este momento, y no sabe por cuánto tiempo. Y no le falta razón. En eso estoy yo también, la verdad, en elegir el papel de mi vida y a ser posible siendo el protagonista. Pero por simpático que me parezca, y sin pretender meterme en su vida, creo que la película de David ya la he visto y no me apetece mucho participar en ella.

A unos cientos de metros de la "Casa de los Dioses" hay un mirador desde el que se divisa Astorga. Allí me he encontrado a la lituana Ruta y juntos hemos descendido hacia la localidad leonesa. Unos paisanos nos han aconsejado huir de los sitios turísticos de la plaza del Ayuntamiento, y nos han recomendado un sitio de tapas y raciones bastante bueno y de precio razonable, en una de las bocacalles que salen de la plaza. Después de comer me he separado de Ruta, pues ella quería esperar a que abriera la Catedral para echarle un vistazo por dentro y yo he preferido continuar. Después de comer he enviado un mensaje a los americanos Zach, Hilly y Michael y a la húngara Szilvia, emplazándoles a juntarnos en el Ganso, un pueblito de cuatro casas donde mi guía del Camino de Santiago, dice que hay un bar muy peculiar llamado el Cowboy, regentado por un ex-legionario que es todo un personaje. Ante la sola sospecha de que pueda tratarse de otro Elvis del Camino, como el que conocimos en Reliegos, no he dudado en elegir ese destino como final de etapa.


El tramo final no ha sido excesivamente duro, en cuanto a la dificultad del terreno se refiere, pero se me ha hecho largo por la acumulación de kilómetros y el calor reinante. Lo cierto es que la canícula me ha respetado, y salvo momentos puntuales, las temperaturas durante el Camino han sido bastante moderadas. No quiero ni imaginarme lo que deben ser ciertas etapas, sobre todo en la meseta castellana, en los meses de Julio y Agosto. Cuarenta grados y sin una sombra donde cobijarte. Pa´morirse, vamos.

A la entrada de Santa Catalina de Somoza, a cuatro kilómetros de mi destino, me he encontrado con un abuelo con gayata que me ha preguntado si iba a hacer noche en el pueblo. Le he contestado que no y me ha replicado que es una pena, porque el segundo hostal que te encuentras al ingresar en la calle principal es de uno de sus hijos y se está de maravilla. El abuelo me ha confesado también que está en la entrada del pueblo porque todo el mundo va por defecto al primer hostal y su hijo no tiene clientes. Y que esta simple técnica comercial, le ha valido una denuncia por parte del mencionado primer hostal y el pago de una multa de mil euros. Le digo que aquello no me cuadra, que la calle es de todos y que no es delito que él esté allí sugiriendo a los peregrinos que vayan a éste o aquel hostal. El abuelo me ha dado la razón y me ha contado que la denuncia en realidad fue por una pedrada en la cabeza y que el juez se dejó engatusar. "¿Me ves tú a mi con pinta de tirarle a nadie una piedra a la cabeza?" - concluye el abuelo con una medio sonrisa.

Al momento ha llegado un señor pequeñito, de unos sesenta años, calvo, con la nariz muy grande y algo disperso, que le ha pedido al abuelo su bicicleta para ir un momento a casa. Él le ha preguntado si ya ha aprendido a montar y le ha dicho que haga lo que quiera pero que vuelva en un cuarto de hora, que se tiene que marchar él a la suya. El señor pequeñito, que acomodado en el sillín no llegaba al suelo, ha emprendido la marcha y ha estado a punto de arrearse sendos talegazos en los primeros cien metros, pero después ha compuesto el ritmo hasta que lo hemos visto perderse por las calles del pueblo. El abuelo me ha confesado que el señor pequeñito es familiar suyo. Estamos en la Maragatería, comarca entre León y Galicia, de pueblos pequeños y sociedades endogámicas donde la gente no ha salido mucho, así que no me sorprende que sean familia. Seguramente todos los del pueblo estén de una u otra manera emparentados. El abuelo me dice también, con muy buenas palabras, que el señor pequeñito es bastante corto y que hubo una temporada que estuvo ingresado en un psiquiátrico porque decía que veía a la Virgen. Yo le he preguntado al abuelo si no hubiera sido mejor aprovechar el tirón y convertir al pueblo en un lugar de romería antes que encerrarlo en un manicomio, y él, al que le ha hecho bastante gracia la ocurrencia, me ha dicho que no, que el señor pequeñito "es muy corto, muy corto" y nadie se lo hubiera creído...


Habré llegado al Ganso a eso de las siete y media de la tarde. He buscado el albergue en el que había reservado cama para mi y para Zach, Hilly, Michael, Szilvia y Ruta. Por fortuna, el encargado del albergue nos ha colocado a todos juntos en una especie de buhardilla donde no tendremos que compartir el espacio con nadie más, lo que aumenta las posibilidades de poder dormir sin tener que estar despertándose continuamente por los ronquidos de la concurrencia. Tras una ducha he dirigido mis pasos hacia el Bar Cowboy, para tomar una cerveza y esperar a que llegaran el resto. El bar estaba vacío y el camarero, al que enseguida he identificado como el ex-legionario del que hablaba mi guía, no parecía estar de muy buen humor. Me ha despachado sin prestarme mucha atención, ha contestado a mis preguntas con monosílabos y se ha puesto a ver la tele. Una decepción, vaya. Este tipo no me ha parecido ni la sombra de lo que es el Elvis del Camino y he decidido salir a la terraza para disfrutar ahí de mi cerveza.

Diez minutos después ha llegado un peregrino y, al verme en la terraza sólo, me ha saludado y se ha sentado conmigo. Me ha parecido observar que tiene la mano izquierda algo encogida y que anda un pelín raro. Él se ha comido un trozo de empanada gallega, acompañada de una Coca-Cola, y me ha preguntado que desde dónde había iniciado mi peregrinación. Yo le dicho que desde la estación de Canfranc y le he devuelto la pregunta. "Desde la puerta de mi casa" - me ha respondido él. La siguiente pregunta por mi parte ha sido prácticamente inmediata y él me ha dicho que es de Alcobendas, en Madrid. Hasta donde sé el municipio madrileño no está en ninguna de las principales vías reconocidas como Camino de Santiago, y pese a que en realidad la peregrinación, si se quiere respetar la tradición debería hacerse desde la puerta de la casa de cada uno, como la está haciendo Óscar, que así se llama él, no he podido resistirme e indagar en los motivos por los que decidió salir desde ahí y no de Roncesvalles como la mayoría de los mortales que nos acompañan. Su respuesta me ha dejado de piedra: "hace doce años me prometí que si volvía a caminar haría el Camino de Santiago desde la puerta de mi casa".

Hace doce años Óscar, era un empresario de éxito. Tenía cuatro peluquerías en Madrid que funcionaban de maravilla, una pareja a la que quería y viajaba todo el día de aquí para allá intentando expandir su negocio. A sus 27 años tenía todo lo que muchos de sus semejantes desearían para ser feliz. Pero un buen día, mientras hablaba con uno de sus clientes, que afortunadamente era médico y se percató de lo que estaba ocurriendo, sufrió un ictus, provocado por un defecto congénito no detectado por los médicos, pese a que dos meses antes, y al faltarle el aire subiendo unas escaleras, ya había acudido al especialista, al entender que algo no iba bien. Le operaron tres veces, del corazón y de la cabeza, estuvo varios meses en coma y se pasó más de un año en una silla de ruedas, hasta que pudo mantenerse en pie. Olvidó los nombres de las cosas, tuvo que aprender a hablar y a recordar el pasado. Hasta mantener la vista en el interlocutor con el que hablaba era una batalla al principio. En sus propias palabras, un virus se alojó en  su cerebro, y como si fuera un ordenador, hubo que resetear y programar todo desde el principio.



Los médicos le dijeron a Óscar que nunca volvería a caminar, que pasaría el resto de su vida postrado en una silla de ruedas y que precisaría de la ayuda de terceros. Se le han abrillantado un poco los ojos al contarme cómo fue él mismo el que trató de consolar a su madre, que no podía parar de llorar desconsolada, diciéndole que eso que decían los médicos estaba por ver y que él no estaba dispuesto a rendirse ni a bajar los brazos. Su novia no pudo asimilar todo aquello y un buen día Óscar le dijo que lo dejaran, que necesitaba una persona al lado suyo apoyándole al 100% y que no le veía a ella con esa disposición. Nunca más la volvió a ver ni recibió llamadas interesándose por él. Óscar ni le culpa ni le guarda rencor. Al empezar la rehabilitación, uno de los médicos que le trató le dijo que tras sobrevivir al ictus, él formaba parte de una nueva categoría de personas. En aquel momento no entendió bien lo que aquel médico quería decir. Ahora sí que lo entiende. Óscar es una persona sin problemas, como él se define. No puede guardar rencor ni hacer mala sangre. Su mayor preocupación en este mundo es ser feliz haciendo feliz a los que le rodean. La vida para él es un regalo y le da mucha rabia que le tuviera que pasar esto para darse cuenta de lo realmente importante, para formar parte de ésa otra categoría de personas de las que hablaba aquel médico. Óscar está convencido, de que si no hubiera sufrido el nivel de estrés que tenía cuando esto ocurrió y hubiera tenido otra actitud ante las cosas, nada de esto hubiera sucedido.



Óscar me ha confesado que tiene mucha fe en Dios, y que se prometió a sí mismo, que si alguna vez volvía a caminar y podía valerse sin ayuda de otros, haría el Camino de Santiago desde la puerta de su casa. Ya le queda menos. Me ha contado que aún no ha recuperado totalmente la movilidad, y que cuando regrese a Madrid, dedicará todos sus esfuerzos a recuperar la función de su mano izquierda, lo último que le falta. Pero no tiene prisa. Para él, las claves de su recuperación han sido tres palabras: "tiempo, trabajo y constancia", y con ese método que tan buenos resultados le ha dado seguirá peleando. Mientras me contaba todo esto, Óscar se estaba fumando un purito. Le he dicho que imagino que los médicos le desaconsejarán que fume y que incluso les parecerá una locura que se esté pegando esta panzada de caminar, y él me ha respondido con una sonrisa, y señalándome el purito antes de exclamar aquello de: "¡me fumo un puro!". "Como comprenderás, después de haberme dicho que no volvería a caminar, procuro no hacerles ni puto caso" - concluye el bravo madrileño, al que no sé cómo agradecerle la conversación ni sé cómo expresar lo importante que ha sido para mi encontrarme con él hoy aquí y escuchar de primera mano su experiencia.


Óscar se ha retirado a descansar prácticamente al mismo tiempo que llegaban Zach, Hilly y Michael al pueblo, absolutamente reventados tras una agotadora jornada para ellos. Les he agradecido el esfuerzo que han hecho para juntarse con nosotros y que cenemos todos juntos, obsequiándoles con unas botellas de vino, tortilla española y empanada que he comprado para cenar. Tras la cena, se han retirado todos, extenuados como estaban, y me he quedado departiendo con Zach, al tiempo que dejábamos las botellas de vino temblando. La verdad que ha sido bastante emotivo conocer a Óscar y escuchar su historia y tenía la necesidad de compartirla con alguien. Creo que Zach lo ha agradecido, pues como ya me comentó, un, por fortuna, leve percance de salud provocado igualmente por el estrés, fue el que le trajo hasta aquí...

















jueves, 23 de mayo de 2013

25ª etapa: León - Hospital de Órbigo (34 kilómetros)


La etapa de hoy ha sido bien monótona. La salida de León se prolonga en exceso y se atraviesan demasiados núcleos urbanos como para tener la sensación de que estás al aire libre o en medio de la nada. Tan sólo rescataría el último tramo desde San Martín del Camino hasta Hospital de Órbigo, cuyos kilómetros iniciales discurren por un sendero con árboles a los lados. Así, en el Camino, como en el día a día, hay jornadas que suprimirías, pero que tienes que recorrer igualmente para llegar a la meta. A estas alturas, se agradece haber alcanzado un cierto grado de forma física, porque devoras kilómetros sin darte cuenta. Treinta y cuatro de ellos en la primera semana, y más de estas características, hubieran sido mortales de necesidad. Pero cerca del mes andando sin parar, ya tienes la seguridad de que pocas cosas te pueden distraer de tu objetivo final, que no es otro que llegar a Santiago de Compostela.


He caminado la mayor parte del tiempo sólo. No me he encontrado caras conocidas, y además, como mi idea era regresar al final de la etapa a León para abusar una noche más de la hospitalidad de David, no me he entretenido en demasía hablando con otros peregrinos, como suele ser mi costumbre. Como ya he referido con anterioridad, a David lo conocí en Suecia, hace ya unos cuantos años. Aquel año fue fundamental en mi vida. Decidí marcharme a estudiar al extranjero, harto de una vida sin muchas motivaciones y de arrastrarme por las aulas de la Facultad de Económicas de Zaragoza sin demasiado éxito. Estaba bastante atrás en el ranking para elegir plaza, y lo cierto es que albergaba pocas esperanzas de que me tocara una para estudiar en inglés, que era lo que realmente quería para aprender el idioma. Contra todo pronóstico, y pese a que en años precedentes era uno de los primeros destinos solicitados, me tocó en suerte un lugar para ir a Estocolmo. Más de una vez me he preguntado si aquello fue obra del destino. Lo cierto es que gracias a aquella experiencia fuera aprendí inglés y aprobé aquel curso entero. Si no me hubiera armado de valor para pedir un préstamo y marcharme con lo puesto a Suecia, dudo que después me hubiera ido a Belfast sin trabajo y sin dinero y a Londres en las mismas condiciones. Si lo hice, fue porque ya lo había hecho una vez y aquella experiencia me enseñó que con mucha determinación y algo de ingenio, un españolito de a pie puede llegar bastante lejos si se lo propone.



Los inicios no fueron fáciles, claro. Nunca lo son. Mi padre no apoyaba este proyecto, que consideraba la enésima idea feliz de una mente dispersa. Cuando le anuncié que era mi intención irme a Suecia para proseguir mis estudios, papá, con esa sinceridad de la que sólo los aragoneses podemos presumir, me dijo: "pero vamos a ver tontolaba, si no apruebas estudiando en tu propio idioma, cómo pretendes que me crea que lo vas a hacer en uno que no es el tuyo y que además no hablas". La verdad que no pude rebatir la lógica aplastante de mi padre, pues mi historial de fracasos previos y mi desconocimiento de la lengua de Shakespeare, lengua en la que se cursaban las asignaturas del programa internacional de la Universidad de Estocolmo, apuntaban a un naufragio sin paliativos en aguas bálticas. Me compuse como pude tras aquel derechazo dialéctico y le dije, con mucho temple, que la decisión estaba tomada y que si hacía falta me endeudaría o trabajaría allí, que él no se preocupara por nada, que bajo ningún concepto mi decisión provocaría un perjuicio a la economía familiar.

Le dije a mi padre que no se preocupara, pero lo cierto es que yo sí que estaba preocupado. Estaba cagado. Pero el miedo a quedarme en Zaragoza, y no ser capaz de pelear por aquello que yo creía que era lo mejor para mi, era mayor al acojono por marcharme de casa, contraviniendo la voluntad de mi padre, e irme a Suecia a sacarme las castañas del fuego. Así que pedí un préstamo y me lancé a una aventura sin la cuál no habría tenido mi último trabajo, ni tampoco el anterior, ni el primero, ni habría escrito para un periódico, ni hablaría inglés, ni habría conocido a David ni a tantos otros, ni seguramente estaría escribiendo estas líneas, o si las estuviera escribiendo, muchos de los que leen esto y a quienes aprecio, no lo estarían haciendo. En la vida pasan cosas cuando te mueves, cuando caminas. Aunque tus pasos parezcan erráticos, aunque te equivoques, aunque tropieces. Lo importante es seguir caminando. Si optas por el lamento o por bajar los brazos, lo único que pasa es que cada día estás más hundido en el fango, como estaba yo hasta que decidí marcharme a Suecia.



Durante los tres primeros meses en Estocolmo mi nivel de inglés eran tan bajo que no me enteré de nada. En los corros que se formaban con otros estudiantes europeos me reía del primer chiste cuando ya estaban contando el tercero. Recuerdo que la Universidad ofrecía a la llegada la posibilidad de tener un tutor, un estudiante sueco que me ayudaría con los trámites iniciales para encontrar alojamiento e inscribirme en las asignaturas que cursaría después. Normalmente el estudiante que te asignaban hablaba tu misma lengua, con idea de que pudierais hacer intercambio de idiomas. Aquello me pareció muy buena idea, ya que podría practicar inglés con esta persona al tiempo que solventaba los tediosos trámites burocráticos. Jonas, que así se llamaba el sueco que me tocó en suerte, no apareció en ninguno de los momentos en los que hubiera necesitado su ayuda. Menos mal que mi gran amigo Erik, a quien había conocido mientras él hacía su Erasmus en Zaragoza, estuvo pendiente de mi y se ocupó de todo, sino me da que hubiera acabado durmiendo debajo de un puente durante los primeros días. Jonas había estado el semestre anterior estudiando en Granada y enseguida lo calé: quería un profesor gratis de español. Menos mal que los jetas somos los del sur de Europa. Quedé con él un par de veces y pese a que le sugerí que habláramos media hora en español y media en inglés, él siempre hablaba nuestro idioma, y yo obviamente también, pues ya he dejado claro que por aquel entonces no era capaz de hablar otro.

La tercera vez que Jonas me propuso quedar, estaba conmigo en Estocolmo mi querido amigo Luiso, que había aprovechado sus vacaciones de verano para venir a visitarme. Le comenté el caso y juntos nos propusimos darle una lección en español que nunca olvidaría; una clase magistral en castellano que le iba a poner a levitar y a tocar a Cervantes con las yemas de los dedos. Acordamos, inspirados por nuestro admirado Ozores, que hablaríamos un español absolutamente ininteligible con el que se le iban a quitar las ganas a aquel caradura de seguir practicando, al menos con nosotros. El diálogo que entablamos con él fue, más o menos, del siguiente estilo:

- Yo: Jonas, presentarte permíteme Luis, amigo de Zaragoza grande.

- Jonas (guiñando el ojo como Millán, de Martes y Trece, en la historia de Encarna y la empanadilla): Encantado Luis, me llamo Jonas.

- Luis: Hombre Jonas, Javier hubiera o hubiese comentado que ganas de tener conversación en español con tú.

- Jonas (con una sonrisa algo forzada): Sí, sí, conversación...

- Yo: Luis, donde lo ves ahí, Jonas, habiendo de ser un excelente profesor, con dominio de cualesquiera de registros gramaticales, ser de gran ayuda en aprendizaje...

- Jonas (a estas alturas, el sueco ya sólo tenía una ridícula sonrisa en la cara, como la del recluta patoso en "La chaqueta metálica")

- Luis: En Granada deberías tener que haber aprendido que algunas palabras en español hubieran o hubiesen tenido su origen en el árabe, ¿no, Jonas?...

Y así estuvimos un rato, hasta que nuestro amigo sueco se excusó diciendo que tenía algo importantísimo que hacer.




Imagino que no hace falta que confirme que no volví a ver al gilipollas de Jonas en todo el año. Con quien aprendí realmente inglés fue con mi amigo Pete, un escocés de Glasgow con un acento característico y muy marcado. Los dos teníamos problemas de comunicación con el resto de estudiantes. Yo porque no tenía ni puta idea de inglés y Pete porque, pese a ser prácticamente el único de los estudiantes que tenía ese idioma como lengua materna, no había dios que se pudiera manejar con su acento.



Recuerdo que ya tenía visto a Pete de algunas fiestas en la Universidad. La verdad que viniendo de las Islas, venía de la "Champions League" del bebercio y se agarraba unas trompas de campeonato. Una vez, mi amigo Bosco se lo encontró volviendo descalzo a casa, haciendo eses sobre la nieve, y ni corto ni perezoso se lo cargó sobre los hombros y lo llevó hasta su habitación como si fuera un herido de guerra. Y lo cierto es que para nosotros, imberbes bebedores de provincia, era todo un héroe.


El primer día que hablé con Pete fue en una fiesta que se había organizado en uno de los corredores de la residencia de la Universidad donde vivíamos. Pete estaba sentado en un sofá y se estaba quedando frito de la castaña que llevaba. En un intento de rescatarlo del sopor etílico, le dije, y no mentía, que me gusta mucho el himno nacional escocés y que si me lo podía cantar. Pete me miró apretando mucho los ojos para ver si aquello era real o fruto ya de su imaginación, y después comenzó a cantar a grito pelado, extendiendo los brazos en forma de cruz como si fuera William Wallace antes de ser destripado por su verdugo: "Flower of Scotland, when we will see your like again....", momento en el que, como si lo hubieran desactivado de un respirador, Pete bajó los brazos y se quedó dormido. Le di un ligero codazo para que despertara y le recordé que me estaba cantando el himno escocés. Él se disculpó y de nuevo comenzó, pero esta vez sólo pudo llegar a decir "Flower" antes de caer sumido en un profundo sueño. Gracias en buena parte a Pete, aprendí inglés aquel año. Él tuvo la paciencia suficiente para hacerse entender, explicarme términos que me eran ajenos y buscar sinónimos hasta que yo conseguía comprender lo que él me quería decir. Otro me hubiera esquivado como a un leproso. Él hizo gala de un sentido de la amistad que aún perdura.




Llegando a San Martín del Camino me he encontrado a Jesús, uno de "Los Violentos de Kelly" de Barcelona, y hemos recorrido juntos los casi ocho últimos kilómetros hasta Hospital de Órbigo. Jesús me ha estado contando que el resto de "Los Violentos" han optado por otra ruta y que terminarán la etapa en Villar de Mazarife. Él se ha quedado en un albergue de Hospital que ya conocía de las dos veces anteriores en las que ha hecho el Camino, y yo he tomado el autobús de vuelta para León, donde tras reposar un rato en casa de David, me he reunido con él y con la coreana Kim en The Wall.

En The Wall, Johny nos ha servido cerveza y un vaso de vino blanco para Kim, quien nos ha confesado que en Corea no se había acabado un vaso de vino en la vida. Con Jonhy trabaja a ratos una camarera llamada Nadia. David ya la conocía y se la ha querido presentar a Kim. Ella se ha abalanzado sobre la coreana para darle dos besos y Kim casi se cae de la banqueta al retroceder y al azar los brazos para detener el ataque, convencida, como yo creo que estaba, de que Nadia le iba a soltar un par de hostias. La verdad que los orientales, esto de la invasión de su espacio físico, lo llevan fatal. Para ellos lo de las presentaciones es algo muy formal, donde se deben guardar las preceptivas distancias. Empiezo a pensar que a Kim no la van conocer cuando regrese a casa, bebiendo vino y repartiendo besos a diestro y siniestro. No sé si hay punks en Corea, pero me da que a su regreso, Kim les vas a resultar lo más parecido a ellos...








miércoles, 22 de mayo de 2013

24ª etapa: León


Por segunda vez durante este viaje he decidido tomarme un día de descanso. En este caso casi obligado por la juerga de ayer en The Wall, un bar de copas del Húmedo regentado por el Johny, un amigo de David a quien ya tuviera el placer de conocer en Estocolmo. Coincidí con David estudiando un año en la capital sueca. Bueno, lo de estudiando es una manera de hablar. David es el perejil de todas las salsas. Una fiesta sin él es como un jardín sin flores. Tiene un gran don de gentes y durante nuestra estancia en Estocolmo vino mucha gente de España a visitarle. Entre esos muchos vinieron su hermano Óscar y el Johny, con los que trabé cierta amistad. Se lo pasaron tan bien que se quedaron con nosotros un mes. Guardo unas cuantas anécdotas divertidas de aquellas semanas. Johny es pequeñito pero muy "echao pa' alante" y hubo que pedirle que se calmara en alguna ocasión, como cuando se dirigió a voz en grito a un par de finlandesas, conocidas popularmente como las "mantis religiosas", diciéndoles que "las iba a poner a las dos de verano" (sic). Las "mantis", que por decirlo en plan fino, eran algo voluminosas, y recibían el apelativo por su destreza para atrapar a incautos estudiantes en las fiestas de la Universidad, miraron al Johny, esbozaron una sonrisa, y acto seguido empezaron a contornear sus lustrosos cuerpos al tiempo que comenzaban a berrear el estribillo que popularizara la voluptuosa cantante italiana Sabrina a finales de los 80: "boys, boys, boys!!!"



Llegaríamos a eso de las ocho y media de la tarde a The Wall y nos hemos ido a las cuatro y media de la mañana, y no en perfecto estado de revista que digamos. Mal no lo hemos pasado, la verdad. Johny ha sido un excelente anfitrión y David ha animado bastante el cotarro, hasta el punto de que 24 horas después de haberle conocido, Zach, Ruta, Szilvia y compañía lo tratan como si hubieran caminado con él desde Roncesvalles. Estuvo bien la fiesta para conocer un poco más a mis nuevos amigos. Zach se sinceró conmigo y me confesó que el pasado mes de Enero tuvo un percance de salud que atribuye al estrés que le genera el trabajo y su modo de vida. La verdad que he conectado bastante rápido con el de Kentucky. Tenemos la misma edad y bastantes cosas en común, pese a haber nacido y habernos criado en lugares muy distantes del planeta. Al final, uno acaba por darse cuenta de que sus problemas, cualesquiera que sean, no difieren mucho de los que experimentan en otras latitudes. Que por diferencias que nos quieran vender, los seres humanos no somos tan distintos unos de otros. Si acaso esas diferencias las dan haber nacido en un sitio determinado u otro y tener las necesidades básicas cubiertas o no. No creo que tenga que venir ningún psicólogo a descubrirnos que el estrés por un determinado tipo de vida o la preocupación por la felicidad, eso tan en boga, no son más que problemas derivados de la abundancia. Nos hablarán de crisis, pero en el fondo estamos de puta madre, bastante mejor que millones que nos rodean. Y estar en una posición en la que tu futuro depende en buena medida de tus propias decisiones, en el ejercicio de tu libertad, es estar en una posición privilegiada de la que no todo el mundo disfruta.


Alyson y Hilly se retiraron pronto porque se alojaban en un albergue de monjas, sólo para féminas. Se excusaron con el resto de los chicos con los que vienen caminando, justificando este "apartheid" nocturno con el que les han castigado, en la hipotética locura que les sobrevendría si pasaban una noche más oyendo ronquidos masculinos. Las despedí deseándoles suerte y advirtiéndoles de que con la edad aprenderían que el ronquido no es patrimonio exclusivo del hombre. También se retiraron pronto el israelí Gahl, el americano Tim, oriundo de Kansas City, y el danés Thomas. Todos están en albergues y todos tienen hora de llegada. Günther, Zach y Michael han tenido más vista y se han quedado en hostales de los que pueden entrar y salir libremente. Y Ruta y Szilvia han aceptado gustosas la invitación de David para quedarse en su casa, así que ésa ha sido la alineación titular que ha aguantado hasta la hora de cierre.


A la hora de comer, cuando ya hemos sido personas, nos hemos juntado con David, que de manera heroica ha ido hoy a levantar el país, y con su hermano Óscar, a quien hacía días que no veía. Óscar se dedicaba a cometidos parecidos a los que a mi me ocupaban antes de aventurarme a recorrer el Camino, aunque más orientado al mundo de la empresa e instituciones públicas. Un día optó por aparcar aquello y dedicarse a temas más relacionados con el comercio justo y la cooperación internacional. A intentar, con su granito de arena, y desde su León natal, que la sociedad en la que vivimos sea un poco más equitativa. No hay que irse muy lejos para ayudar a los demás, y si queremos que las cosas cambien, ¿por qué no empezar por nosotros mismos y nuestro radio de acción más inmediato? - vendría a decir el leonés con su ejemplo. Óscar nos ha estado contando que es uno de los impulsores y colaboradores del Festival Mundo Ético que se celebra este fin de semana en León, y nos ha ido desgranando las diferentes actividades que tendrán lugar para intentar involucrar a cuanta más gente mejor, desde conciertos, hasta cine-forum, pasando por talleres diversos y actividades para los más pequeños. Tras el almuerzo, David y Óscar han vuelto a sus quehaceres y el resto de mochuelos a sus respectivos olivos. En mi caso concreto, a descansar un rato y a emplazar a la coreana Kim, de quien había recibido un mensaje anunciándome su llegada a León, a que nos viéramos en The Wall a eso de las ocho y media.




Kim se ha alegrado mucho de vernos a David y a mi en el Bar del Johny. En atención a nuestra ayuda durante la operación rescate en Reliegos, nos ha dado un regalo a cada uno. El mío ha sido un pequeño pin con la flecha amarilla típica del Camino de Santiago que guía a todos los peregrinos, y a David una pluma. Sin entrar a valorar la carga emocional de ambos regalos, yo creo que el tamaño del de David tiene que ver con la aparición de su coche en la ecuación, sin cuyo concurso, y por muy buena voluntad que yo pudiera haber demostrado, no habríamos salido del atolladero. Johny le ha servido a Kim una copa de vino blanco y a nosotros sendas cervezas. La coreana nos ha confesado que somos sus primeros amigos no-coreanos y nos ha hecho grabar un vídeo a cada uno presentándonos, vídeo que después ha colgado en Facebook, para deleite de sus amigas. Una de ellas, como si no existieran hoy en día traductores fiables de todos los idiomas, no ha tenido reparo en dejar un consejo para Kim en el apartado reservado a comentarios que acompaña mi vídeo: "es demasiado mayor para ti".

Con esta historia de los vídeos, imagino que a esta hora, David y yo, seremos ya "trending-topic" en Corea. Por si había dudas, para cenar hemos pedido un japonés y Kim me ha hecho una foto cogiendo los palillos que usan los orientales para comer. La forma en que los sostengo debe ser para ella como si para mi un coreano agarrara el tenedor por la parte de los dientes. Le ha hecho mucha gracia y no ha tardado en colgar la foto en Facebook para regocijo de sus seguidores, que a buen seguro estarán aplaudiendo con las orejas la ración doble de excentricidades europeas que Kim les está brindando hoy. La verdad que esto de que seamos sus primeros amigos no-coreanos no me sorprende, porque entre la barrera del idioma y su natural timidez, no suele ser fácil entablar relación con ellos. Ahora bien, una vez que se hace el esfuerzo por ganarse su confianza y te olvidas del desagradable ruido que hacen al sorber los fideos, la recompensa merece la pena, y uno descubre a unas gentes, por lo general entrañables, y de una inocencia, en el buen sentido de la palabra, difíciles de encontrar hoy en día. Les había agarrado algo de manía a los coreanos tras nuestra injusta eliminación en el Mundial de Corea y Japón allá por 2002 y la aparición del Gangnam style más recientemente, y la verdad que me la voy a tener que envainar una vez más, y van ya unas cuantas, durante este Camino.